Soñar con la mujer que no se conoce: la perfecta desconocida para querer, amar, besar y refugiarse en su vientre, desde donde, entre dos senos, se cuela el amanecer. Era ella, ninguna más: el artificio de mi memoria y mi deseo; la conjunción de las mujeres pasadas y las del porvenir.
Piel canela, juventud radiante, piernas largas como las líneas de una partitura. Mujer musical, que cuando no besa canta. Su voz, sus palabras a ritmo, me leían un poema: mi cabeza recostada en su pecho. Su voz era el poema. Yo escuchaba las palabras ser lengua viva: estridente, trepidante hasta el alma.
Era un sueño, pero era también parte de la vida: el otro lado, otro tiempo, ajeno a las reglas que modulan los días donde amanece. El poema era perfecto: venido de su voz, escrito en una página, y perdido en algún lugar oscuro de mi memoria. Mientras ella lo recitaba, yo me empeñaba en no olvidarlo, en llevarme del sueño a la vigilia algunos versos: pocas líneas, una o dos palabras.
Leí el nombre del poema, del poeta, y temo haberlo olvidado. ¿Calderón? ¿Será cierto que, entre sueños, se haya colado un poema que nunca he leído? Enigmática coincidencia.
He buscado el nombre de Calderón en un poema y me he encontrado uno a la medida de mi reciente sueño:
Es verdad, pues: reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe
y en cenizas le convierte
la muerte (¡desdicha fuerte!):
¡que hay quien intente reinar
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte!Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.Yo sueño que estoy aquí,
de estas prisiones cargado;
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Será que la vida es un sueño y que el sueño es la vida; que lo soñado en la vigilia ha sido vivido; que aquella mujer desconocida ha sido tan mía como el presente amanecer: mujer de luz, mujer que nace con un nuevo día. Sólo en sueños la consigo: es ahí donde el amor ha nacido y, en apariencia, se ha desvanecido. Del sueño me traigo a la vigilia, a la página, lo vivido.
Vivir es soñar y, si la vida se acaba, es porque el sueño de la muerte comienza. Un poema: felicidad de saber que el mundo onírico, mi mundo, es un poema de versos olvidados. Es en mis sueños donde el infinito de las palabras confluye: se mezclan, se tocan y cuentan lo que no les he pedido. Esa vida de ensueño —la del otro lado— me ha dado una mujer bella e imprecisa: frenesí e ilusión en un beso.
Ha sido sólo ella y el poema lo que me he traído del viaje: único recuerdo del sueño al otro sueño que se llama vida.
Mujer imposible en la realidad, le he dado nombre, forma, una identidad. Esa mujer existe: está inspirada en la aparente realidad. El poema me dice que este es el sueño; que escribo dormido; que la vida se encuentra con ella, en su pecho, en sus manos, en su voz que me lee poesía.
La mujer creada a la medida de mi deseo, de nostalgias, del anhelo por lo que ya no es: yo, víctima del pasado y su luz de recuerdo que lo cubre y lo embellece. Se me irán más años por la ventana del tiempo, por el desagüe de la juventud, y recordaré el hoy —cuando me sentía cansado— como el momento más feliz de la vida: ahora que de verdad la vejez me ha vuelto lento, ahora que las arrugas en el rostro, la calvicie presente, el cuerpo derrotado, ya no serán imaginación.
El porvenir también se sueña: es un sueño del presente, como lo es el pasado que ahora sueño. Vida inconforme con el presente que se agota, que se diluye con los segundos, cuando se vive el mejor momento de nuestras vidas y ya sólo es pasado. Somos instantes infinitos: a eso se reduce el infinito de la vida, al eterno retorno de la memoria, a la tentativa por no olvidar, por repetirse cuando el presente —su instante— no nos deja nada.
Quiero volver a la mujer de mi deseo: al tierno roce de sus manos, a su respiración, a su corazón palpitante, a su vientre y su pecho. Llévame de vuelta, sueño efímero, al recuerdo exacto de aquel poema; de los versos con voz de mujer, con voz de tiempo.
Deseos: todos fugaces, todos se repiten. Puede que hoy los desdeñe, que me crea un asceta libre de ellos, pero mañana vuelven, implacables, para volverme más humano, esclavo de mis pasiones.
Contaré el paso de otro día donde no pasa nada: el gato inmóvil, mirando al infinito a través de la ventana, ocupado en la búsqueda de lo que allá fuera vive sin su intervención. ¿Cuánto más durará el espectáculo afuera? El gato también se aburre: necesita de la noche, del sueño, para reavivar viejas pasiones. Espectáculo de aves, libres de volar hacia donde el instinto las dirija; preso el gato en su mundo: un apartamento.
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