Donde hubo fuego silencio queda

Donde hubo fuego silencio queda. D. se vistió de mutismo. Ha renunciado a la palabra acaso porque lo sucedido resulta indecible, inefable. Nuestro último y no anodino encuentro, sin saberlo, se volvió despedida. Culpa de la no continuidad, de descubrir que la pasión pretérita era eso, tan sólo el juego del pasado y la añoranza. Me niego —por doloroso— a creer que D. se sintió contrariada por sí misma, como cuando se descubre que lo que ayer era tan deseado hoy resulta prescindible. El beso no fue —a pesar del desaforado empeño—, la mansalva de suspiros esperada. El enamoramiento había caducado, los cuerpos se vieron forzados por ese fuego poético, un poema de ausente encanto, desvalido. Resultaba deseo perpetuo el amor precoital, la idealización del amante cuyo cuerpo no se ha tenido a plenitud, pero una vez el acto amoroso consumado pierde todo ese encanto prodigado durante años por la imaginación. Éramos mejores amantes a distancia, en silencio hasta el intempestivo mensaje que nos sabía a rencuentro, a homenaje. Nos hacíamos falta hasta que nos tuvimos. Se nos escapó de las manos, y el lazo que nos unía se rompió.

Fue el desencanto, el ya no somos los mismos, o negarse a sentir el dolor de los adioses. Creer que para D. una nueva despedida resultaría fatal para el artefacto de sus emociones y afectos. Por eso el silencio, la negación de las palabras: si no lo hago verbo no existe. Todo bien, me decía, tan sólo me he distanciado, pero nos ponemos de acuerdo para vernos pronto. Y sin embargo dejó que los días se sucedieran: me dio silencio, me dio ausencia. Fueron días de doble duelo. Había perdido a mi padre y la había perdido a ella. Dos muertes pesaban sobre mí mismo, dos ausencias, pero acaso la de D. más dolorosa porque siendo posible tenerla ya no podría por falta de afinidades. Para mi padre había resignación, pronta resignación como decían los amigos y familiares a la hora del pésame, de las condolencias. Para D. sin embargo la resignación era dolorosa. Ella moría para mí estando en vida. Ella se daría a otra vida, se desharía de mi recuerdo, no tomaría en serio mis promesas, no aceptaría el viaje juntos. O yo moriría para ella, me guardaría en la caja pequeña de los olvidos, del ya no importa. Se diría frente al espejo ya no somos los mismos, ya no somos afinidad, somos ausencia.

No era la primera vez que sufría del mal de amores. No había ningún mensaje de añoranza, ninguna promesa de rencuentro, de en pocos días recuperar los años perdidos. Todo lo dicho había caído en oídos sordos. No tuvo importancia que yo le dijese que ella era la única que podía hacerme cambiar de opinión, si me pides que vuelva volvería. Pero no pensé en decir que de lo contrario, de no poder volver, la invitaría a que me siguiese por el mismo derrotero, por el camino de Ulises. Se lo propuse acaso tarde, cuando ya nada importaba, cuando las raíces han alcanzado la profundidad de lo imbatible.

¿La he perdido? Todavía creo, con la ingenuidad del amante abnegado, que volverá con un mensaje de añoranza inclinado a la disculpa. Me hablará —quiero creer— del amor todavía presente, a prueba del tiempo y la distancia. Quién sabe. Acaso lo mejor sería la resignación, festejar en silencio lo sucedido, y pasar de largo, dejar el amor de mi vida en ese pasado menesteroso, en el lugar de lo que pudo ser. Ya no volver a la semilla, rechazar todo intento de recuperar los años perdidos.

Ya no somos los mismos.

Si tan sólo D. aceptase el viaje, vivir el idilio de un amor sin retorno, ávido de ser o fracasar, pero sin quedarse en lo inacabado. Tendrá sus razones, todos tenemos las nuestras. Yo desprecio el amor que se me da a caudales, de mujeres que un día fueron enamoramiento y que hoy son tan solo el recordatorio de la imposibilidad. B., D., M., cada una de ellas con su ilusión en lo que yo ya no siento, la farsa que me gusta convertir en verdad mientras con halagos alejan la soledad de mi espíritu.

Ya no me he enamorado. Traigo muerto al amor en el silencio de D. Su palabra bastaría para sanarme, sus argumentos siempre válidos, sus razones incontestables. Ojalá fuese franca conmigo, que no se ocultase en el vaivén del tiempo y la distancia. Que me dijese que ya no somos los mismos, que ya no es lo mismo, que nuestro amor se quedó colgado en los helechos de nuestra juventud. ¿Un amor puede durar tanto? Nuestros cuerpos son recuerdo. Tuvimos por fin lo que se nos había vedado, pero lo tuvimos fugaz. Se nos fue el amor en las alas de la pesadumbre. La realidad de lo imposible. Resignación, resignación, pronta resignación por el amor que ha muerto, por el padre que he perdido, por la mujer que he perdido. Soy de nuevo un hablar solo, con los muertos vivos y los vivos muertos. Otra vida vive, otra muerte muere. Mi entreverada invocación ya no los trae de vuelta, yacen en el silencio, viven en el ruido. Están aquí sin estarlo y no están aquí estándolo. Cargo con todos los muertos que fui. No me reconozco. Cargo con los amores que no pudieron ser. Cargo con nostalgia, soy la supervivencia de la melancolía. Soy negación, sin pronta resignación, de eterno duelo. Me doleré por la muerte de mi padre hasta mis últimos días; me doleré por la muerte del amor de D. también. Seré un fantasma de lo no vivido, lo que nació y se impidió su desarrollo.

Seré escritura desacostumbrada. Pequeña estela de fracaso, de imposibilidad. Ya no escribo, ya no hago malabares con las palabras. Estoy solo, y en mi pecho se escucha el latido monótono del ser descorazonado. Tanta muerte, tanto amor en falta, tanto de lo no cumplido. Qué gran fracaso, qué alta caída. Soy lo que pudo ser.

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