Dos sueños

Escribir el sueño delirante de esta noche antes de que lo olvide. Fui testigo de peleas salvajes, una especie de enfrentamiento hasta la muerte. Dos hombres peleaban hasta el cansancio y, justo cuando estaban a punto de desfallecer, venía un tercer hombre con un machete afilado y decapitada a ambos peleadores para que sus cuerpos siguieran peleando, sendas cabezas en el suelo, expectantes, a nada de morir. ¿Cómo es posible que dos cuerpos sean capaces de moverse una vez degollados? me pregunté durante la duermevela. Eso solo es posible en ciertos animales. Pensé en las peleas de gallos, pero la que yo presenciaba, con inaudita mudez y horror, era de hombres. ¿De dónde nace está escena de delirante muerte? El cuento de Borges se le parece, los enemigos a los que se les concede un duelo justo, degollados de parado y obligados por el odio mutuo a correr hasta el final de la línea, sin saber quién sería el vencedor. Estos hombres, condenados a muerte desde antes del enfrentamiento, aceptaban las condiciones funestas de sus actos. Ni siquiera la muerte por decapitación los privaba de su afrenta, casi vana, al no saber con certeza quién había ganado, incapaces de disfrutar de los laureles de la victoria.

Sueños tardíos, acaecidos después del amanecer. Pero ¿de dónde viene esa escena gore en la película de los sueños? Madre, al saber de la naturaleza de mis sueños, me diría, como lo hace a propósito de mi escritura, que no tenga sueños tan feos, con tanta muerte. Es inevitable, lo onírico es tan caprichoso como la memoria, cuando no endulza la vida la recrudece. Dos vidas. ¿Cuál es la verdadera? Es esto el sueño, la vida es un sueño, y el sueño es en realidad la vida. Yo era un indolente espectador, al menos eso creía, pero no es exagerado pensar que era el siguiente, que estaba a pocos minutos de eternidad de enfrentarme a un enemigo espectral y correr la misma suerte de la decapitación. Me he inventado una escena trágica, salvaje, y me sigo preguntando de dónde proviene.

¿Acaso esta noche continuará el sueño, a la manera del cuento de Cortázar? ¿Quién soy del otro lado de la vida? No sé cómo dar el salto del sueño al cuento, dotarlo de verosimilitud, hacerlo materia prima de mi escritura. He dado con la fácil conclusión de estar viviendo un cuento, que dentro de pocas horas dormiré y me veré envuelto en ese entorno hostil y confuso, obligado a enfrentarme hasta la muerte. ¿Dónde he leído algo parecido? ¿Existe en la historia de la humanidad una pelea que termine siempre en muerte para ambos contrincantes? Mi sueño, mi otra realidad, no puede provenir de la nada. Mi sueño sin duda ha sido un plagio, el sueño de otro que a su vez es con certeza solo mío. ¿Por qué anoche, qué sucedió anoche en otro tiempo? ¿Podré continuar el sueño? ¿Es posible tal propósito astral de regresar al sueño interrumpido por el amanecer? Regresar a la otra vida para cumplir el destino manifiesto, morir degollado al enfrentarme conmigo mismo, con mi alter ego, mi doble. La escena del sueño es la representación del miedo que tengo de la muerte, de una final innoble, ridículo, por mera provocación, por la intención ignoble de saldar viejas cuentas con una adversario sin rostro y sin nombre. Me guardaré el recuerdo del sueño para utilizarlo en mi improbable texto, en el mañana vacío, el día en que pueda sin dudas ser capaz de dar el salto glorioso de la ficción. Carecer de las herramientas para poder dar vida de este lado a un sueño es mi mayor lamento, mi afrenta perenne contra mi falta de vocación, del talento riguroso y a la vez desvalido del escritor que quiero ser.

No avanzo, cada palabra me cuesta porque es muy fácil perder la atención, pasar de una cosa a otra, el talento de no terminar nada. No cargo sin embargo con el remordimiento de lo no conseguido, me engaño con la verdad siendo yo mismo, aceptando mi destino de infructuosa gloria. El día se acaba y me tranquiliza pensar que mañana todo será mejor. Aceptaré como cierto el propósito de despertar temprano para avanzar en la tarea de no ser, respirar el aire del amanecer, vivir a cuestas de mi indecisión. ¿Se levantaría temprano mañana con la satisfacción del tiempo no perdido? No lograr nada con el tiempo que pasa, lejana la conquista de las mil palabras. No ser yo mismo consumido por una adicción irredenta, mi levedad conseguida con un vaso de cerveza, esa alegría, como todas, que dura los segundos del primer trago, la conversación gravitatoria, ligera, la música de fondo y las risas que se multiplican con la reiteración de lo simple. Ser leve y estar conforme con esa levedad que nace de la rutina nimia de un hombre irreflexivo. Ser como el animal que se contenta con el juego, la comida en dosis suficientes y la bebida que embriaga a la vez que dota de un fulgor instantáneo a la oscuridad. Eso es lo que echaba en falta mi padre, una cerveza en exceso con sus hermanos, sus únicos amigos. Cada tarde de sábado era un pretexto para el desahogo, la liberación de la carga que significa vivir. Emborracharse valía entonces la pena. Hago lo mismo que mi padre pero con indudable moderación. No me transformo cuando bebo, soy un ser alegre y luego ausente pero nunca agresivo. Los golpes que me ha dado la vida han sido sin duda leves en comparación a los que recibió mi padre. Cuando tomaba se volvía la representación hiperbólica de la indignación, su venganza contra la vida a través de la violencia. Papá era entonces un monstruo para sí mismo y para nosotros. Pasada la noche y con una sed y dolor de cabeza irrevocables, confesaba haber olvidado sus actos y palabras nocturnos. No me acuerdo, decía. Era la vergüenza, haberse exhibido, haber pasado de la agresividad a la autocompasión. ¿Qué valor tiene para mi la bebida sino el de apaciguar mi ser?

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