Tantos días sin venir, dando vueltas alrededor del tiempo evitando el ordenador con cualquier excusa. Levantarse tarde para leer muy poco, treinta minutos de ejercicio para no sentir el peso de los años en la espalda baja, en el crujir de los huesos. Luego el desayuno tardío, el café que ya no sabe a lo mismo y el inveterado sentir de ausencia que vuelve los días cortos, instantáneos. Ya no recuerdo de dónde provenía aquella creatividad pretérita, se me ha escapado como idea, como el sueño subversivo de anoche que se ha fugado como el destello de los rayos de la tormenta de la madrugada. ¿Qué soñaba? ¿Qué sueño? Ya no me arrullo con frases bien hechas, escritas en el vaivén de mi pensamiento negro, palabras con destino al olvido. Ahora, al llegar a casa, los huesos molidos por el trabajo, me acuesto con la intención de ya no ser, confiando mi esperanza al mañana irreprochable, límpido. ¿Qué soñé? Recuerdo difuso, un auto, personas, entre ellas algún conocido. El sueño era de por sí delirante, me sobrepasaba, se desvaneció porque no me dio tiempo de contarlo. Me he resignado, lo he olvidado, es ya improbable que pueda traerlo de vuelta. Me queda el pensamiento presente, el no retroceso, olvidar el ayer que me hizo tanto mal por querer ser como el otro. A mí también me gustaría compartir la algarabía, comer y beber a voluntad, vivir entre puentes como estas gentes de apariencia tan sosegada. Incautos todos, llevando vidas que creen perfectas, un salario fijo que no es poco, un trabajo fijo, la indefinible sensación de pertenencia y el estatus que otorga el trabajar para una gran compañía. ¿También quiero eso? Una vida irreflexiva, alejada del arte, cercana a los números, la ropa cara, las reuniones de domingo y el auto familiar. Se les ve tan ufanos, con esa sensación de impunidad que otorga el dinero y la posición. ¿Qué puedo ser al lado de tan eminentes figuras? Me equivocaba en sentirme por debajo de aquellos taimados extraños. Yo no envidiaba sus vidas, yo acepto lo que me ha tocado, el vivir entre las sombras, la filosofía del cínico Diógenes y disfrutando de aquello que no cuesta, de la algarabía no pedida, de las pasiones al alcance de los profanos. Yo no quería estar de su lado, mirar con desprecio lo que no conocen, con el inminente asco de la gente rica hacia lo que no parece estar a la altura del lujo que pueden pagar, lo que no está hecho, a su gusto, para ellos. Por supuesto, había sus excepciones, gente con la amabilidad como máxima, las buenas maneras y la sonrisa innegable en el rostro. Eran ellos los bienvenidos, acaso los que ostentaban una mayor fortuna no a la vista, hartos de las apariencias. Yo no cambiaría nada de lo que ahora tengo: mis libros, mis textos inéditos, mis cuadernos protegidos por el polvo de todos los días que pasan guardados. No cambiaría esta desgracia, mínima por comparable a peores. No ostento grandes éxitos, mi estatus es el del ciudadano de a pie con un salario mínimo, una renta que pagar y la ausencia de bienes inmobiliarios. Soy decadencia, pero a salvo de una caída mayor gracias a la encrucijada en que me encuentro. Soy el ser pausado, sin paso trepidante que me provoque una fatal caída. Soy tributario de mis propios errores, casi cíclicos. Mañana tropezaré, trastabillare con conocidas piedras. No pasa nada, me digo, mañana todo puede ser mejor o, con el arma de la resignación: todo puede ser lo mismo. Si me diesen un boleto para cualquier lugar lo cambiaría por uno a la calle Dauphiné, frente al mismo parque, con la misma vista a lo lejos, la catedral, la falsa torre Eiffel, el barrio que desconozco por conocido. Lo cambio por el mismo gato y su insomnio a las cuatro de la mañana y su excesivo gusto por el plástico de los cables de electricidad. Me quedo con este apartamento viejo, con su parqué que cruje como mis huesos de joven viejo. No cambiaría estas ventanas sin cortinas, las parades por las cuales se cuela el frío en invierno, tampoco, por desagradable que me resulte, renunciaría a las pisadas rutinarias de los vecinos de arriba. Sé que mi sensación de envidia fue precipitada, que un odio fortuito se acumuló en mi vientre y que a poco estuve del infausto insulto hacia quienes no conozco. Me declaro humano, no ajeno a los más bajos sentimientos, falto de una tolerancia infalible, con descontinuos ánimos asesinos que transformo en una cruda indiferencia.
Sigo vivo, me digo sin el ánimo ya de ser otro. Me doy un respiro, me viene una alegría sucinta y pasajera al ver que la página en blanco ya no es el enemigo. Soy escritor, pienso, escritor cuando escribo, sin necesidad de lectores inmediatos, mis textos que no son textos. Me contento con lo escaso, mi vida de pocos años, mis contadas virtudes y mi prolífera medianía. Soy incertidumbre, incólume ausencia, lo reiterativo. Me he negado a avanzar, afincado en una edad que ya no tengo. Soy ese niño que a los tres años decide no crecer, vivir por siempre en esa edad mágica en compañía del tambor que le ha regalado su madre. Soy el niño del tambor, cuento mi historia a golpecitos, ¿me escuchan? No he dicho nada, pero parece que he mencionado algo no carente de importancia. Sigo el insensato camino del silencio, escritor de la nada, explorador del abismo. Tengo el talento no confesado de la reflexión durante la duermevela, la escritura consensuada en el infinito folio de la conciencia abocada el olvido. Lo mejor que he escrito reside ahí, en el abismal infierno al que me dejo llevar de la mano de mi personal Virgilio. Ahí, con la mirada onírica, la obscuridad resplandece, los sueños toman su forma natural de irracional. Mi memoria se compone de cantidades ingentes de desmemorias, de aquellos restos que ya no soy pero que surgen cuando se me pide hablar de mi mismo, de mi arte que ya no es.
26 de septiembre 2021
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