Estoy cansado sin saber muy bien de qué. A veces de leer los libros infinitos que van a sobrevivir a mi existencia, con mi yo varado en un inmenso mar o en una isla desierta sin escape. Libros por todas partes, como una garúa constante ligada a una fruición por cada palabra, frase, poema, cuento o novela. La vida tan corta con sus libros que son demasiados para una sola vida y que, como paradoja, nos otorgan mucha vida, muchas vidas. Otras veces estoy cansado de escribir, de acumular montañas de letras, bultos pesados de papel atestados en mi biblioteca, compartiendo el espacio con los libros a quienes tanto le deben su existencia. Escribir no pocas veces parece la condena de Sísifo, empezar algo para no terminarlo —más allá del límite que me impongo— y comenzar otro día con un folio nuevo. La apología del vivir sin nada en las manos, sin la vida comprada. Ver qué va a quedarse hoy en la página en blanco. Una forma de no dejar partir eso que me asecha. Una rutina que se autoimpone con las horas que pasan cada vez más rápido. Llega el momento del día que comienzo a sentir nauseas. Sentir que nada vale la pena, que no voy a ser feliz más que leyendo o escribiendo. Que quiero el camino del artista como refugio. Creer solemnemente que no hay lugar para mí en el mundo laboral de los muchos otros que no son como yo, y decirme que no tengo el talento y las agallas para convertirme en escritor. He comenzado tarde a escribir. De haber sabido antes que el arte iba a ser la única senda para atravesar el mundo, no cabría en mí tanta desdicha. Primero la música y después la literatura de la mano. Qué voy a hacer con tantos libros en la memoria y con este buen oído que me permite imitar cualquier sonido en no importa qué tonalidad. Talentos por los que nadie me toma en cuenta porque no he sabido ponerlos a trabajar para mí.
Lo que me cansa y a su vez me deprime es la idea de que este confinamiento se acabará cierto día, de que vivo en el engaño. Engaño que me ha mostrado el paraíso de poder tener tiempo para mí y para mi soledad. Tiempo para sumergirme en el arte, para crear a partir de una idea. No sé cuánta creatividad cabe en escribir lo que pienso. Trato de encontrar una voz que se adapte. Todas las voces que uso vienen de mí. Carajo, la autocompasión y la auto humillación se confrontan. Soy un cuerpo flagelado que con cada herida parten gotas de arrepentimiento. Me digo imbécil y me siento más libre para no hacer nada. Y en este punto las ideas se acaban.
La música trata de llevarme a algún lugar. Si comencé a escribir con asco ahora la música me llega como salvación y un poco de alegría se confronta a mi cansancio. Estoy menos cansado, me llegan ganas inopinadas de vivir. No todo está perdido ante el fracaso, me digo. Me veo con un futuro mejor a este y creo que se lo deberé a la escritura. Creer que no hay nada hoy, mas ver que la esperanza estaba en el mañana. Que esta por momentos tortura incipiente al escribir se desvanecerá. Nada dura. Las tres páginas se terminan con recuerdos y estas mil palabras se terminan con música. Soy un yo que escribe, un escritor comprometido con nadie, con nada, ni consigo mismo. La escritura como la más pura de las artes. El arte como superior a la ciencia. El arte que tiene la eternidad comprada. La ciencia se renueva y el arte permanece. Nuevos avances dejarán atrás las ideas innovadoras de su tiempo. El arte llega para quedarse, para disfrute eterno de la humanidad mientras esta exista. Arte que rebasa a su autor. El cuadro o la obra maestra que cobra vida, que se vuelve independiente de la mano que la crea. Son las obras quienes mantienen vivos a sus autores. La obra siempre cuenta con vida eterna. El arte nace del espíritu y la ciencia nace de las ideas siempre refutables. El científico al que se recordará porque estaba tan equivocado o aquel quien trajo las bases para darle más luz al mundo. La ciencia siempre sujeta al tiempo y a sus contradicciones y su fragilidad. El arte que sobrevivirá a nuestra humanidad. De ahí el querer se libro en lugar de ser escritor. Ser arte para nunca irse del mundo. Por qué no se nos aprende a ser artistas en lugar de ser primitivamente útiles. Una educación enfocada al trabajo y a la investigación, como si el arte fuera una ciencia a la que se tiene que poner bajo la lupa. La universidad llena de investigadores de la literatura del siglo de oro en España. ¿Qué de nuevo dirán acerca de algo permanente, del arte que se hizo para su disfrute y no su estudio que solo cae en suposiciones? Como autor uno no tiene más intensión que abrirse paso en la eternidad. No hay elementos ocultos en el arte que hayan sido puestos a conciencia en una obra, a veces es el azar que muchos llaman destino, la casualidad como creadora de triquiñuelas para confundir o maravillar al lector. Como si se creyera que la creación tiene algún tipo de planificación secreta y esquematizada. Si bien hay un mapa para seguir todo el arte es intuitivo, traído desde la pasión, desde los sueños o las pesadillas. Escribir a partir del engaño, del desasosiego, de la pérdida; de una mirada o una despedida. Y se me acusará de no ser claro en mis ideas, de escribir al vuelo y no argumentar mis ideas. Y diré que las ideas hasta ahí se han quedado, que se me han quedado cortas, que tuve algo que decir y que ya se ha ido. Que será tarea del lector sacar sus propias conclusiones o continuar con la idea él mismo, ya sea en contra o a favor. No soy muy bueno para los debates, no sé tener razón o llevar verdad. Solo sé lo que hay aquí: el cansancio, el dolor de huesos y la idea de que no voy a vivir mucho.
23 de diciembre 2020
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