El impulso perdido

27 de octubre 2021

Tengo la nada de impulso, el día vacío, anhelante de lectura, pero fracasado en su propósito. Dejé que la mañana se desgastara en lo nimio, aquello que no importa. Me levanté, sin embargo, con la sensación —no indiferente— de querer llevar algo a cabo, rehuir, cambiar el hábito, el natural talento de no terminar nada.

Ese es tu problema, me dice la voz del subconsciente. También el amigo lejano, que me conoce como el que está más cerca. Me lo dice mi profesora —siempre profesora— que hoy se ufana en ser amiga. Me dice: acuérdate por qué dejaste la escuela de música. Porque no soportabas a Gabriela, la profesora que te prohibía hacer lo que tú querías. Por eso dejaste todo: por un capricho.

Nunca se me ha podido obligar a realizar algo que no deseo. En mí reside una rebeldía sin parangón. Mi espíritu es salvaje, va contra toda regla, se ufana de esa desobediencia a consciencia. No sabe lo que quiere; sin embargo, sabe sin incertidumbre aquello que no quiere. Quiere que se le deje en paz, que la libertad conseguida sea duradera y le conceda el tiempo de terminar su obra inmemorial. Quiere un segundo de eternidad, que el tiempo fuera se detenga, y que durante esa pausa de tregua consiga poner punto final a la novela que no sabía que quería escribir.

Quiere dejar de perder el tiempo a expensas de los otros. Le fatiga la perorata de los profesores, la aclamada disciplina de seres educados bajo el yugo de un sistema. No quiere seguir la misma senda. Atar el pensamiento le provoca náuseas. Anhela la libertad sin oasis ilusorios: una libertad no difusa, concreta pero leve. Quiere sentir que las mañanas, como la de hoy, tienen un propósito definido desde la noche anterior: leer para luego escribir; escribir para entonces corregir, y —sin ser su principal objetivo— publicar lo que valga la pena de convertirse en texto. Dedicarse a la propia obra, sin el miedo paralizante a la relectura del pasado. Hacerle frente a lo que fue presente, ya libre de las ataduras, de arrepentimientos, el “qué hubiera pasado” enterrado en el olvido de ayer.

Redescubrir, hilvanar los capítulos de un libro que podría significar su redención. Poner término a algo antes de que la desgracia, transfigurada en un aviso de deportación, lo devuelva al infierno de antaño, al que se estaba acostumbrado pero del que logró salir. Se libró de un andar de autodestrucción, con un probable final temprano. Renunció a la muerte para vivir como un perenne riesgo del otro lado, cerca de toda esa cultura de la que se rodeó, con libros como murallas protectoras.

Inútil preguntarse de qué lado me esperaba el mejor porvenir: si lejos o cerca, si del lado familiar o del lado de extraños por conocer. Retirado de mí, una nueva máscara, una identidad no duradera pero presta a serme útil. Cambió el entorno, pero seguí la senda de mí mismo. No se me negó una mejor calidad de vida. Acá —o aquí— se me dio la escritura: el tiempo para sentarme frente a la máquina de escribir, frente a la hoja en blanco, y dejar correr el río de las ideas y los sentimientos.

Día con día fui dando forma a mi diccionario personal, mi discurso como ningún otro. Dejé plasmado, para la eternidad o para lo que me dure la vida, los pensamientos atribulados de un día cualquiera. Escribía por amor: escuetas notas cada mañana que amanecíamos juntos, mínimos y diáfanos textos con el propósito de enamorar, de detener el tiempo. Recuerdo que ella los guardaba con cariño, justo después de que yo le hiciera una torpe traducción.

Eso era: la escritura era un intento por traducir con palabras lo que no tenía texto, lo indecible, lo inefable. Escribir es apropiarse de un fragmento mínimo del tiempo, la hora que dura este intempestivo ejercicio de escritura. Yo escribía, enamorado, exiguas notas de amor como el hombre religioso reza cada noche o cada mañana. Yo agradecía a mi amada por un nuevo despertar, a la manera de los religiosos —hombres como mi padre— que pronunciaban una oración en agradecimiento por el nuevo día.

Mi diosa era ella, mi deidad pasional, mi evocadora de sentimientos. Yo era, junto con mis palabras, el producto de un encuentro entre dos mundos, un estallido de finitud, la elaboración fallida —por imperfecta— de un nuevo lenguaje. Mis palabras tuvieron un final: guardadas en una caja o ofrecidas en sacrificio al fuego del olvido. El lenguaje común, por entonces tan vivo, se convirtió en lengua muerta. Fuimos, y luego dejamos de ser. Y no había por qué arrepentirse. Lo nuestro se diluyó como el paso de un día a otro.

Fue una mañana fría, después de una noche dolorosa, cuando sonaron las campanas del final: el alba se nos dio por separado. Comencé a escribir como método —no carente de dolor— para extraer la espina que tenía clavada en el corazón. No voy a negar que, a medida que escribía, sentía que la espina, en lugar de salir, se alojaba más hondo, provocándome un insomnio de ideas suicidas. La escritura no fue en sus inicios salvación, pero sí una catarsis lenta, de purgatorio. La única forma de no caer en el infierno tan temido de la desolación.

Ser escritor por encontrarse entre la espalda y la pared, al borde de un precipicio, con la amenaza inconstante del miedo a caer, perderse.

Voy a ser un escritor de los años lentos, del tiempo pausado. No me precipitaré. Sabré guardar paciencia como una de las grandes e imprescindibles virtudes. La paciencia, sin embargo, no se traducirá en inmovilidad. Escribiré, tal y como lo he estado haciendo desde hace contados años, como forma de cultivar el talento, de no dejar morir el lenguaje de mí mismo: mi pasado resumido en millones de palabras, en escenas de la vida cotidiana, pensamientos sin fin ni nexo, fragmentos de mí mismo por doquier, con vistas al infinito, lo eterno, la supervivencia de mi conciencia.

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