Me vi en el reflejo del espejo de mi niñez: un video del niño que fui -o soy- hace más de veinte años. No tengo idea precisa de la fecha, pero ese es mi cálculo. Me veo perdido en una multitud que es mi familia Mi memoria no guarda ningún recuerdo de ese momento, las imágenes me llegan como algo no vivido, como un instante presente y olvidado. Veo la fragilidad de un niño, y no veo la diferencia con el adulto que soy ahora, a mis veinticinco años. Me aterra saber que no soy el mismo de esa imagen, como si hubiera sufrido una especie de metamorfosis tiempo-vida. Más de veinte años se han escurrido, y el niño de la imagen no tiene la mínima idea de lo que será de él en el futuro. No sabe que sobre él ahora escribo. Le escribo a mi “yo” presente. Me escribo a mi “yo” pasado. Me escribo… Estoy tan lejos de ese recuerdo. No tengo recuerdos, no soy yo, pero quizás ese solía ser yo mismo. Un niño sin miedo a la muerte, sin conciencia del tiempo y de los estragos que vienen con su aletargado y firme paso. Me veo grabado por una máquina del pasado. Fui eternizado en una imagen y no tengo recuerdos. Soy el niño que juega con sus tirantes rojos, confundido y asombrado por el incontenible vaivén de su familia. Ellos guardan el pasado que para mí no pasó nunca. Dónde estaba yo en esos momentos… tengo veinticinco años, vivo en otro país, estoy tan lejos del lugar del recuerdo que no tengo, libre del andar de la gente que se reproduce -junto conmigo- en esas imágenes que, para el niño de tirantes rojos y rostro confundido, nunca pasaron.
Ahora recuerdo.
Ahora recuerdas.
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