Vacío hasta lo inusual, presa de los muros de mi pensamiento blanco, ausente de color. He perdido el flujo de las ideas; no logro atraparlas cuando vienen y no sé hacia qué eternidad se dirigen. No lo sabía. Acabo de descubrir que la mayor parte de mi escritura nace del impulso, de esa escritura automática de la que da cuenta André Breton: conectar lo irracional con el empuje creativo, escribir sin reservas, sin el corrector mirando por encima del hombro cada palabra puesta sobre la página.
No siempre es así. No siempre se me otorga el silencio necesario para el correcto devaneo del alma. A veces hay mucha oscuridad o demasiada luz; mucho ruido o un silencio a medias. Estoy consciente de que algunos textos, automatismos de mil palabras, han nacido de esa forma; otros han sido casi como dictados, fruto de una idea anclada en la bahía tranquila de un recuerdo. He tenido momentos de levedad, escritura que aligera las cargas presentes, que me eleva más allá del cuarto piso de mi apartamento.
Sin embargo, hay días como hoy: vacíos, sin nada que contar porque la vida poco me ha dado. Me propongo ocultar aspectos de mi vida que no considero dignos de la página en blanco, desde mi caótica rutina hasta el tiempo que pasa en vano cuando trabajo. Sé que es un engaño, que no me da por observar lo que la realidad me ofrece, que no puedo transformarla en escritura.
Dos yos, uno con más razón que el otro.
¿Qué tendría que decir de mis días? La vida real poco interesa. Contaría, por ejemplo, mi ser rabioso al sentirse invadido, el sillón que ahora se comparte, el ruido que me atropella una idea, la medianía royéndome las entrañas. Nace así un yo molesto, impaciente, impulsivo, repulsivo. Se me toma el pelo, me interpela, se ríen de ti, eres la burla de una gran mayoría. Nace un ser oscuro, con deseos de venganza, de golpear a quien se me ponga enfrente. Todos se vuelven enemigos, culpables de mi locura, de mi ansiedad, de mi deseo de sembrar el caos.
Soy un yo de mil máscaras: reaccionario, intransigente, tan reflexivo como irreflexivo. No estoy dispuesto a seguir las normas. Estoy dispuesto a seguir mi propio camino, a transgredir las reglas para mejorar cualquier proceso.
Hoy se me decía que no debía hacer tal cosa, que esa no era la manera, que había que hacerlo así y asado —expresión de mi padre—, pero tal forma dificultaba el trabajo, lo volvía más cansado, más lento. No tiene sentido, me decía entre dientes, por qué complicarse la vida siguiendo las normas creadas por quien piensa que todos son de su condición, todos réplicas, meras máquinas de carne y hueso.
Al diablo con sus rutinas, sus métodos, todo abocado a cegarnos, a no ver las cosas de otra forma. No matarán mi yo creativo para reemplazarlo por un autómata, coetáneo de una máquina, el hombre como accesorio de la máquina.
Después se me interrumpió. Me sentí desfasado, sin el mismo ritmo, agotado con cada movimiento. Mi venganza fue la torpeza, el trabajo realizado sin ánimos. Defendí mi idea. Ella se dio cuenta de la terrible dificultad que entrañaba su método, basado en su propio orden interno; la práctica la llevó a entender mi punto. Las horas pasaron pronto, cinco horas sentidas como dos, pero con el cansancio de seis.
Libre hacia el final de la tarde, no tan trágico de pensamiento, recorrí en bicicleta el camino del trabajo a casa: el ruido, las luces múltiples de los autos, el frío en las manos, en la cara. En menos de quince minutos estaré en casa, el día libre, los libros, mi cuaderno sin interrupciones. El propósito en mente, el aislamiento, desconectarse mañana, libre y día libre.
A ver si mañana no me siento vacío al poblarme de libros, de páginas que mi memoria apenas retiene. Soy presa fácil del olvido. La noche me borra, me reinicia la memoria hasta que un evento no relacionado me devuelve el recuerdo de lo soñado o de lo leído.
Distraído.
Me he ido de la página.
Distracciones.
Todo me molesta, la página no se llena, página de desahogo, aquí te entrego mis penas, mis delirios, mis flores, mis lirios. Qué farsa tan molesta sentirse escritor sin haber escrito nada.
Ya es tarde. Molesta presencia a la derecha del padre. No se me deja solo. Me revienta el alma, los sesos, el color púrpura del amanecer tardío y solitario. Quiero estar solo, no esta compañía, no el rechazo, no el fuego incierto que no quema, no alumbra, no calienta.
Y yo tan lejos de las mil palabras, mi indecisión como única constante en mi vida, el bloqueo. ¿De dónde viene este bloqueo? ¿Cuál fue la fórmula para llegar al camino de la inventiva, mi creatividad afilada, en su punto? Qué decepción. Se me ha perdido la lozanía en alguna parte, olvidada a conciencia.
Distracción.
Distraído.
Dónde está esa senda, ese camino que se bifurca, la poca preocupación, la poca molestia de los días. Hoy no tengo nada, se me han negado las citas con el artista, conmigo mismo. La eterna compañía como eterno castigo.
¿Hasta cuándo?
Soy una decepción en todas sus formas, incapaz de hablar con la verdad, de ser lacónico. Cuánto odio hacia mí mismo y hacia lo que me rodea. ¿Cuándo me dejará solo? Necesidad de vivir a mi ritmo, despertar antes del amanecer, quedarme solo por unas horas, no tenerla aquí, no me hace falta ahora.
La idea de devolver al sillón su forma, que no sea una cama, que no se me invada, que no se me empuje, poco a poco, fuera de mi refugio. Este lugar es mío, no quisiera irme. Lo que sí quiero es llegar a las mil palabras, palabra de escritor, propuesta que a veces me daña porque qué fácil es no escribir, dejar pasar el día frente a una pantalla que no dice nada.
Llama a tu madre, antes de que sea tarde. No la dejes sola. Ella te ha llamado.
Hasta mañana.
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