(29/03/2025)
He de salir airoso de los embates de la vida al saber que he cosechado, en las profundidades de mí mismo, memorias que nadie puede robarme. Nadie puede acceder —salvo la enfermedad del olvido— y quitarme lo que es sólo mío. No me pueden mutilar el pensamiento, tampoco intervenir lo vivido, tampoco todo lo que no he perdido porque ha pasado. ¿He salido entonces indemne de otro año? Mi cumpleaños me sabe agridulce, un andar sobre la tristeza con destellos en el horizonte. Me conformo, que es lo mismo que alegrarse, con lo que he conseguido. Si bien rozo la miseria, la he evadido. Como decía mi padre, hay que agradecer por tener un techo, una comida, trabajo y salud; sobre todo esta última, que sin salud no se puede hacer nada.
El día que pasó casi en blanco, el de mis 33 años, edad media de mi vida. No me di a la escritura sobre lo que significaba el número de mi cumpleaños. Lo común es relacionarlo con la edad de Cristo, edad fatal. ¿Son estos años el número de mi condena? He sobrevivido, me dije, a la mitad de mi vida, pues mi padre sólo vivió 66 años. Yo no había nacido cuando mi padre cumplió 33. Yo era sólo una probabilidad entre muchos éxitos o desgracias. Llegaría tres años después, ve tú a saber si por planificación o accidente, pero mis padres tuvieron a su quinto hijo a sus 36 años, poco más de dos meses después del cumpleaños de papá; muchos meses antes del cumpleaños de mamá.
Sé que mi nombre no es el mío, al menos no el que se tenía acordado para mí como pacto entre mi padre y mi tío Israel. Lo normal, si mi madre no hubiese intervenido, era que me llamase José Israel, tal y como se llamó mi primo, cuyos padres sí honraron ese pacto de hermanos. Me llamo Ricardo Israel: el pacto acaso roto con mi padre, pero no con mi tío, pues como mi primo nació después, a mis tíos no les quedaba más que seguir la senda de los dos nombres; ya que yo llevaba el de Israel, lo normal sería que mi primo llevase el de mi padre: José. Pudieron haber elegido otro nombre, otro orden, pues el José de mi primo ha sido, desde su nacimiento, prescindible para llamarse Israel, como yo me he llamado Ricardo prescindiendo de mi segundo nombre, que acaso evoca memorias de odio para mi madre.
Nunca en casa me llamaron Israel, pues Israel era mi tío y mi primo: eran otros. Yo fui Ricardo para casi todos y Riqui —acaso fruto del cariño— para mi madre. Y Riqui, o Riki, o Riky sigue siendo para mamá y para algunos miembros de mi familia, quienes ignoran que detesto el diminutivo porque me encierra en una infancia nociva, innecesaria cuando se llega a la edad adulta. Por mor de mi madre, el nombre se ha contagiado en la familia, por lo que sigo siendo pequeño para ella y para todos, a pesar de mis muchos años.
La edad de Cristo trae ecos de muerte, de final trabajoso, de condena en lo sucesivo. Jesús enfrentó, a sus 33 años, la pasión, la muerte y la resurrección: nada poco, ¿no? Yo he apenas enfrentado las calamidades de ser yo mismo, todavía ahora y a pesar de estar tan lejos. Me doy cuenta de que no he huido de mi más grande amenaza: yo mismo. Por eso ningún viaje me ha cambiado ni vuelto una mejor persona, pues he cargado todo este tiempo con el lastre de lo que he sido. Soy como el perro que ha conseguido romper el lazo que lo ataba al poste; huye feliz de haberse desprendido del lugar de su cautiverio sin reparar en la gran parte de la soga que lleva todavía, aunque rota, atada al cuello.
Según la estadística, un 70 por ciento de las personas mayores de 40 años recuerdan sus 33 como la edad en que fueron realmente felices. ¿Soy menos desdichado con 33 años? He pasado un cumpleaños más alegre, más significativo, con amistades reducidas pero más profundas. Va bien el inicio, a pesar de la tristeza en el fondo del cuadro, acechante, que me oprime toda fuerza de voluntad. Hoy no quiero salir, pero hay un séquito de gente que me aprecia, que me espera, que aguarda para decir: “salud, un nuevo año, una nueva oportunidad de vida”. No sé si este año será un antes y un después; tan sólo sé que es una etapa media, el ocaso estadístico de mi vida.
Además de tener la edad de Cristo, en la tradición islámica mis años son los de la apariencia eterna. Si mi muerte acaece a mis 80 años, mi yo del paraíso tendrá mi actual apariencia de juventud en su punto óptimo, y para siempre.
El número 33 desemboca, sobre todo, en el equilibrio, en una balanza, una mitad, lo que es —desde que murió mi padre— la única de mis certezas. Tener 33 años es haber llegado a la mitad de mi vida. Los 30 son el verano tardío, y los 33 dan para una pausa reflexiva. ¿El tiempo se detiene? Me parece que ahora, por fin, emprendo una búsqueda. Andaré este año en la busca de las intermitencias de mí mismo. Será la busca de mi identidad; será encontrarme en todos los vestigios de mi yo pasado.
Se me darán meses para hurgar en el ayer, para volver a vestirme de infante y volver a los domingos familiares donde papá pasaba tiempo conmigo porque yo, de alguna manera, se lo reclamaba, ya que lo sentía ausente, aunque no lo decía. Recuerdo cuando papá vino temprano al sofá donde dormía, y donde en ese momento lloraba porque no habría vacaciones. Venía a disculparse, a darme palmaditas en el hombro para decirme que este año no podría ser, pero que sí el siguiente. Entendí entonces que, aunque no pasábamos hambre, sí éramos en cierta medida pobres, que había lujos que no podíamos darnos. Pero entendí también que las vacaciones no eran lo más importante, sino lo primordial: un techo, un plato caliente en la mesa, trabajo y, sobre todo, salud, hijo, que sin salud no se puede hacer nada.
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