Libros mis maestros

Como tal, yo no tengo una máquina de escribir sino una computadora —ordenador, le llaman de este lado— a la que le he tomado cariño. La primera. Teclas que se desgastan poco a poco; lento a veces, rápido cuando quiere, menos ruidoso que el golpeteo de una máquina de escribir. Épocas distintas. Y no por eso el ordenador desvirtúa el trabajo del escritor ni deja de insuflarle cierto romanticismo: un ordenador bien situado sobre la mesa, con una biblioteca de fondo, crea la atmósfera luminosa necesaria para sentirse el escritor del mañana.

No soy un escritor de novelas. No tengo la certeza, colgada en el avenir, de si algún día lo seré. Tampoco tengo a una esposa, hermana de la esposa de mi tío, presente y motivadora, incitándome a escribir, transcribiendo y releyendo lo escrito. En su lugar tengo una novia, compañera silenciosa, dueña de la habitación en donde dormimos, lo que me deja el salón, por mutuo acuerdo, como espacio para la creación, para la lectura, para vivir aislado y conectado mientras pasa el día hasta la hora de comer, cuando el tiempo vuelve a reunirnos.

Somos dos soledades que se acompañan. Tampoco tengo certeza de que lleguemos a volvernos inevitables en los años que vendrán a aquejarnos.

No soy un genio. Tampoco un intelectual. Aspiro a ello sin rozar siquiera el nivel de mis mentores. Soy una farsa, esta careta que me pongo cuando hablo, cuando trato con el mundo que todavía me repele. No obstante, tengo el ordenador, unas ideas más bien vagas, mi taza —una taza cualquiera— con los restos del café ya frío de la mañana. Ojalá tuviese café caliente a voluntad. Tengo una almohada sobre la que apoyo el libro cuando no el ordenador, y la cabeza si el sueño llega de repente y me invita a descansar, a la siesta del mediodía.

Tengo eso y tengo una imagen sacada del baúl profundo de la memoria.

Una playa sin arena, poco concurrida. Una familia de alemanes a pocos metros. Dos mujeres magrebíes cerca de ellos. La familia se divierte: los niños nadan despreocupados junto al padre, pero la madre observa a las dos mujeres. También yo las observo. Un ojo al gato y otro al garabato.

La mujer alemana acerca hacia sí un bolso grande.

No sé qué vimos exactamente en aquellas mujeres para desconfiar de ellas. Tal vez nada. Una mirada demasiado larga, un movimiento que interpretamos como vigilancia, la forma en que permanecían cerca de las pertenencias de la familia. Bastó eso para que empezáramos a escribirles una historia.

Decidimos que fingían ser turistas.

Yo también.

En mi cabeza ya eran ladronas.

Las imaginé estudiando los movimientos de los alemanes, esperando el instante preciso en que todos estuvieran dentro del agua. Las imaginé descubiertas, vigiladas por ambos flancos, obligadas a desistir. Entonces se quitaron las sandalias, mojaron los pies para tantear la temperatura y terminaron entrando al agua con casi toda la ropa encima.

Rieron. Hablaron entre ellas. Parecieron divertirse.

Quizá eran simplemente dos mujeres pasando la tarde en la playa.

Quizá yo ya había empezado a escribir.

No más imágenes, no más ficción.

Soy lector antes que todo, amante de los libros: leerlos antes que escribirlos. Tengo silencio. Ninguna mujer viene de improviso para que yo le diga: hola, pasa, estoy trabajando.

La mujer toma asiento frente a mí. No le presto atención. Cuando levanto la vista todavía está allí y, lo que es peor —ahora que trabajo—, está desnuda.

—Te vas a enfriar —le digo—. Vístete.

Sigo escribiendo. A los pocos minutos escucho el azotar de la puerta.

Me he quedado solo.

Escritor cadete. Disciplinado.

Estoy trabajando.

No trabajo. Soy desordenado. Tengo una recopilación de cuentos por corregir y la fecha del concurso se acerca. No tengo mente de académico. No sé dar orden a lo escrito, escribir ensayos, disertaciones, análisis, problemáticas. No es lo mío.

Quizá tampoco escribir lo sea.

Pero soy testarudo: el necio que toma el cuaderno o el ordenador y escribe. Escribe creyendo que algo, aunque sea muy poco, se salva; que tiene momentos de innegable lucidez. Escritor del avenir. Le hace falta únicamente un lector que lo comprenda y lo reconozca como tal.

Un premio que no se gana.

Cuentos, a mi consideración, malos, por debajo incluso de lo mediano.

Mejor vivir en el ostracismo, entonces. Renegar de las opiniones de los ilustrísimos miembros de la academia incompetente, de su risa —esa que se entiende sola—, de viejos y jóvenes acostumbrados al sí, al no y al porqué; hombres que leen fragmentos y no libros.

Eso digo cuando estoy enfadado.

Es fácil convertirse en el incomprendido. El único que tiene razón. El único que importa.

Mejor vivir con la duda, sin certezas, en el juego no evidente de la vida. Hace falta un escape: la mediación de la ficción, el regreso a las imágenes, a las historias de mis maestros, sus vidas convertidas en motivación y ejemplo.

No se me hará justicia porque quizá no tenga razón.

Contradicción rampante: hoy digo una cosa y mañana me arrepiento. La flama del odio me hace hervir la sangre y entonces reparto injurias gratuitas para todos. Yo, el incomprendido. Yo, el único que importa.

Yo y mis libros.

Ellos son mi casa, mi compañía, mi salvación; los que me sostienen, los que me impiden caer en ese vacío que a veces parece abrirse al borde de la cama.

Escritor lento, escritor del comienzo. No estoy listo. Leer más es mi preparación.

Lector incomprendido, escritor que no soy.

Aspiración banal. Se me toma por loco.

—Tú vas a ser escritor, ya verás —me decía un profesor cuando corregía mis exámenes.

Y se reía.

Quizá soy el genio incomprendido.

Quizá soy el imbécil arrogante.

Elegiré, mientras tanto, mi independencia, la voluntad libertadora; permaneceré ajeno a las ideas que no me convencen, fiel a mis recuerdos y a mis libros, que me quieren tanto como yo los quiero.

Libros mis maestros.

Libros mis amigos.

Nada me falta.


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