Su recuerdo, ahora intempestivo, yacía en el fondo de mi memoria caprichosa. Acaba de regresar invocada por la lectura de una novela de Graham Greene, y su nombre no es Sarah, tampoco la odio y no he querido hacer de su esposo —que no lo tiene— un modelo para la novela que no estoy escribiendo. Se llama Karla, la conocí durante mis años de universidad, los primeros antes de tantas deserciones. Era tan bella como insegura, las imperfecciones en la piel las disimulaba con una espesa capa de maquillaje sin darse cuenta de que al natural la perfección le era un gesto fácil. Era de silueta delgada, alta entre la mayoría de las mujeres, pero sin serlo en demasía. No recuerdo los proemios de la conquista, sin embargo, los imagino espontáneos, fruto de mi exceso de confianza que se apoyaba en mi juventud. Fue un acercamiento gradual, de conversaciones diáfanas y de coquetería subrepticia. Como no recuerdo los inicios tampoco tengo idea clara del final. Todo esto son elucubraciones mías, estratagemas de las que se sirve la inventiva para reconstruir un pasado borroso, de difícil recuperación. Recuerdo instantes sin contexto, besos sorpresivos, alargados por la impunidad de un cuarto a solas. Me recuerdo manejando una distancia de no poca consideración para ir a su casa, una, dos, tres veces. La veía salir, el pelo todavía húmedo después de la ducha. Su madre me saludaba, me invitaba a pasar y yo rechazaba amable. Dábamos una vuelta, hablábamos, nos besábamos cuando la soledad se hacía presente. No debo descartar un rasgo de su madre: las manos atacadas por la artritis, sus dedos deformados que no resultaban una ausente inquietud para Karla. Ella tenía un hermano, mayor y que a mi yo joven intimidaba. Él tuvo un accidente en el auto nuevo de Karla, una pérdida total, que no le costó la vida, pero sí el medio de transporte de todos los días. La recuerdo una vez, una noche de fiesta donde ella formaba corro con sus amigas. Mi memoria quiere dar forma el primer encuentro, a los comentarios de las amigas sobre las miradas que Karla y yo intercambiábamos como ritual de conquista. Me decían es la primera vez que la vemos así, con ese brillo en la mirada, esa exaltada alegría. Nos dejaron solos y no pudimos más que consolidar lo que ya teníamos insinuado.
Duró lo poco que me duraban los lazos durante aquellos años encendidos de pasión. Aquella juventud mía quería vivir sin reservas ni ataduras, acelerar el paso de la vida para cuando se me presentase, como obligación, el momento de sentar cabeza. Visité algo más que la intimidad de sus labios, recorrí con el tacto sus piernas y guardé esa marca de nacimiento que nacía en el interior del muslo derecho y se extendía casi hasta la rodilla. Ella habrá guardado otras inexactitudes, otras luces y sombras de nuestra relación fortuita. Diez años nos separan del primer encuentro, las primeras noches y los primeros días que, como eterno retorno, se repiten en el flujo de la eternidad sin que los dos estemos presentes.
Ya no estará ella en mi mundo, no estando aquí, donde la vida tomó un sentido propio. Me consuela el saber que, si mi condena es el regreso, ella estará presente como vieja amiga, como parte del círculo de amigos que me servirá de bálsamo para curar las heridas del destierro. Amigos que me mostrarán el camino de vuelta, la ayuda incondicional, el abrazo fraterno de bienvenida sin ningún somo de resentimiento.
Seguiré la senda de los recuerdos ocultos, insignificantes por mínimos, por faltos de luz, absorbidos por la sombra de la medianía, lo que no pasó, lo que no tuvo ni drama ni final feliz. Karla como otras mujeres que mi corazón no añora, o no añoraba como ahora cuando el recuerdo es lo único que puedo recuperar a medias. Está ella en la faz de mi juventud trepidante, de mi deseo de vivir más allá de mí mismo. Recuerdo detalles tan nimios como reveladores. Siento su aroma, el sabor de unos labios de desacostumbrado besar, la marca del maquillaje que, de tanto besarla en las mejillas, se me adhería a los labios, y ese suspiro inmemorial que antecede toda pasión amorosa. Karla no formaba parte de mi lista de infortunios amorosos, de las mujeres con las que quise vivir, pero no pude. Fui yo quien provocó la ruptura, el final de los encuentros porque había otra mujer —no sé con certeza de quien se trataba— con la que quería construir un nuevo mundo. Gracias al recuerdo de vuelta, me he enganchado a la novela de Graham Greene. No creo que, como el narrador personaje, yo haya amado tanto a una mujer como para odiarla por dejarme. No guardo un especial resentimiento hacia ninguna de mis fallidas conquistas. Me he convertido en el hombre con el único atributo de saber perder. Ya el ego no me fortalece, ya la indiferencia no me sirve como arma esperanzadora del reencuentro. A la mujer que se pierde no vale la pena recuperarla.
A la única a la que pude albergar un dejo siniestro de venganza fue S., pero no tengo ni reproches ni disculpas para ella. No fue, como el vulgo lo dice, una cucharada de mi propia medicina, una forma de karma sino un mero acto de voluntad, un ya no te quiero, no me haces falta, lo nuestro no puede seguir. No supe en su momento entender de razones, era sólo yo y mi zaherido orgullo de hombre. Ella decidió irse como decidió un día estar conmigo. No puedo culparla por ser libre, por sentir a su manera, por buscar algo más cercano al amor en su mismo idioma. Yo debí haber emprendido la retirada desde antes, amar por ejemplo a O. sin engaños, como pieza fundamental del amor fou. Renuncié sin embargo a las dos mujeres de mi vida, una por empecinamiento y la otra por traición. De haberlo hecho, y que conste que esto es mera deambulación de la ilusión, otra historia estaría contando.
20/02/2022
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