Como tal, yo no tengo una máquina de escribir sino una computadora —ordenador, le llaman de este lado— a la que le he tomado cariño. La primera. Teclas que se desgastan poco a poco; lento a veces, rápido cuando quiere, menos ruidoso que el golpeteo de una máquina de escribir. Épocas distintas. Y no por... Leer más →
El cuaderno y el rostro
He agotado las páginas de mi cuaderno. Mi diario se ha cerrado: ha llegado al final de sus días, no así los míos. Un cuaderno sin más páginas ofrece el sosiego de haber dejado testimonio de lo vivido o lo pensado, pero también ofrece el porvenir: ese gozoso volver a comenzar con un cuaderno cuyas páginas se presentan indemnes, como el mañana que no puedo calcular
La eterna compañía
Vacío hasta lo inusual, presa de los muros de mi pensamiento blanco, ausente de color. He perdido el flujo de las ideas; no logro atraparlas cuando vienen y no sé hacia qué eternidad se dirigen. No lo sabía. Acabo de descubrir que la mayor parte de mi escritura nace del impulso, de esa escritura automática... Leer más →
Una página más de ausente tragedia.
Escribo como afrenta contra la vida leve, insustancial, hecha de un pormenor ingente en su realización irreflexiva. Escribo y evado la lectura, la relectura, la reescritura. No termino nada. Comienzo siempre un nuevo texto que alimenta el sinfín de mi falta de disciplina, de mi incapacidad para los finales absolutos. Textos fragmentados: ya ni siquiera diarios, ahora semanales, cuando mis posibilidades rebeldes lo permiten
El que sueña escribe mejor que yo
El hombre pidió unas gafas más baratas. Dijo que no pensaba aprovecharlas del todo. La dependienta insistió: —Es por su salud visual. Entonces él se quitó las suyas. Y ella entendió. —¿Tiene un espejo? El ciego sonrió al verse
El halago del tiempo
No llegué a buen puerto. Olvidé, con alguna incomodidad, gran parte del río caudaloso de palabras de duermevela. Mi pensamiento se hundió en la oscura bruma, dediqué cada palabra al alto fracaso, traje al perro negro conmigo. Me siguió a cada paso, dobló junto conmigo en cada esquina, lo vi sediento y yo me miré moribundo en el reflejo de sus ojos. En vano fatigué el camino de mis palabras, le di una caricia —más por descuido que por cariño— al perro negro, y moribundo, agonizante, me dirigí hacia una luz difusa, muy a lo lejos, con la idea insensata de morir en el intento, de que esa luz fuese un fuego abrasante, de que aquel fulgor fuese mi castigo, mi ruina, mi fin.