Mis propósitos nocturnos son falibles, concebidos como mentiras que juegan a ser verdades, justas para mi conciencia de escritor decadente. Es inequívoco el engaño de decir escribiré cuando regrese esta noche, porque cuando llego a casa mi yo creativo ha sido derrotado, cansado hasta los huesos, sin ánimos de palabras, con un vacío tan vasto como la pesadumbre que me roe el espíritu. Me lo habían advertido, no tendrás mucho tiempo, y era cierto lo que aquellas voces rumiantes me adelantaban. Regreso a casa con el harto deseo del olvido, dejar pasar el día, mis previsiones puestas en un sueño reparador y un despertar con las fuerzas renovadas para dirigirme a los libros, la primera taza de café en mano. La mañana viene con la fruición del buen vivir, de saberse un hombre de provecho, con el tiempo contado o a cuentagotas para leer un cuento o dos, o el capítulo de una novela o un ensayo, comer del maná de los libros, el gozo indefinido de leer: el placer del texto. Suena la alarma, hora de ir al trabajo, ponerse la máscara improbable, vestirme de cortesía y buen humor, aspirar el aire de bonanza de gentes en su mayoría abocadas a la gentileza, impersonales pero no indolentes. Me convierto entonces —para la ocasión— en un ser cordial, de inmejorable optimismo, a la escucha, a la espera, con la infalible disposición de quien vive para servir, nada más.
Debo quedarme en mi encrucijada, impedir que mi escritura se invada, se infecte de mi ignominiosa vida. Esquivar el tema infame del trabajo, dejarlo a la deriva de mi fatiga. Ir a la busca de un tema literario, de innegable desdicha. Ya no sufro, ya no me quejo por mi insensata vida, no tengo tiempo. Así el trabajo me reduce al automatismo, al cruce sin laureles por la vida, una existencia de mínimo fulgor, con la imposibilidad de una idea delirante, andar por el sendero directo a perder el juicio.
Pero como no puedo tomarme mi impericia en serio, o mi falta de aconteceres luminosos, daré paso al humor indeseable de gentes de fácil desprecio. Un hombre gordo, de hablar estridente, estrepitoso, perdona, soy algo sordo, y luego no, no ha sido mi falta auditiva, en realidad es tu acento, no me había dado cuenta de que tenías un acento.
—Sí, en efecto, tengo un acento —le dije, pensando en la sonrisa imbécil que se me dibujó en el rostro, invisible gracias al cubrebocas, y enseguida lo dejé continuar con su perorata, su irremisible ser bromista. Aquel gordo se sentía como en su casa, y cómo negarle la falsa sonrisa si paga el sueldo, si consume gustoso cada platillo para un ingente —infinito— apetito. Bromista por naturaleza, cree que causa gracia cuando en realidad le mostré todo mi desprecio a partir de una indiferencia resuelta e indeterminada. Pidió cuatro cafés, para cuatro personas —por razones obvias—, y mi error fue anunciarle el pedido, cuatro cafés para ustedes y él claro, somos cuatro, por eso no son cinco cafés. Pensé que chistoso, y le aclaré que uno nunca sabe, usted pudo haber pedido cinco «o una taza más grande» dijo con toda su gordura, tomándose a pecho mi intempestiva defensa. El gordo hilarante terminó pidiendo un segundo café, como había previsto: aquí tiene señor, y no le dije qué sorpresa, ahora son seis cafés en lugar de cinco, increíble imbécil.
Se me acaba el tiempo, inagotable venido de la eternidad. Se me requiere en el trabajo, unas horas más de enajenamiento, de malabares momentáneos, mi memoria abocaba en guardar rostros, gustos, platos, bebidas. En mi mente se forma un reloj mental que conjuga tanto el tiempo como el espacio. Doy rodeos inoportunos como innecesarios, anuncio una cosa en la cocina, me devuelvo al bar para tomar otro trago de agua con la creencia esquiva de que el calor pesará menos y así vuelvo al ruedo, acudo al llamado de la campanita, pedido para la 116, la 101, la 109, a la orden, claro que sí, muchas gracias, y un yo que existe pero no piensa lleva la comida a la mesa correcta, esquivando cualquier error y comentario torpe, anunciando el pedido nuevamente, buen provecho, señores, señoras. Soy un caballero andante, el escritor huidizo que siempre quise ser, el artista en sus ratos libres, conforme con el destino presente, con su inaudita desgracia, el superhombre de Nietzsche, acaso feliz con toda desgracia vivida, aceptando que el tiempo se repite, que el eterno retorno me conducirá a este infalible instante, frente a mi ordenador jugando a ser escritor, apurado porque se me espera en el trabajo.
Y ahora un déjà vu: L. que vine de la cocina, da unos pasos frente a mí y parte, yo con desesperación latente por terminar esto en menos de cinco minutos, tomar la ducha, vestirme y salir desbocado a vivir con fruición mi condena, regocijarme con esa decadencia. Seré el hombre rebelde, el superhombre. Mañana todo se repite, el despertar cansado, los huesos de la espalda que crujen al levantarme, el olor del café y este calor desacostumbrado. No, no me arrepiento de este andar atribulado, de esta suerte de mendigo, de rumiante, acaso la representación diáfana de lo que siempre quise ser. Mi pasado ya no se lamenta pues nunca supo lo que quería ser cuando los años pasaran. Soy el responsable de mi desventura, de cada una de las desgracias que me hieren el corazón como espinas. Puedo ser otro, ese otro está en casa, tiene libros, tiene tiempo, leer como contrapeso, escribe como la indudable venganza, ya llegará el momento, se dice esperanzado, ingenuo, presa fortuita de su propio engaño. ¿Forma de consuelo? Si hoy no sufriera por todo lo que mi yo pasado quiso tener no estaría escribiendo la queja del siglo, la revelación de un pesar anclado en mi fútil lapso de eternidad. Soy tan eterno como esta tarde, como este viento que ya no sopla, como el rumor solapado de un caminante solitario.
18/06/2021
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