Manera de expiar las culpas, el piano lento, el vibrar del techo, escribir la idea insumisa venida desde el sueño del mediodía. Un cúmulo de palabras que invitaban a escribirse, la andanza lejana por las calles de un recuerdo, la memoria lúcida y entreverada. Del sueño, de la otra vida, me traje unos lentes descompuestos, las patas descompuestas, enrolladas sobre sí mismas. Me preocupaba, me veían enredado en la lista de trámites para repararlos. Olvidaba los lentes, las patas que se movían sinuosas como gusanos. Sosegado despertar, la duermevela, todo va bien. Me duermo de nuevo, consiente del espacio que habito, y escribo, escribo en algún lugar, imagino palabras que se suceden, hacen sentido, forman frases que olvidaré. Pero prosigo la minuciosa empresa, un viejo de andar solitario y desdeñoso, un sendero, un impreciso camino recorrido. ¿De dónde viene? Es quizás yo, pero más cansado, el viejo que lleva en el paso la sentencia. Me traje el recuerdo de los pasos angustiosos de los viejos en la sala de espera. Vi en ellos un miedo lejano porque no deseo una vejez así, más vale que cambie mi sedentaria vida. Justo caminaba al encuentro del otro, escuchando el cuento de Borges, el encuentro fortuito con su yo más joven, dos sueños, dos Borges que se confunden. Hablar con el otro, yo he hablado ya con él como predicción futura, le he dicho cosas para cuando el tiempo llegue. Pensar en el yo improbable de cincuenta años, muy poco, veintiún años nos separan. Esa imagen, un yo casado, se me presenta aterradora. No sé nada de la vida del porvenir, no sé si de un año a otro la vejez me dará su golpe triunfal, me marcará en el rostro y en el cuerpo el precio de los años.
Nada sé de cierto.
Vuelvo a la imagen conjetural de la próxima vejez, del laberíntico andar por hospitales de paredes blancas, secretarias indolentes, médicos cansados y enfermeras de falsa cortesía. Se me verá distinto, se me hablará más fuerte, la presunta idea de que el señor ya no escucha bien. Andaré solo, pues no tendré hijos, mi mujer nunca quiso tenerlos, y yo me acostumbré a la vida de dos que se aman. O peor, la memoria perdida, la dependencia perpetua a una silla de ruedas, una camilla, la extraña persona que se tendrá que ocupar de mí. El viejo en un asilo, porque ya no es autosuficiente, se pierde en su propia casa. Como no tendré hijos, nadie me conducirá al retiro, la casa encarecida de desprecio, antipatía, lástima y piedad. Si la lucidez me lo permite, me lamentare de un vida muy corta, de no haber vivido y de haber leído en su lugar. Abandonado a mi suerte, pero sin la sensación de abandono, acostumbrado a mi solitario vivir, pediré papel y lápiz para escribir mis memorias de desolación. La escritura será reveladora, comenzaré con un recuerdo difuso y el paso de las líneas lo volverá más claro. Será la manera, como ahora, de expiar las culpas, los remordimientos. Para entonces podré encontrarme con el joven que fui, vendrá a visitarme, se me verá hablando solo cuando hable con él. El yo viejo y cansado será preciso, sin contrariedad me dirá que él es yo, y yo incrédulo le diré que no es verdad. Me dará detalles de mi vida que nadie más conoce, y yo practicaré mi acostumbrado escepticismo, no es verdad, pero quizás sí, haciendo concesiones al viejo de espalda cansada pero claro articular. Yo joven diré que en casa todo va bien, madre y padre todavía viven. A los abuelos los recuerdo poco, dos abuelas maternas, una más cercana que la otra. El viejo la recordará, la abuela Carmen, esa buena mujer que murió apenas con 88 años. Sí, responderá mi yo incrédulo, su mirada cristalina, con muy pocos recuerdos, más sonriente porque ya había olvidado muchas desgracias, las muertes de tres de sus hijos antes que ella. Se alegrará el viejo yo de que la abuela Carmen siga viviendo en el recóndito baúl de mi memoria. Tu vida, mis años pasados, será una constante rememoración, con letras darás vida y voz a tus padres ausentes. Nada es como te lo imaginas, los simulacros funerales de tus padres serán muy distintos a lo que te espera. Ninguna ficción hasta entonces creada será comparable al dolor interminable de la pérdida. Hasta ahora has imaginado la muerte al instante, sin enfrentarte con el sufrimiento, la agonía, la desolación y la desesperación; esto sin hablar del remordimiento, las culpas a cuestas por tus fallos como hijo. Todavía no he podido sanar esas heridas —dirá el viejo— he vivido todo año presente arrepentido, sin forma de someter mis errores.
Corto la palabra al viejo, a la ficción de mí mismo gastado, otro simulacro que no se cumplirá como tal. Sé lo que mamá y papá me han dicho, la espera agónica por verme triunfar. Partirán sin saber si mi vida ha sido éxito o fracaso. Papá parece resignado, sabe que la vida no le alcanzará para verme realizado, por lo cual me desea salud para cumplir mis metas, que se te está haciendo tarde hijo, apúrate. Mamá por el contrario todavía anhela mi regreso, tenerme cerca por si todo empeora, para que no afrente los golpes de la vida tan lejos, sin ella y su ala protectora para defenderme de todo el mal en el mundo. Tú no tienes malicia, hijo, me decía mamá. Es porque pasé mucho tiempo en casa, el ritmo familiar formó mi carácter solitario, retraído, apático. El interior es mi refugio. Pensar durante la noche en que me espera un día libre me renueva la esperanza. Y aprovecho ese día desaprovechándolo según la mirada ajena que no comprende que esta extraña forma de vida me es cara e imprescindible. Es este tipo de vida mi antesala, el proemio de la vida de escritor que me gustaría vivir, las novelas que me gustaría escribir. La otra vida que me gustaría crear. Hablar con los muertos. Apaciguar el dolor en las manos.
09/04/2021
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