Exorcizar los días

Exorcizar los días, vivirlos uno a uno, contarlos, hacer listas con ellos, impedir que me oscurezcan el buen ánimo: inevitable. Los días se agolpan, se vuelven una masa informe, difícil de sobrellevar. Cada día de trabajo, cuando se me saca de la calma de los días con los libros, con el tiempo dado a manos llenas, libre de desperdiciarlo para luego recuperarlo; me vuelvo huraño, el hombre misántropo por excelencia, un inconforme con la manera en que tiene que pasar sus horas para ganarse el pan de todos los días. Trabajo, trato de seguir el ritmo y pese a todo conservar el buen ánimo. Sin embargo fallo, me vuelvo una bomba de tiempo que explotaría ante la más mínima provocación. No lo hago, mantengo la calma, tomo un respiro y sigo con lo que estaba haciendo, que ya falta poco, que serán una hora o dos más, que estaré de regreso en casa, con mi cuaderno y mis libros; con mi escritura y mi calma, abrigado por mi celda de prisionero voluntario. Trabajo con la mente en otra parte, las ideas ausentes, el pensamiento vacío. Me dedico a lo que cualquier máquina podría realizar: tomo el vaso, la receta que se repite, vierto leche para calentarla, aprieto los botones necesarios para que el café escurra y, una vez la leche caliente y las dosis de café listas, repito la operación, hasta el infinito de ocho horas. No hablo, en este trabajo el habla queda suprimida, no es necesaria, tan solo cuando se necesita confirmar algo, para pedir ayuda, para dar cuenta de un error. Para lo demás todo es silencio, se dice el nombre de los clientes, el nombre de la bebida, se le agradece y se le despide y se repite la operación hasta el cansancio. Otras veces todo es silencio, el cuerpo es el único que habla, la respiración toma el mando de la maquina de brazos y piernas. Trabajo y nada existe más allá de mi cuerpo, de su relación con la máquina, con los instrumentos que le sirven para cumplir la tarea. No hay tiempo tal para las cavilaciones, todo es amarillo, lento, líquido espejo y pegajoso. Trabajo como un obrero aislado del mundo, las voces fuera de mí no quieren decir nada, tan solo tengo oído —interno— para el martilleo del nombre de las bebidas, de la receta, del procedimiento sencillo pero repetitivo hasta el hartazgo. Las voces no existen, los clientes hablan a lo lejos sin que yo repare en lo que están diciendo. Sigo trabajando, la misma operación repetida antes y después; ayer y mañana; hoy, ahora, siempre. Al entrar en mi guarida de silencio, en mi castillo de aislamiento, de enajenación, se vuelve difícil sacarme, de hacerme comprender cualquier cosa. Me encuentro dentro de mi oscuridad, de mi lugar preferido cuando estoy haciendo algo que desprecio, y me entretengo con el no sentir el tiempo que pasa, el dolor de espalda y cuello, las muñecas entumidas, los dedos crispados. Hoy se me ha sacado de ese lugar de disimulado sosiego, se me ha interpelado, reclamado por algo que hice durante la incesante rutina. El desconocido en cuestión me reclamaba por haberlo manchado de jarabe de caramelo o de vainilla, del que se utiliza para las bebidas, al verter un poco en cada vaso. Su pobre abrigo y su débil ego habían sido maculados por mi culpa, por la expulsión natural del jarabe de la botella al vaso y su rebote hacia el infantil sujeto. Me sacó de mis casillas, o más bien de mis vacías cavilaciones, al decirme lo que le había provocado. Lo escuché como no se escucha a quién no se comprende, molesto por tomarse la molestia de interrumpirme por tan nimia causa. Sin dejar de trabajar lo miré con desconcierto, pensando en que de verdad me estás hablando para decirme tal cosa. Paré uno o dos segundos, sin mirarlo a penas, y al pensar en lo insignificante que me resultaba tal comentario, lo ignoré como se ignora el insulto de un loco. Error quizás de mi parte, pues el hombre se molestó más por mi indiferencia que por la invisible mancha de su abrigo. Se acercó más, desafiante, reclamando la atención que yo no le daba, quizás una disculpa que no alcanzaría para lavar, para dejar como nuevo su abrigo. Ante su agresiva insistencia, su ofendido ego, no me quedó más que pronunciar un cínico lo siento, pensando en que el culpable había sido él por acercarse tanto al área de trabajo. Para ese entonces ya había intervenido Atika, Joseph también le había pedido una disculpa, y a nada estuvo de intervenir Massene, quien hubiese calmado los ánimos de todos los presentes.

Pensé que tal percance no me había afectado, cuando en realidad me ha puesto de mal humor, necesitado de la calma de mi casa, de música de piano de fondo, mi regreso a la cultura que tanto me libra de males, de dolencias. Tomar un buen libro, recostarme en mi sillón, dejar que el día pase, que la noche llegue y haga catarsis del día vacío que he pasado. He contado como forma de olvido, para comprender los fallos del día, para evidenciar el comportamiento imberbe de un adulto. Asimismo dejar en claro mi odio presente hacia la gente, hacia las filas, a los sin escrúpulos, dados a sus vidas de impulsos, frívolos, necesitados de atención. Ese hombre que reclamaba una disculpa, sentirse ofendido por haberse colocado en el mal lugar y en el mal momento. ¿Fue mi culpa? ¿Acaso ve que lo he hecho a propósito el hijo de la gran puta? ¿Qué quiere que haga? ¿Qué le limpie el abrigo? No sea usted ridículo, señor, tenga un poco de respeto por sí mismo, a esa edad y con los berrinches de un infante imbécil. Cuánto desahogo cabe en unas pocas frases. No es que aclame tener la razón, es solo que no hice ningún mal. Fue a mí a quien se interrumpió, a quien se sacó de quicio.

Enero 2021

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