Escrito el 2 de enero de 2022.
Pasado recóndito y dulce, el ayer de los años que nos precedieron, los familiares que nos legaron porvenir a partir de lo trivial y fortuito que resulta vivir. ¿A quién le debo este río clamoroso de ideas con tendencia al desborde? Alguien dio unos pasos en una ciudad sin nombre, cruzó la calle durante la madrugada brumosa, un hombre que no se llamaba me trazó el inevitable sendero, me heredó la nada. Borges creía con humildad —pero no libre del fervor del creyente— que acaso (y el «acaso» lo decía para evitar con gracia el debate) somos todos los hombres, los de ayer y los del porvenir, y que quien recita un verso de Shakespeare es Shakespeare y a la vez él mismo. Borges se sentía más que heredero, deudor de sus ancestros. Nadie le precedió, pero una multitud de familiares dotaban de sentido su inasible presente. No son raros los ecos de sus abuelos, sus padres y su hermana en su biblioteca personal. Dedica los libros, no sin el afán de la eternidad, a su abuelo, a su padre, a su hermana. No se considera digno de lo que escribe, nunca se sintió superior al lector, siempre fue el más fiel y abnegado siervo de la literatura. Él es una continuación, la conjugación de la fatal circunstancia. De su padre heredó la ceguera gradual, pero también el don de las letras. El hijo pudo cumplir el destino que el padre, en anteriores y más venturosos tiempos, se había propuesto. Entre el hierro y los libros eligió lo segundo, pero cómo hubiese querido otra vida y otra muerte. El padre de Borges soñó un hombre, lo hizo a su sensible semejanza, y Borges sabía que el sueño, como condena feliz, se había cumplido.
¿Qué he heredado yo, sin quererlo, de mi madre y de mi padre? De mi madre he tomado el andar distraído, el hablar inconexo, el discurso entreverado y la cabeza en los cielos. De ella también tengo el talento del malabarismo en la cocina, el orgullo por la comida bien hecha y la necesidad del beneplácito de quien la prueba. Me ha legado en ciertas dosis su cansancio, el desasosiego de las cinco de la tarde cuando se sentía harta del trabajo en el hogar y decía que se iba a ir muy lejos para ver si así apreciábamos todo lo que hacía por nosotros. Madre abnegada, inconsciente de la vida a la que había renunciado a cambio de una familia. El hijo de mi madre no lamenta no haber heredado el amor a la renuncia, dar todo por la familia, los hijos, desdeñar la propia vida. Heredó sin embargo el miedo a lo desconocido, a los lugares lejanos y a la extrañeza de sentirse perdido. Hubiese querido aprender de mi madre el don de ayudar a los demás, conmoverse por los menesterosos, pero eso no iba con el yo taimado que me legó papá. De mi padre tomé el rostro, el timbre de su voz y su forma de reír. Aprendí con imperfección su ímpetu por la rutina, levantarse siempre a la misma hora, cumplir con el trabajo porque si un día no se trabajaba no se comía. Papá quiso que la vida no me golpeara con la misma fuerza que a él, evitó a toda costa, en la medida de sus posibilidades, hasta donde llegase su ala protectora, que la desventura me acompañase en la vida. Sin que yo lo pidiese, porque de tal palo, tal astilla, me volví desdeñoso de la vida fuera. Papá me enseñó, con su sólo ejemplo, a apreciar la vida en interiores, aislarme lo que haga falta con el fin de no malgastar lo ganado, rehuir de la mirada y conversación ajenas, conformarse con lo poco. Papá tenía un solo día de descanso a la semana, y ese día salía de sí mismo a través de la pantalla, le gustaban las películas inspiradas en hechos reales, no de escenarios imposibles. Era una manera de vivir más allá de sí mismo, de no ser él. Desde niño supe que en casa el dinero no era abundante. Sabía que no habría vacaciones, pues era preferible quedarse en casa a entrever las dificultades de quien no tiene para comer. Los regalos en Navidad eran mínimos, nunca extravagantes, y siempre con miras a lo necesario: ropa interior, calcetines, zapatos. No había sorpresas, yo lo sabía, el dinero no alcanzaba para frivolidades. Por eso en el día a día de papá la renuncia era constante, y no menos presente estaba la resignación.
Más de lo mismo, el insistente retorno al lugar de la infancia, los ecos que resuenan todavía en mi presente, mi patria que se resiste al liberador abandono. Andar por el mismo sendero de lo perdido. No aceptar que nunca lo tuve, que la vida, yo mismo, me he traído de la mano hasta este lugar de ausente fulgor. Soy heredero de mis padres y de todos sus predecesores. Sin embargo, la historia familiar, por culpa de la incomunicación generacional, se detiene en mis abuelos, inextricables incluso para mis padres. No existen cuadernos perdidos donde mis abuelos se sincerasen, donde su inconsciente se tradujera en palabras, esa vida que no se contaba a simple vista. Yo soy el primero que escribe como un puente entre generaciones, el único cuyo pasado puede ser leído en confusos diarios con verdades o mentiras a medias. Y a pesar de que escribo, desconozco la historia familiar que me antecede, el número exacto de muertos entre los vivos en la memoria, la volición que dio paso a mi destino no escrito. Soy su legado sin historia, sin oportunidad de retrospectiva, sin material suficiente para saberme heredero justo de la eternidad. Me encuentro así en otras vidas. Me invento un pasado glorioso como las naciones, un ayer enmarcado por los actos valerosos, de ingente heroísmo. Creer la mentira como verdad de tener guías ancestrales, de poder confiarme a la esperanza de que mañana, sin la influencia de nadie, todo irá mejor. Hoy cae la noche, la unánime noche.
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