El cuaderno y el rostro

He agotado las páginas de mi cuaderno. Mi diario se ha cerrado: ha llegado al final de sus días, no así los míos. Un cuaderno sin más páginas ofrece el sosiego de haber dejado testimonio de lo vivido o lo pensado, pero también ofrece el porvenir: ese gozoso volver a comenzar con un cuaderno cuyas páginas se presentan indemnes, como el mañana que no puedo calcular.

El siguiente cuaderno no ha llegado por falta de previsión; también por falta de dinero y de ganas de ir a buscarlo a una tienda. Me acostumbré a pedirlos a domicilio, a que llegaran justo antes de que el cuaderno presente tocara a su fin. Hoy no tengo cuaderno: tengo la virtualidad.

Siento un sosiego emparejado con la angustia, esa resignación alegre tan presente en lo que he escrito durante las últimas semanas. No tener un nuevo cuaderno en el cual escribir se parece a la libertad de un día libre, a un domingo por la mañana. Sin embargo, las horas se convierten en deshoras y la desdicha sobreviene, alterando el estado zen al que he llegado a fuerza de mentiras que reconfortan mediante el engaño.

Dentro de pocos días, la obligación me llevará de la mano hasta otro cuaderno y continuaré con la práctica de la escritura, lo único constante de los últimos años, además, claro está, de la cínica rutina.

Supongo que el desenlace de mi cuaderno, el haberlo agotado sin haber comenzado otro, me ofrece el consuelo que buscaba: pensar que puedo dar el proyecto por terminado y emprender la corrección de lo ya escrito. Pero me resisto a no escribir, a abandonar el camino del diario, a dejar de enfrentarme a la página en blanco.

Debo emparejar el oficio del escritor con el del corrector; actuar con desapego y convertirme en crítico de mi propio trabajo, sin asomos victimistas. Aceptar la dualidad, encontrar el equilibrio entre el trabajo creativo y el trabajo de corregir. Guardar al escritor mientras corrijo y guardar al corrector mientras escribo.

Debo superar la desoladora idea de que lo escrito se me ha ido de las manos y, en lugar de entregarme al lamento cotidiano, trabajar sin tregua. Estos años no han sido en vano: han sido y siguen siendo mis años de formación. No soy el mismo escritor de ayer. Mi aprendizaje no se ha interrumpido. Ninguna palabra escrita ha sido inútil.

Debo pasar, eso sí, con cierto desenfado, a la segunda parte de la escritura: la corrección y la edición de mis textos.

Nadie guarda tanto cariño a lo escrito como yo. Me engaño al imaginar que será otro quien imprima a mis textos el ímpetu que yo no tuve para darlos a la luz, para entregarlos al lector. El trabajo es la vida. La escritura, ese oficio inabarcable, solo encuentra su punto final con la muerte.

Acaso la sentencia, la inevitable muerte, sea también el punto final de lo escrito. Por miedo a una muerte repentina, al trabajo en vano, he legado ya mis archivos, la totalidad de mi escritura, a amigos cercanos que pondrán todo su empeño en que mis textos no pasen a mejor vida junto con su autor.

Por eso he dejado testimonio: confieso que he vivido.


Me ocurre lo de antaño: la apatía se apodera de mí. Sigo siendo indiferente a la ficción o, por el contrario, es la ficción la que permanece indiferente a mi escritura. No dejo de dar rodeos, de posponer ya no solamente la corrección, sino también el acto mismo de escribir.

Hoy he esperado, entre la vacilación y la insignificancia, hasta el último momento, justo antes de que mi rutina creativa —a la que intento aferrarme— fuera interrumpida por las obligaciones del día.

Me gustaría ser un desobligado, poseer el cinismo del incumplimiento, decir: no tengo ganas de ir a trabajar y, por lo tanto, he decidido quedarme en casa. Pero me es imposible esa indiferencia, esa despreocupación ante la posibilidad de faltar a mis obligaciones.

Me armo de valor, me pongo la máscara que oculta al misántropo que escribe y acepto el porvenir como el sentenciado a muerte que ya no teme al silencio absoluto. Esa es, otra vez, la alegre resignación.

O quizá sea la resignación del padre o de la madre que sienten nostalgia de su vida anterior, que desearían mandarlo todo al carajo, pero a quienes el brillo en la mirada del hijo —o la simple idea de no fallar como padres— devuelve a la senda y les concede el ánimo temporal de seguir adelante por el bien de la familia.


Me he enfadado con ella a raíz de la tergiversación que ha hecho de mí. Me ha molestado sobremanera la imagen que se ha formado a partir de lo que escribo. Asoma en mí la indignación, el deseo de no volver porque, como ella misma ha afirmado, lo nuestro yace en el terreno infértil de lo imposible.

Un día me declara un amor sin medida, hiperbólico, y al siguiente sobresalen la abnegación y el reproche: «Tú no me quieres como yo a ti», «seamos honestos», «no puedo creerte». Todo parece falso: una invención, una estratagema malsana para obtener de mí la aprobación esperada, la ovación de la mujer que te admira, que casi te idolatra.

Tuvo presente la fecha de mi cumpleaños y, sin embargo, no hizo asomo de sí aquel día que, aunque hasta la víspera me parecía irrelevante, adquirió un peso inesperado. Esperé su abrazo desde lejos, una señal fugaz de que le importaba, de que aquello que decía sentir, pese a todo, permanecía inalterable.

Volvió hace dos días con un dibujo que, según dijo, se suponía que era yo. Ese «se suponía» revelaba su falta de confianza: la sospecha de que su percepción, aunque no fuera incorrecta, pudiera encontrarse lejos de la mía.

El rostro que dibujó se parece a mí, sin duda. Me lo confirma mi reflejo en el espejo.

¿Por qué anticipar un posible error de percepción con un «supongamos»? ¿Por qué colocar de antemano una advertencia que invita al engaño y sirve para defenderse de cualquier equivocación?

Obstinado en el enojo impasible que arrastro desde hace tiempo, he optado, casi como si el silencio pudiera convertirse en una diatriba de indiferencia, por no responder. He decidido pensar que lejos estamos mejor; que, como ella se afana en afirmar, ni siquiera si la distancia dejara de ser un impedimento podríamos estar juntos.


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