Me falta orden, una disciplina que no tengo, las frescas horas de la mañana malgastadas en dormir más de lo necesario. Un yo que se acuesta con la convicción férrea de levantarse antes del amanecer y otro yo que se apodera de mí, necio a quedarse entre las sábanas, a dormitar un poco más porque me siento muy cansado después de lo poco que hago durante el día. Para escribir se necesita estar en forma, de bienestar físico y emocional, de disfrutar la vida a pesar de sus altibajos. No quejarse y comprometerse con lo que se quiere ser. Esa disciplina escurridiza, con su llegada intempestiva al final del día y su huida fugaz al alba, donde el desgano y el desasosiego trabajan juntos para destruir sin piedad toda motivación. Me falta ejercicio, y no lo hago por falta de disciplina, de mi nulo empeño a caminar cinco minutos hacia el gimnasio para darle un comienzo activo a la jornada. Pero duermo, me contento con un largo e innecesario descanso, un ensayo, un simulacro mortuorio, llamando a los sueños para que me den una idea sobre qué escribir. No consigo mucho, no siempre, las más de las veces una atención todavía más dispersa que se entretiene en los más superfluo, inútil, fútil, nimio. Me levanto desorientado, me dirijo hacia la cocina por un vaso de agua, bebo rápidamente del agua fría, busco algo rápido para comer en el refrigerador y regreso a mi sillón de lectura. Hoy leí tan poco como lo que escribí. También hoy me dejé llevar por cualquier mínima distracción. De un lado a otro del apartamento, y cuando no, me sumía en un sueño que ni la bebida energizante pudo evitar. Si ahora vengo es porque el día se ha refrescado, la temperatura ya no se asemeja al infierno, al fulgor de una condena lenta, que derrite, que adormece, que mata de a poco. Las ráfagas de viento y los relámpagos tan cercanos han sido más salvajes que la lluvia, apenas una garúa mínima y discontinua. El cielo se despeja prometiendo el atardecer, el sol que puede aparecer de repente para luego ocultarse en el ocaso. El día que se acaba sin mucho provecho, el tiempo disperso por la falta de disciplina.
Más tarde es el regreso al final del día, la motivación escurridiza, repentina que llega minutos antes de dirigirme a la cama. Hoy se puede borrar, mañana será un mejor día, mañana será distinto, comenzaré más temprano, tendré más energía, las ideas vendrán más certeras, al blanco, astutas y constantes. Sin embargo me engaño, construyo castillos deshabitados en el aire, nada es cierto, todo carece de certitud, mañana será lo mismo: no leeré todo lo que me he propuesto, no escribiré ninguna historia, no pasaré mis diarios en limpio y tampoco daré orden a mi biblioteca. Tampoco conseguiré despertar el amor en la mujer que persigo desde hace meses, me daré por vencido en mis diarios, derrotado por el desánimo y los escuetos resultados de mis tentativas amorosas. Y llegará otro día donde su natural coquetería avivará el fuego de mi esperanza, y volveré a soñarla, a escribirla, a inventarla y a darle vida en todo lo que escriba. Me volverá a ilusionar, me volveré un niño engañado por el deseos, por los roces inciertos. Todas esas miradas que creeré que me dicen algo que sus palabras ocultan y que en realidad no dicen nada, que son meros cuentos de mi imaginación desfasada. La veré muchos más días hasta que la indiferencia que me he prometido ejercer tenga efecto. La dejaré en los límites del deseo, la tendré presente para las noches de desaforada imaginación. Guardaré su rostro y su voz para idealizarla, consiente de que es la mujer que escribo y no la que anda y vive en la realidad de la que estoy enamorado. Dejarlo pasar, así como Caina ya no fue, ya no se llama, y tan solo queda lo que me he guardado en el papel y en la memoria.
Continuaré mi vida leve, mi vida nacida de la ficción, de lo que creo a pies juntillas, consiente de que lo que no puedo cambiar viene a proteger mi santuario personal, el silencio que dan los libros y la promesa que guardan en sus páginas de una vida de alegrías inminentes. La felicidad vendrá por cuenta propia. Un año de escritura me dará la imagen real de mi esperanza, tendré el placer de sopesar un año de pasado escrito, me volveré un lector asiduo de un yo pasado que se repite sin tregua hasta la eternidad. Parte de mi conciencia, de lo irrecuperable está en esos cuatro cuadernos, tesoro invaluable, una vida por escrito. Dejaré de arrepentirme por no tener más años en mis cuadernos, pruebas de que he vivido estos veintiocho años. De la mayor parte de mi vida apenas tengo la memoria, que ha guardado y borrado episodios de mi vida a su antojo. La memoria y sus caprichos, pertinaz, no sé con qué reglas se rige.
Sí, el final de mis mil palabras llega con el sol de un atardecer que no se dejó vencer por la tempestad. No hubo tormenta, el presupuesto nos ha alcanzado para ser testigos de otro atardecer que se negó ocultarse detrás de un cielo nublado. La luz que ha vencido a la penumbra. Contrastes en un día extremo caluroso. Yo salgo triunfante, el día no se ha desperdiciado, el frescor vino a revitalizar mis deseos de escritura. Sigo vivo, consiente de que no he cumplido lo que he fraguado en el terreno de los sueños, de la inventiva. Palabras más y palabras menos. Hoy, además de ser lector, he podido ser escritor. Nadie puede arrebatarme este triunfo, esto formará parte de la infinita corrección de mi vida, de la retrospección, de un pasado que por escribirse se vuelve olvido. De esto no me voy a acordar en una semana, esto pasará como la lluvia, como el atardecer, como la música de piano de fondo. Guardo aquí lo que mi memoria se dispone a borrar.
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