21/01/2024
Deja de ser un día en la vida cuando se recorre toda una semana a pie en silencio, sin haber escrito una página, culpa del desánimo, del dolor de cabeza, de la falta de tiempo, del cansancio cuando ya es muy tarde. Y, sin embargo, no refleja un vacío sin más. He escrito en mi cuaderno, que parece también olvidado, destinado a la pérdida, cada vez más cerca de ser la prueba inequívoca de que he dejado de escribir. He escrito, me digo, lo que me rescata de quedarme al final de la fila; haber tocado fondo y no poder salir nunca más a flote.
Y, asimismo, he soñado.
Vengo hilvanando las ideas desde anoche, justo antes de dormir. Pensé en escribir a mi padre para contarle que desde su muerte nada ha cambiado, que el mundo sigue siendo el mismo lugar, con sus mismas cosas. Los sabios siguen viviendo entre las sombras y los imbéciles siguen vanagloriándose bajo los reflectores; nos gobiernan los mismos, nos imponen el mismo orden de cuando tú vivías. La familia, papá, yo mismo, seguimos haciendo las mismas cosas, casi hasta olvidar que vivimos una pérdida irreparable. No es infrecuente que lo cotidiano me absorba hasta pensar que todo ha sido un mal sueño, que todavía te encuentras al alcance de una llamada, que a través de la pantalla del móvil te veré en tu lugar de trabajo, y que de fondo escucharé tu voz que se impone al ruido de la gente al pasar, al bullir de autos alrededor, a las campanadas de la iglesia que anuncian las horas y llaman a misa. Y me sorprendo de seguir vivo a pesar del dolor de haberte perdido. Me sorprende la fuerza para aceptar lo que no tiene remedio, para salir avante cada día sin dejarme infligir una herida mortal por aquello que no pude salvar.
He soñado otra vez que tu muerte fue un falso diagnóstico. Te veo vivo y me extraña no tener una explicación coherente. ¿Cómo ha sido posible? Recuerdo luego que cuando te desconectaron y certificaron la hora exacta de tu muerte no se dieron cuenta de que, en realidad, tu corazón no había dejado de latir, sino que latía muy débil, imperceptible, tanto como para engañar a cualquier médico. Supieron entonces, horas después, que seguías vivo, y que además habías sanado de forma milagrosa. Tu sistema digestivo volvía a funcionar como antes de la perforación en el intestino. Tus niveles de plaquetas se restablecieron, tu cuerpo volvía a combatir la infección como antes. En tus palabras, el Señor te había otorgado la sanación y su misericordia.
Y pienso que acaso fue así, que en esa otra vida que es el sueño tu vida sigue como si la muerte no hubiese sido un acontecimiento devastador. Te despertaste y la vida siguió su curso. Saliste enseguida del hospital como si tan sólo hubieses pasado un par de noches. No te preguntas si todo lo que ves es real porque se siente como tal. En ese lugar estamos todos tus hijos, tu esposa, todo lo que recuerdas; el mundo y sus cosas se encuentran en el mismo lugar. Vives entonces los días de convalecencia, te recuperas poco a poco hasta poder caminar sin problemas, volver a ser independiente. Vuelves a la misma rutina a la que ya estabas acostumbrado y te sientes alegre de haber vuelto. Qué bien, te dices, que pueda volver a lo mismo, que tan solo haya pequeños cambios, casi insignificantes, como la bolsa que tengo que llevar de por vida pegada al vientre. Todo ha retomado su buen curso, te sientes un hombre renovado, bendecido: he vencido el cáncer, el Señor me ha dado otra oportunidad.
Y es mejor que te haya pasado de esa forma, papá, que no tengas noticias de tu muerte, que en tu mente no se haya construido el recuerdo del final, que te hayas quedado tan solo con los episodios brumosos, de duermevela, cuando te reducían la anestesia con el fin de evaluar tu estado cognitivo, saber si no había daño cerebral. Eran preguntas como: cuál es su nombre, en qué ciudad vive, ¿sabe por qué está hospitalizado? Y sabías que tu nombre era José Zárate Álvarez, que vivías en Guadalajara y que habías nacido el 4 de enero de 1956, pero que en tu acta de nacimiento decía que naciste el 15 de enero de 1956 porque tu madre te había registrado días después; que sí sabías por qué estabas hospitalizado, que te habían operado y que todo se había complicado hasta llegar a ese punto. Pero era claro que tú no podías decirlo, pues estabas intubado, impedido del habla, así que te hacían preguntas precisas a las que tú debías tan solo asentir si eran correctas, negar si no lo eran. Y con eso basta, señor José, no se preocupe, más tarde vendrá su familia a visitarlo y el médico le dará un informe de su situación.
¿Que cómo fue el día en que se nos fracturó para siempre la vida? Un día antes, en la sala, nos reunimos para tomar una decisión. Estuvimos de acuerdo en que lo mejor era interrumpir el tratamiento que no estaba funcionando. Que estábamos prolongando tu agonía, que lo mejor era dejarte descansar, como ya lo habías pedido antes de que te intubaran. Pero uno de nosotros se opuso. Para aquella persona tu situación no era tan grave, tan solo había que tener fe, saber esperar. En ella todo era negación, no sabía que no sabía, no quería darte por muerto, papá, no quería darte ella misma la sentencia de muerte que te estaba dando la vida.
