Un recuerdo difuso: mi madre sentada frente a su máquina de coser. ¿Qué hace el hijo de mi madre? Es todavía un niño, ajeno a los libros y seducido por la pantalla.
Una tarde lluviosa, relámpagos, calles anegadas, el golpeteo del granizo en las ventanas. Todavía no se va la luz, es lo que suele pasar cuando llueve con esa intensidad de apocalipsis, el temblor de la tierra sucesivo a cada rayo, «apaga la tele, hijo, que nos va a caer un rayo». Ese era el gran miedo durante los días de tormenta, apagar los aparatos eléctricos so pena de morir electrocutado o peor, que la tele tan necesaria se dañase y nos dejara con el insoportable silencio. Tampoco había que pasearse descalzo por la casa, deshacerse de todo objeto de metal, porque a los rayos les gusta el metal.
Llovía entonces, un susurro estertóreo invadía el silencio, la tele apagada, el olor a tierra mojada. Esa tempestad vista desde la impunidad de un techo de concreto, protegidos también por ventanas y cuatro paredes: qué bonito es ver llover y no mojarse.
Mamá dejaba entonces su máquina de coser, porque el pedal era de metal, la aguja de metal, la estructura de metal y solo los cajones de madera, y se dirigía apurada a la cocina pues había dejado una olla al fuego. Enseguida comenzaba a picar las verduras, cocer los tomates, o asarlos, para preparar la imprescindible salsa. En otra olla cocía a fuego lento los frijoles, a veces me pedía, cuando debía partir y yo me quedaba en casa, que dentro de una hora les pusiera la sal y otro tanto de agua.
La casa se llenaba del aroma de la hora de la comida y afuera seguía lloviendo, pero con una intensidad sosegada, ya no clamorosa como al principio, el viento ya no soplaba agresivo, y la calle era el río de Heráclito. Mamá pasaba de coser una prenda a cocer la comida, cosía y cocía, luego barría, trapeaba, lavaba y cansada se recostaba unos minutos, «un ratito» decía, pero ese ratito se alargaba como siempre y mamá se dejaba llevar por un sueño profundo, una no inmerecida siesta. Para entonces la lluvia ya era fina y podía encender la televisión, mamá dormía, pero antes me había dicho que la despertara dentro de no sé cuántos minutos, para que no se le quemara lo que había dejado en la estufa, a fuego medio.
Desde la distancia inmemorial de años imprecisos, vuelvo a un día cualquiera en mi vida pasada, el eterno retorno accesible desde la memoria de caprichosa evocación. Un día en la vida del hijo de mi madre, no consciente de que años y kilómetros de distancia después iba a rememorar, casi como otra vida, aquel día cualquiera, un rincón desempolvado y dado como ofrenda a la eternidad.
Es muy pronto en la vida del hombre, mi vida, para transformar la realidad real en realidad ficticia. El tratamiento de la materia prima me es aún tarea imposible. No logro escribir con la cantidad exacta de verdad y mentira, de lo objetivo y subjetivo, para lograr lo verosímil. Trabajo con la memoria pero no como reinvención sino mera evocación descarnada de los artificios de la ficción.
Doy cuenta del innegable amor que siento por mamá y papá al escribir sin reservas sobre los recuerdos que guardo como tesoros. Ellos son mi isla, mi lugar de fortuito naufragio, mi guarida contra la ausencia de ideas, mi infancia como patria única del escritor que me gustaría ser. Daré mis pasos inseguros, no dejaré de andar por el sendero de la escritura, máxima recompensa de mi vida leve. Fatigar las páginas que hagan falta con el fin de llegar a la ficción soñada, la novela inédita y no escrita de mi vida.
Trescientas palabras me separan de la libertad, del desayuno que me exige la mujer de mis noches y días. Se me interrumpe, su andar desocupado me revuelve los nervios, me exalta, acaba con mi paciencia y la abstracción logradas con la música de piano de fondo. Tengo horas de lectura previstas, no quiero que este día pase, como tantos, en vano.
He escrito, eso ya es ganancia, como solía decirme mi padre cuando iba a trabajar y vendía muy poco, «es mejor que nada, hijo, de nada me servía quedarme en casa». Tomar el ejemplo infalible de mi padre, levantarme temprano todos los días para ir a trabajar, el éxito no va desacompañado de la constancia. Pensar en él cuando mis ánimos decaigan, no en vano él sigue trabajando, fiel a su rutina de padre responsable, de genuino mérito.
He comenzado tarde, pero es mejor que nada, papá, es mejor que no haber comenzado. Lo hice sin previsiones, sin pensar en que la vida se acaba, en que acaso no serás, como mamá, testigo de mi porvenir como escritor. Me salvo así de la vergüenza de ser un fracaso, pero también de la alegría de los improbables laureles. Un día imprimir un libro con mi nombre en la portada, el apellido de ambos porque les debo tanto a los Zárate como a los Padilla. Quizás mañana no sea muy tarde.
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