El viaje de ida

Primera parada hacia el rechazo, hacia el destino que no me conviene, la senda para la cual no estoy hecho, nada me espera del otro lado. Mi proyecto profesional no coherente me promete el rechazo. De nuevo la exigencia de explicaciones sobre el futuro, sobre los planes profesionales. Se me juzga por saber muy poco del avenir, de lo que me instinto pueda decirme en aquel país muy ajeno a este presente. Se me está juzgando en base a consideraciones absurdas, a números, la experiencia que no por ser nula quiere decir que no signifique nada. Según ellos no soy apto para el éxito, nunca lo he sido. Soy el más pequeño de los fracasos entre las grandes tragedias. Un tren que me lleva a Paris y una vida que no me conduce a ningún lugar seguro. Cuento las horas y los días y los meses y los años. El tiempo corre y yo me devaneo en contarlo, inmóvil testigo, invisible espectador. Cuento el cuento de mi propia vida, mínimo, de tan pocas palabras que quizás podrían resumirse en una sola. Venganza. Esa es la palabra y mi destino, la venganza como forma de vida, como única manera de ir contra corriente, de rebeldía. La literatura como venganza contra las ofensas de la vida. Frase robada de los diarios de Cesare Pavese. Sin embargo, mi historia no terminará con el suicidio mas sí con la muerte. Venganza que se cocina a mil palabras al día en el horno del instante de una vida desgraciada. Pero no estoy seguro de que el suicido no me atrape con sus garras de redención. Quizás el paso de la vida no haga más que aumentar los problemas, mostrándome lo que de verdad quiere decir la desgracia cuando apenas puede pronunciarse. Ya no me dedicaré al devaneo de las ideas, de las palabras por el papel, sino que pasaré a ser un vagabundo en alguna ciudad del mundo. Preparar mi pancarta con el ávido ánimo de provocar compasión, para que los transeúntes rasquen en sus bolsillos para darme un moneda de ayuda, un dejo de futuro, la supervivencia de un día en la vida de un hombre sin atributos. Pero quiero no pensar en semejante miseria, estas palabras pueden servir como venganza. Tengo que contar, dar testimonio de personajes que viven dentro de mí. Crear a mi propio Frankenstein, a mi propia Madame Bovary, la Emma adolescente y soñadora. No pensar en mí mismo como tragedia andante, como desperdicio, como fracaso genético. Pienso que la historia de mi tío M. se repite en mí: el orgullo afianzado contra el sistema que depura y discrimina. Lector aguerrido y fracasado en la vida, pieza irrisible, imprescindible en la maquinaria, en el engranaje que hace girar el mundo y sus cosas. Voy tan rápido como este tren hacia la muerte y con una sola escala permitida en el fracaso. La vida que termina solo de esta forma para quien no tiene más deseos que de venganza a partir de la literatura. Un escritor con nada publicado, con años por corregir. La obra mínima puesta al abrigo de la indecisión. Me he dicho que este viaje con sus largas esperas entre escalas me dará el tiempo de recorrer parte de mi insignificante obra, y que quizás pueda darle brillo con el cepillo de la corrección, esos textos como zapatos desgastados a los que un buen zapatero puede darles una segunda vida. Mi vida también desgastada y desgraciada. Una hoja de vida sin atributos, sin experiencias significativas para el ojo de quien elige a quién se contrata y a quién se ignora.

¿Cuándo se cumplirán los sueños? Es mi culpa, sé que mi desempeño es mediocre, pero que esto es fruto del funcionamiento del sistema. Se me obliga a pensar como ellos desean, a ser un vivo reflejo de las ideas de la academia. El personal docente como dictadores en la mente y en las ideas, a quienes se les encomienda la tarea de repetir realidades ya conocidas. Estos profesores incapaces de improvisar, de dejar de lado el método establecido para crear uno propio. Soy un hedonista, no puedo hacer lo que me disgusta, hago tan solo lo que me provoca placer, el acopio del buen ánimo destinado al arte. Soy un artista del gozo y de la pereza. Si se me impone el escarnio reaccionaré con la nada, la inmovilidad, el no actuar como defensa. Soy un pacífico del pensamiento. Poco me he dedicado al estudio y mucho a la lectura. Sé lo que se puede vivir en los libros, no aprendo más que lo que experimento a partir de una página bien escrita. Las palabras que me dan calor, que me dan oxígeno como unos labios a poco de un beso. Un poema que al leerse se saborea en la boca como un manjar diáfano y escurridizo. Para eso sirven las palabras, para provocar pasiones, sentimientos, ideas nunca venidas a cuenta. Un tren que va más rápido de lo que yo podría moverme. Mis ideas tampoco van a esta velocidad, son aletargadas de nacimiento, por naturaleza. Pensamiento lento que enseña, que aprende a vivir conforme a la marcha, al paseo a lo largo de un muelle con el agua que nos otorga reflejos como cristales de un sol de verano.

Regresaré a casa en busca de las respuestas guardadas en el polvo de los libros de mi biblioteca. Regresaré y veré cada lomo como un fragmento de mi rostro, de mi identidad que se esconde detrás de la bruma. Veré que esa biblioteca guarda los sueños de antaño, el joven que soñaba con tomar un vuelo para nunca regresar. Me quedé en el viaje sin llegar a mi destino. Me quedé con ese sueño que se repite en la eternidad. El sueño se cumplió, se cumple una y otra vez en ese pasado que es eterno. El eterno retorno, la búsqueda de un significado. Mil palabras como mil razones que dan sentido a la vida.

Lunes 07 de septiembre de 2020

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