No me he agotado. No ha sido una renuncia, tampoco una pausa. Ha sido un desatino, un desvío ingrávido, un andar por los derroteros de los muchos libros como alimento literario, como mejunje para la cocina de la escritura. No he escrito con el desenfreno cotidiano del ayer, pero no ha sido por temor a la página en blanco. No sufro de falta de ideas, no estoy vacío. No vengo a dar un discurso, vengo a decir lo inoportuno por repentino. Nadie me pidió mi opinión, mucho menos mi sentir, y yo me ufano en hablar solo con mi inagotable perorata, mi salvaje soliloquio: hablar solos. Mi excusa es no haber tenido tiempo para la reflexión, mis fuerzas entregadas al trabajo que siempre conlleva un grado de enajenación. Me había dedicado a no pensar, a contar las horas hasta el siguiente día libre: la tregua a la inteligencia, a la creatividad. Recién me recupero de la lejanía de mi mismo, del andar vagabundo por las calles grises del desconsuelo y la desolación. Esta lucidez no se será permanente, las luces se apagarán hasta el siguiente turno, al servicio de lo banal.
Escribo sin embargo mientras pueda, en el aquí y en el ahora que no se escapan, de fácil agarre. Cae la noche lenta, reconciliado ya con todos los libros que no podré leer, conforme con la lenta lectura como con el lento camino. Orgulloso de lo que escribí y que, como todo pasado, pertenece a un ayer irrecuperable, pero no inalcanzable porque se ha escrito. Vuelve la ola de optimismo, la gana de publicar, de darle vida a un texto a partir de un solo lector. No me interesa —no en este momento incipiente de mi escritura— la masa que lee, la propagación mis palabras en mentes inabarcables. No me gustaría lo viral, el reconocimiento público. Escribo para no tener que hablar, para no dar ningún discurso, para que no se me invite a ninguna parte. El oficio del escritor es tras bambalinas, en solitario, sin más apoyo que unas horas de silencio, cuatro paredes y un techo que proteja de la intermitencias de la desgracia y del tiempo, claro.
¿Por qué escribo? Debo admitir que no tengo una razón profunda, y si quiero encontrar una respuesta diría que lo hago por admiración, por seguir el ejemplo de los escritores, de los que verdad escriben, publican y son leídos. Escribo para sentirme parte de un gran círculo de amigos invisibles. Sin embargo no ocultaré que también escribo por vanidad, como venganza no infalible contra las ofensas de la vida, para que se me quiera más, para que se me lea, para invadir otras mentes, para quedarme, para enamorar a la mujer deseada. Quiero/quisiera ganarme a pulso el título de escritor, rehuir de todas las universidades, forjar la propia con los libros que ojalá nunca me hagan falta. Hablar de lo insensato, de lo irracional, del sinsentido con una prosa legible, masticable y, por qué no, hasta deliciosa. No he dejado en claro por qué lo hago por vanidad. Quiero ser leído tanto como quiero ser escuchado, ser el que lleva la conversación, la única voz que hace eco en una habitación llena de gente que escucha en silencio. El escritor ególatra per se, tan falto de cariño como de atención, ávido de miradas curiosas, de admiradores fieles, enamorados de lo que él escribe. El escritor es el alter ego deseado, todo lo que no pude ser, el título de respeto, la evidencia de que se ha llegado a ser algo en la vida. También tengo que decir que escribo como camino falible hacia la inmortalidad, mi gran legado a la nada que sólo el tiempo tendrá a bien juzgar para los anales del porvenir, el desfalco que resulta ese río inabarcable de la eternidad. Ser un libro, ser una idea que vuela infatigable. No perderse, ser memoria viva, perdurar a pesar de lo frágil que resulta ser humano. Inhumano ser humano que aspira a la inmortalidad en manos de las quebradizas generaciones del porvenir. Seré puro texto, un diálogo siempre inacabado, una busca no terminada hacia el interior inexpugnable de mí mismo. Escribo también porque me desconozco, porque con cada palabra una parte de mí se vuelve legible. Si no escribo pasaría a ser misterio, lo inefable, la ausencia, nada. Palabras que queriendo decir todo no dicen nada. Así que escribo por admiración, como forma de emular a los escritores que tanto leo, para apropiarme de alguna forma del oficio y sentir el inexplicable orgullo, acaso inmerecido, de que un día se me reconozca como tal. Mira, es el escritor del que te hablaba.
Lejos estoy no obstante de toda distinción, fuera del círculo de lectores y de escritores. Soy un amateur, un autor anónimo, escribidor de diarios sin corregir y de textos anónimos guardados en el cajón de lo inédito. Un hombre sin atributos que pasa desapercibido, ajeno a todo reconocimiento, conforme con las sombras y el anonimato del que poco gozan los escritores con son perseguidos por los reflectores engañosos del éxito. Acaso estoy tan conforme como resentido, ambos emparejados en la desconfianza que despierta en mí toda distinción. Todo éxito es un malentendido.
Tiendo a la repetición, a la dispersión de las ideas, a esa escritura al vuelo que tanto se me reprochaba en la universidad y de la que hoy me siento orgulloso por tratarse de un juego de mi infancia que ha prevalecido hasta la edad adulta. Igual a cuando jugaba a saber escribir, garabatos que para mí eran la prosa más entendible, el mensaje de fácil lectura tanto para mí como para sus receptores. Cuánto me divertía con aquellas notas que en realidad no decían nada y que no diciendo nada para mí lo decían todo. Jugaba a la incomprensión, a los mensajes cifrados, casi como estos textos sin nexo ni contexto, mensajes personales, anónimos para el lector falto de contexto, para todo aquel que no sea yo.
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