Cuando ella se fue, molesta por nuestra falta de optimismo, acordamos que al día siguiente, a las 11 de la mañana, daríamos nuestro consentimiento para que se interrumpiera el tratamiento que te mantenía con vida. Haga todo lo que esté en sus manos, doctor, para que no tenga una muerte dolorosa, para que no se prolongue más su agonía. ¿Y cuál fue la sorpresa punitiva al siguiente día? Ya se había tomado la decisión, papá, y no he dejado de pensar que fuiste tú quien lo pidió, que en un momento mínimo de lucidez se lo hiciste saber al médico en turno y que él fue el emisario de tu última voluntad. Nos hicieron entrar sin delación, la oficial de la entrada ya estaba informada de que los familiares de José Zárate Álvarez no debían esperar ni un minuto fuera, que su presencia era urgente. El médico nos recibió en una oficina antes para informarnos de lo que pasaba. Durante la noche tu estado de salud había empeorado, tus pies que un día antes estaban morados, ese día por la mañana estaban negros: tu sangre, como consecuencia de los medicamentos, no llegaba a las extremidades, circulaba únicamente hacia los órganos vitales: pulmones, corazón, sistema digestivo y cerebro. La batalla se había perdido. El tratamiento te iba a matar al mismo ritmo que la enfermedad, papá, ya no había nada por hacer. Te encontramos disminuido, agotado, consumido por los días sin comer. Famélico, sediento. Tenías la boca abierta, como si se te estuviese escapando el alma, como si pidieras más aire o más agua, y tu respirar era dificultoso, tu pecho suplicante como si fuese un animal herido.
Guardo la escena en mi memoria. Me quedé largos minutos al pie de la cama, como si necesitase una perspectiva, pues no quería dejar pasar ningún detalle. Frente a ti pude ver toda la escena: mamá, mis hermanos que vinieron a despedirse. A la vez miraba a tus compañeros de piso, sentenciados al mismo final, y me alegraba que tú no fueras el único, que al lado tuyo un hombre más joven tuviese también poco tiempo y que, al otro lado, un hombre mayor que tú estuviera igualmente sentenciado. Era una alegría malsana, sentir que tu muerte no era una afrenta personal de la vida, que yo no era el primero ni el último en sufrir la pérdida del padre.
Cuando ya fuimos demasiados los presentes, nos pidieron que abandonásemos la unidad de cuidados intensivos, que tan solo se podían quedar dos personas, no más, y que eso ya era mucha ventaja. Me preguntaron si no quería quedarme solo contigo para despedirme, y yo dije que no hacía falta, que en situaciones así uno nunca termina de decir adiós. Cuando volví a entrar, ya lo peor había pasado. Ya no sufrías, papá, porque ya no podías sentir dolor, porque el dolor es algo terrenal y tú ya no pertenecías al reino de este mundo. Me encontré con lo que ya serían los restos de ti. Tan solo el cuerpo que ya no respira, que lento se cubre de un color amarillo que yo me empeñé en robarle la idea a Borges y decir que era el amarillo o el oro de los tigres. Te tomé de la mano para que no cruzaras en solitario hacia el otro lado, papá, porque una parte de mí se iba contigo, te acompañaba en ese viaje a la otra vida como hizo Virgilio con Dante.
Y es así como nos hemos encontrado en sueños, caminando juntos los mismos caminos, y yo, insistente, te hago la misma pregunta: qué se siente estar muerto, cómo es el paso de la vida al reino de los espíritus. Y tú me ignoras con cariño, papá, pues es una pregunta a la que no sabrías cómo responder, y me haces saber con tu cambio de tema que la respuesta me llegará a su debido momento, que en realidad saberla me mataría, que lo que de verdad importa por ahora es la vida, que me preocupe por preguntarme sus misterios, que estaré muerto por una eternidad.
Y no puedo negar que tu muerte, papá, fue tu última lección. Que me enseñaste que se debe luchar hasta el final, que no hay “pero” que valga porque la vida es muy breve, que no debe desperdiciarse. Fuiste pedagógico hasta tus últimas horas. Sin embargo, no he salido avante, papá, me cuesta ser como tú, me es difícil la disciplina, la determinación. Dejo pasar los días, me levanto tarde, cansado, y desaprovecho los talentos que de ti he heredado. No obstante, para mi consuelo, vuelvo. Regreso a la página en blanco, vuelvo a ser un escritor primerizo, un aficionado como decía Cortázar. Eso es lo que debo ser, alejarme de la profesionalización de la escritura. No lamentarme por ser un vago del oficio, por escribir muy poco. Pero, al fin de cuentas, escribir, sea mucho o sea poco.
¿Qué voy a hacer cuando tan solo pueda hablar con los muertos?
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