La enfermedad del tiempo

Itinerario en pausa: la vida afuera durante un día y la sensación de que se me han escapado horas esenciales para la creación. No se puede vivir así, con esta angustia como una enfermedad que consume poco a poco hasta matarnos. Pensar que el llamado puede llegar en cualquier momento, justo cuando uno no pueda responder a lo que se le dice. Escribir solo cuando la necesidad obligue, cuando se tenga tanto dentro que sea imposible seguir el curso amartillado de la vida sin antes haber dicho aquello que parecía predestinado.

Pensar la creación como una constante no permite vivir sosegado. No permite disfrutar la vida hasta que ésta se vuelve recuerdo, nostalgia irrecuperable. Es el castigo de no poder hacer una sola cosa a la vez: la necesidad de duplicar el tiempo, de dividirse, de volverse máquina. No se puede correr contra el tiempo. Se nos irá muchas veces y, como contradicción inevitable, desearemos recuperar el tiempo perdido para malgastarlo.

Siempre la contradicción: pensar que la vida dada a los otros es un desperdicio y no aquella que entregamos a la nada.

Ayer me molestó haber dedicado el día al camino, al dolor de los pies, a no poder continuar. Caminaba a pesar de la molestia constante a cada paso. Llegué a mi destino con los pies entumidos, poca energía y la tortura anticipada del regreso. No pude seguir: ampollas en los pies, dolor en las rodillas, tan joven y tan viejo. Eso me pasa por no caminar lo suficiente, por quedarme encerrado, tumbado en el sillón hasta que la obligación me obligue a levantarme.

Mientras avanzaba, con los zapatos cubiertos de barro, me enfadaba conmigo mismo. ¿Para qué vine? A mí solo me interesa ir de un punto A a un punto B porque se me ha dado cita, porque algo me obliga, no por el placer del paseo. Soy de los que se quedan en casa. La vida vista desde las ventanas me basta. No pido más que mis libros, la introspección casi permanente, el tiempo necesario para estar conmigo mismo.

Pero los otros reclaman mi presencia: escúchanos, existimos, danos algo, un poco de tu tiempo.

¿De dónde viene esta necesidad de estar solo? Necesidad traicionera, porque la soledad también se vuelve en mi contra. Me incita a la búsqueda del otro, aunque solo un poco: la convivencia necesaria para darme cuenta de que la soledad basta para habitarme, para llenar esta habitación en apariencia vacía.

Necesito esa ambivalencia: soledad y compañía. Buscar la justa medida sin caer en el desasosiego, sin entregarme a la ansiedad de haber perdido el tiempo propicio para la creación. Saber, entender de una vez por todas, que la creación puede tener horarios establecidos, que no tiene por qué estar siempre en peligro con la propia vida. Eso, o aceptar que la fantasía de desaparecer aparece cuando el conflicto parece irresoluble.

No pensar. Dejarme llevar. Hacer de mi vida la justa medida de las cosas. Apreciar el momento vano tanto como el momento febril, ese que nos eleva. Vivir como cuando éramos niños, sin esa enfermedad del tiempo. Vivir porque no se nos había enseñado otra cosa. Ir en busca de lo desconocido por mero gusto.

Pienso en el niño que fui, el que esperaba los regalos de su tío hasta que un día dejaron de llegar. El niño que ordenaba sus juguetes frente al comedor, en ese pequeño espacio con un espejo de fondo que su madre le había concedido para guardar los muchos juguetes que tenía. Ese niño que se resignó a perderlos. Su sobrino lo obligó a crecer, a dejar ir aquel orden, su vitrina maravillosa, la organización fútil que pudo darle a su infancia.

El niño no lo sabía, pero los juguetes iban a cambiar de forma. Libros, les llaman. Mientras más páginas tengan, mejor.

Ahora tiene una biblioteca repartida en dos ciudades: los libros del antes y los libros del después. Libros que le son caros y, a causa de ese deseo difícil de apaciguar, tantos que las horas de los días venideros no alcanzarán para leerlos. Llegan más libros, y él comete el error de leer un poco de cada uno, dándose como el amante que divide su corazón y su cariño.

El adulto debe aprender el arte sosegado del compromiso: la lectura atenta y recelosa de un libro a la vez. No dejar que se le cuele el olvido en la memoria, que las páginas se confundan, que las historias se mezclen, que todo lo leído se vuelva un paisaje abigarrado en el que ya no sea posible ver el atardecer.

Soñar despierto. Dedicar más tiempo a la ensoñación que al trabajo. Hacer de la obligación un tiempo para el viaje, para la salida de sí mismo.

No digo nada, pero no hay tiempo para lamentos. Esto no estaba pensado para la publicación. Salto de un tema a otro. No terminé de decir que había salido a caminar, que el sendero había sido tan doloroso como enlodado, que tuve la suerte de no resbalar y caer en el barro. Ahora resiento las piernas como maderos, como prótesis a las que no consigo adaptarme. Mi caminar es desacompasado y lento. Estoy mejor tumbado, pero el cuerpo me dice que no es así y, después de tres horas de paseo, me castiga.

¿Cuándo me acostumbré a la vida inmóvil?

El miedo a la muerte por accidente. Más seguro dentro que afuera. Impedir que el intenso vivir me termine matando. La muerte a la orden del día. Parece una broma: la muerte como sentencia casi fortuita.

Antes del mediodía, una señora de más de noventa años salió de su casa por alguna razón desconocida, sin imaginar lo que le ocurriría a pocos metros de trayecto. La pobre mujer, descuidada, cruzó la calle sin prever que un camión le robaría la vida. Cruzó a pocos metros del paso de cebra. El conductor ni siquiera se dio cuenta de que había arrollado a alguien.

Ella, superviviente de tantos años, fue asesinada por lo fortuito, por el tiempo asesino, por avanzar, por no quedarse quieta.


Descubre más desde Fragmentos d'un lector

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comparte tu lectura · Partagez votre lecture

Blog de WordPress.com.

Subir ↑