Uso práctico del tiempo. Estar aquí pero no estar, no ser. ¿Dónde estoy? Dentro de un vacío impenetrable, no veo, escucho la bruma, respiro un aire de vagas intenciones. El ejercicio estético del esteta, sin un fin práctico, no cómo se hace uso del tiempo sino el acto artístico de ausente propósito, por el mero placer —otra vez— estético. No estoy, no soy; y sin embargo me gustaría estar, ser, con o sin tiempo. Tiempo imprescindible. Del espacio se puede prescindir, se puede cerrar los ojos, abstraerse, sentir la oscuridad gris, amarilla, roja raras veces. Pero vivir entre las sombras, no moverse, no sentir el espacio que se habita, ya no ser representación de nadie, ni de mí mismo. No obstante, estoy presente en el rio de la eternidad, el tiempo me recorrer la sangre, late mi corazón al ritmo de lo que pienso; mis intestinos, caprichosos, se mueven a voluntad, respiro sin tener que pensarlo, vivo sin el impedimento del espacio. Luego el movimiento, mis ideas que no son estáticas, mi cuerpo tampoco, me muevo en esta pieza de muros delimitados. Mis dedos escriben, mis manos son le herramienta presente, el artefacto por el cual traduzco mi pensamiento. Mi voz tiene su propio método, mi voz no escribe, habla, no le son permitidas las largas pausas, tampoco las regresiones. Mi mano escribe, receptora de las ideas, sin un antes o un después se sincronizan. Se diría que mis manos piensan por sí solas, son autónomas y con una autonomía inopinada escriben lo que mi voz no podría decir o mi mente pensar sin la extensión de mis manos con vida propia. La palabra no se escapa, se plasma y se aboca a la vana esperanza de la eternidad. Palabras que de antemano están condenadas al cajón del olvido. Digresiones sin más fin que el sacrificio a conciencia del llamado tiempo útil. Ser la negación, practicar, ser el infame asesino del tiempo, rebelde, negándose a cualquier actividad ajena al hedonismo. Su concepción personal: malgastar el tiempo en el placer para luego recuperarlo.
El hijo de mi madre practicaba, desde muy corta edad, la egolatría como defensa del ser, el menosprecio a la otredad, una leve misantropía que le auspiciaba una fortuita soledad. No lo sabía, pero cada libro leído le otorgaba la experiencia lectora y no menos profunda que la de la vida real, de otras vidas. Comenzó siendo uno solo para multiplicarse, ser uno y ser distintos. Desde esa edad, en que la lectura se volvió su primicia de vida, ya nada humano, insustancial, le pareció digno de interés. Su hambre de saber era ingente e irrefrenable, y las clases, impartidas por medianos maestros, no le aprendían nada que fuese lacerante de placer, un hachazo que rompiera el hielo cotidiano de sus días. Para él, la universidad fueron los libros, atentos y silenciosos maestros, siempre disponibles, afables, accesibles cuando a él le pareciese. Por eso se ha abandonado a la vida en caída libre, ser siempre menos que las expectativas de terceros que reposan en él; no terminar nada porque se rehúsa a la culminación de la vida, la renuncia a esa juventud, su apariencia de joven viejo. ¿Qué le interesa? Nada y a la vez todo, depende de la premura de su espíritu por llegar a algún lugar o quedarse en la encrucijada. Vive, ahora en la edad adulta, en la encrucijada, la pasividad latente, la vida no ajena a la bohemia, con trabajos ajenos a la actividad literaria y sin previsión alguna por cambiar de rumbo. En la encrucijada se vive bien, con lo mínimo, pero no siempre lo necesario. Tiende a la vida del asceta, el hombre sedentario sin la idea de un viaje en el porvenir. La vida son los libros a la espera en su creciente biblioteca, el estímulo unánime de su vida en solitaria compañía. Siempre le preocupó no saber qué quería ser. De espíritu romántico, se dijo un día que su fin era la felicidad sin propósitos, ajena a lo práctico. Descubrió que el trabajo no lo hacía feliz, pero que con él se lograban alcanzar las mínimas alegrías. Le tomó el gusto a el oficio presente, pero a sabiendas que renunciaría fácil si se le propusiera un salario a cambio de nada, del delicioso ocio, su hábito de ver pasar la vida y decirse que ya será la hora de elegir una senda fija. Pero no ahora, no lo sabe, las sendas parecen infinitas. Quisiera que el tiempo pasase en dos partes, apaciguado, taciturno para él, y con incesante precipitación para los otros. No sabe cuál será el fin de su obra, sus escritos de escaso valor literario. Sabe bien, pero niega que todo depende de la forma, que lo escrito puede alcanzar un probable, efímero éxito si se le ordena, se le transforma en libro. Por eso la sensación no inexacta de que la obra es interminable, que sus diarios nunca estarán de verdad terminados. ¿Qué se necesita para ser feliz? El tiempo libre y su uso a voluntad. La falta de obligaciones más allá de las personales, y una soledad intermitente, necesaria, justa y no insurrecta sino maniática. La soledad del ciudadano y no la del ermitaño, el habitante único de la torre de marfil, una frontera invisible contra todo lo que amenace con intervenir entre él y su fin inconmutable. Difícil abstraerse, desasociarse del mundo y sus cosas, cuando lo ideal, en su no injusta medida, es el darse a los otros, no prescindir del favor ajeno, del amigo, de la familia que, aunque se le niegue, está presente sin condiciones. Salta de un tema a otro, incapaz de seguir la línea recta y artificial de un pensamiento cartesiano. Ufanarse en la indeseable tarea de ser, existir, intervenir en el mundo y sus cosas. Ser realidad y, de lo contrario, inventarse la propia, acudir al recuerdo en busca de la construcción del porvenir, ese lugar de reposo eterno, la ficción que ha invadido sin miramientos la realidad. Ser escritor, no desistir, obstinarse en no desaparecer.
19 de octubre 2021
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