He recorrido largas distancias, cruzado fronteras, caminado por calles que no contaban con mis pasos y visitado aeropuertos. El viaje de ida y el de vuelta suman dos días que ya no podré recuperar. No es tiempo perdido a pesar de los pies hinchados, el apetito impedido y el sueño itinerante del que no está cansado sino harto de las horas vacías. He llegado a casa sin sentir esa urgencia de años pasados por volver. Atrás, en lo que un día constituía mi todo, dejé un amor inconcluso. Podría decir que nos dimos una tregua, ese tiempo que dos fehacientes enamorados se otorgan porque saben que no tiene otra opción. Dejé, sin dudas, una parte de mí con I. Me quedé deambulando por los pasillos de su casa, sintiendo la humedad y el calor de una ciudad con costa. Me quedé en su cama, entre sus brazos, en el vaivén de su cintura. Fuimos dos que intentaban ser uno. Estuve dentro de ella, me tienes, me repetía, me tienes, mi amor, y yo disfrutaba de esa posesión del cuerpo, de esa suerte de permanecer en la mente y en el cuerpo de la mujer que se acomodaba a mis deseos.
Por primera vez sentí la aguja de la ausencia clavada en el corazón. I. no me dijo que no me fuera, ella lo sabía irremediable, pero me dijo me vas a hacer tanta falta, quiero que vuelvas, que en el porvenir esté inscrito dos que se unen, que caminan de la mano por la playa, que se quieren al calor del mediodía, frente al mar, víctimas felices de la brisa y de la infinita arena. Yo le prometí mi vuelta porque me había enamorado. Acepté que podría instalarme en cualquier lugar si fuese junto a ella. Supe que era posible adaptarme a su rutina. Darnos de noche, entre las sábanas, hasta la extenuación de dos que se aman. Dormir desnudos, sentir la piel febril de quien se siente poseído por un amor con pretensiones de eternidad.
La despedida no quería decir adiós sino una súplica de no me dejes. No quería partir, ella tampoco quería quedarse si no era conmigo. Cuando la dejé, después de besos de adiós a mansalva, vi que sus facciones querían contener el llanto. I. iba a guardar el llanto de quien deja al amor con la siempre frágil promesa del rencuentro. Yo sentía también cómo me venía un llanto de tristeza por el amor que se pierde. No quería dejar de verla, de acomodarme a su rutina, de vivir una historia de amor improbable.
Qué alegría la del amor correspondido. I. se declaró mía, a la espera. Yo he sentido el mismo amor, desde mi trinchera de solitario empedernido. ¿Hacia dónde se inclina la balanza de mi vida?
He venido con una idea precisa ahora ya difusa. No he podido dormir más de cinco horas. Durante la duermevela he sentido la disociación de quien ha hecho un largo viaje. Me he quedado en un lugar de B., una mujer, I., se ha vuelto mi primera patria. Yo soy el que tendría que volver, renunciar a esta vida en las antípodas, sin la posibilidad, una vez tomada la decisión, de regreso. No podría obligar a I. a la vida de este lado, no le desearía el largo proceso de adaptación, el sentimiento de no pertenencia, la precariedad del migrante. Yo no puedo irme sin embargo antes de haber conseguido la nacionalidad, la seguridad de tener dos lugares en los que vivir. No puedo renunciar a ocho años de vida sin conseguirlo. Puedo no obstante hacer el viaje de ida y vuelta, entregarle mi vida a I. por cortos pero constantes periodos. Puedo también recibirla de este lado, partir en la busca de nosotros mismos en países desconocidos. Ella como compañera única de viaje, mientras yo espero que todo tome la forma de mis deseos.
Estoy desacostumbrado a la página. Una idea tras otra me ronda el espíritu, tanto que parece más sencillo hacer una lista.
¿Qué voy a hacer con el juego de la doble vida?
¿Qué voy a hacer con este amor, el único, el de I., que me quema dulce por dentro?
¿Qué voy a hacer con el afán de escribir al ser un escritor inédito, condenado al fracaso de la ausente publicación?
Me siento por vez primera dividido, acaso harto de vivir de este lado, del trabajo que no me complace, de la rutina de la que me siento prisionero. Quiero abandonarme, buscar el recodo de la felicidad perdida en algún lugar. Quiero vivir a su lado, en un lugar con playa, con la incómoda arena, el calor que te hace sudar hasta los huesos. Aquí te suda el pelo, los dientes, me dijo I., es algo que descubre a muy pocos días de vivir aquí. ¿Por qué el amor no pedido viene a fracturar una vida en orden?
Poner todo en orden. Debo, cuántas veces lo he dicho, ponerme al día, sumirme en mis diarios, llevar su corrección acabo para poder coronarme como el escritor que quiero ser. De lo contario las muchas páginas se me saldrán de las manos.
Debo dividirme, debo afrontar las decisiones no acertadas de mi vida. No me equivocado, debo aceptarlo, al vivir de este lado, pues ha sido el camino hacia I. Ella se ha enamorado de mí por lo que he vivido, en este que ves, en lo que me he convertido. El amor invoca la totalidad, el darlo todo, pero no debo abandonarme, no debo dejar de ser yo mismo, de pertenecerme. Sé de el amor que se derrumba por hartazgo, por sentir que el enamorado ya no es él, que se ha vuelto el apéndice del amante. Amar con pasión, pero imponiendo la barrera de la identidad.
Dudas, más dudas. No regresaría, mi vida está en esta parte. Me quedan más años para cumplir mi cometido. Espero que el amor de I., el mío, el nuestro no se desgaste por mor de los avatares del tiempo. Ella espera, yo en sueños la consigo.
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