Leonardo Padura admite, pese a que en Cuba se voz en la esfera pública es ignorada o desapercibida a causa de la censura o del interés, la desfachatez y el egoísmo presentes del poder en turno, que él no podría ser escritor en ninguna otra parte. Su fama internacional le abre la residencia para instalarse en cualquier país, vivir de una forma distinta, pero él no concibe la idea de estar lejos de la tierra que lo vio nacer. Su literatura, dice sin reparos, no existiría sin Cuba, sin esa isla emblemática que ha ambientado la mayor parte de su obra. Él no se ve escribiendo en otra parte, su casa es la musa de sus historias, la que le narra al oído las andanzas y sinsabores de Mario Conde.
Me pesa decir que me pasa lo contrario, que yo no podría ser escritor en la casa o en el país maternos, que allá nunca se hubiese manifestado el deseo y el tiempo para escribir. Allá, en casa, no se podía estar solo.
Empecé a tomarme la escritura en serio cuando meses fuera, aislado del ruido, del vaivén de familiares, de los problemas intrínsecos del día a día, comencé a mirar mi pasado desde la lejanía del tiempo y del espacio. En esta nueva tierra, donde nadie me conocía, podía forjarme por fin una identidad, un porvenir no determinado por mi pasado en las antípodas, por la rutina exasperante a la que vivía encadenado. Allá no tenía la libertad que aquí se me dio en exceso; tampoco el silencio y la calma tantas veces anhelados. Aquí se me dio la independencia, una manera objetiva y nítida de repasar mi pasado. Aquí me volví otro y, desde entonces, me cuesta reconocer a aquel que creía que era yo, ese joven tan apesadumbrado por los días que no le alcanzaban, absorbido sin ningún tipo de absolución a la vigilancia, a las voces que le ordenaba qué hacer o no hacer. Allá tan solo tenía una mínima cantidad de tiempo acordada para la lectura, aquellas noches libres pero invadidas con el ruido de la tele que yo trataba de obviar haciendo sonar estridentes las palabras de los libros. Si escribía lo hacía muy poco, tan solo por las noches, antes de dormir, cuando el ajetreado día me concedía una tregua y la mente me guiaba hacia una idea solemne, una frase recobrada de un lugar y tiempo desconocidos y que me empecinaba en escribir en las notas de mi teléfono. Esas frases palpitaban en mi memoria justo antes de que me acechara el sueño, listas para que yo las convirtiese en papel y tinta. Cuando llegaba la mañana, y las obligaciones del día ya habían dejado todo atrás, guardaba todo en algún cajón viejo de la memoria. El entorno no se daba para que yo fuese escritor, no se me dejaba tiempo libre para la contemplación, para la reflexión fortuita de todo lo que me rodeaba. Yo no era testigo de nada, era parte del todo, una pieza más movida por una mano ajena e invisible. Solo la partida me pudo otorgar una mirada más crítica, más profunda, más aveza en el devaneo de los recuerdos. Lejos me convertí en otro, un prestidigitador de la palabra, de la memoria antes ausente. Pude conectarme con aquellos días, pero pagando el precio inconmensurable que se cobra la distancia: el de ya no reconocer mi pasado en mis hermanos y mis hermanas, tampoco en los amigos de antaño ni en los lugares que creía esenciales en la construcción de mi identidad. Olvidé asimismo muchos de los libros que conforman mi biblioteca hasta asombrarme, cada año o cada dos, de los tesoros que descubro cuando regreso a casa, cuando desempolvo y reordeno la biblioteca que construí con tanto ímpetu para un porvenir sin certezas, para que aquellos libros fueran un mapa de mi vida, de mis ideas y de mi carácter.
Retomando a Padura, yo soy un escritor más bien gracias a la distancia, a todo lo que me separa del lugar que me vio nacer. Amo más a mi país cuando me encuentro lejos, cuando me propongo a recordarlo con la dosis necesaria de nostalgia que lo embellece. Lo mismo que con los viajes, a los que no sé apreciar en el instante pero que se vuelven fascinantes cuando los veo a través de los lentes del recuerdo. Solo aquí pude ver más de cerca a mi familia, a los personajes que componían mi entorno, el mínimo pedazo de barrio que para mí era una gran ciudad, la nunca fui capaz de descubrir. Allá nunca hubiera escrito sobre aquel hombre sin nombre, aquel aguerrido y casi ancestral vendedor de tejuinos, presente desde los albores de mi infancia. Cuando salía de la escuela primaria ahí estaba él presente, como lugar de venta obligado, una parada más en su itinerario por todo el barrio. ¡Tejuinonieve! Se le escuchaba sonoro, con un tono de voz casi musical, como el de un instrumento inconfundible. Él se quedó en mi memoria como eterno ejemplo de la constancia, del amor que se le toma a un oficio por amor a la familia, por sacarla adelante o por herencia, porque así nos tocó vivir y le tomamos placer. Lo vi por última vez hace tres años, su voz, la misma que no se me escapa de la memoria. Le compré con gusto un viaje al pasado a través de las papilas gustativas, el mismo sabor de la infancia, de la adolescencia y de la vida adulta. Le pagué de más por la admiración que le tenía, por su alegría imperecedera, fruto de años de fermentación del carácter como la masa con la que se prepara la histórica bebida. Desde aquella vez no sé más nada de él. Desde muy lejos y a la vez muy cerca, le deseo buena fortuna y salud, esto último requisito importante, me dijo él, para seguir adelante hasta que Dios quiera.
Me gustaría ser más Padura y menos yo mismo, pero a mí los recuerdos se me aclaran cuando los veo de muy lejos. Amo mi país pero il faut laisser seuls ceux qu’on aime.
Diciembre 2020
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