He tomado tu nombre como excusa, acaso porque está sonando en las voces indefinibles de mi conciencia, porque son los tiempos que corren, en los que pensarte es natural ya que nace de un querer compartido. Pero no es sólo tu nombre, sino lo que para mí representa. Eres tú, tengo que nombrarte, intentar abarcarte con palabras. Es eso, tan sólo una tentativa que se me figura a la lectura de un libro infinito, pero no por ello imposible de llegar al final de un capítulo, o adelantar conclusiones o incluso imaginarse lo que sigue.
Te sé lejos, pero lo que podemos compartir de cotidiano construye un puente por el que podemos llegar, cruzando por mitades, al abrazo de reencuentro. ¿Qué es más cotidiano que el yo que escribe? Es un yo aparte, refugiado en lo que me ha gustado llamar mis paredes mortecinas. No es por falta de vida o de calidez, sino que son de un blanco pálido, sin el arrobo de los colores, de mucha ausencia y por lo tanto, para mí, propicias para el silencio y la soledad. Estoy rodeado de libros, tantos y a la vez tan pocos que se ufanan con invadir —yo se los permito con gozo— cada rincón de mi apartamento. Decía Cortázar que los libros son el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo, y no lo contradigo ni un punto. Para mí su compañía me ha salvado del desasosiego y la desolación, y son el lugar donde paso cada segundo que la vida me da tregua de libertad.
Escribo con dificultad, no porque las ideas no me vengan sino por un malestar físico, fruto desagradable de la inmovilidad de los últimos días. Ya siento el rechinar de los huesos como artefacto antiguo y oxidado, el dolor en la espalda, la dificultad para mantener una buena postura. ¿Que cómo son mis días? Son solitarios, evasivos. Puedo pasar largas temporadas solo, estos casi ocho años del lado de las antípodas han sido una lucha pírrica. Soy este que escribe, el que se queja de los achaques de los años, culpable de esta timidez patológica que durante días se ufana en no dirigirle la palabra a nadie. Se podría creer que es mi lado sombrío, el de lector tumbado, como Onetti, crapuloso, desdeñoso de la vida que afuera pasa. Es mi culpa, de nadie más. Por eso mi yo pretérito se lamentaba de la falta de amor, consecuencia de mi forma natural de ser, de mi interés desmedido por los libros, por mi necesidad absoluta de silencio y de nula compañía. Pero tan sólo es por momentos. Me gusta la compañía de una sola persona a la vez porque las multitudes me sobrepasan, incapaz de abarcarlas. Por eso contigo pude ser yo mismo, dejar de fingir que no era el que leía y escribía, saberme culpable del pecado de lisonjería —según Dante— y pecar de literario. Me recibiste con todas mis fallas que en ti resultaron ser virtudes, motivo de atracción y de festejo. No se me ocurre mayor halago que decir que en ti yo encontré el libro que estaba buscando, porque toda vida es un camino para llegar a un libro. Te encontré y quise leerte, quise hojear precipitado tus páginas de piel y sangre, pronunciar lento cada palabra, cada frase, llegar a leerte entrelineas. Sentí por vez primera que podía prescindir de este lugar, de mis paredes mortecinas, de mis libros que sostienen mi ánimo por vivir un nuevo día. Encontré ese libro de arena y mar, el movimiento de las olas en tus caderas, la brisa en tu aliento, el amanecer y el atardecer en tus ojos. Tu risa es una antología universal de poesía, tu vida pasada tus cuentos completos y, tu porvenir, junto con el presente, una novela que escribimos a cuatro manos.
Ese día, nuestro amor acompasado con las olas del mar, te miraba y confirmaba que eras tú el único lugar de mi vida donde todavía se podía estar tranquilo.
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