Ya no tengo el talento de la inventiva, soy un desposeído, un malogrado de las musas. Se me otorgó —en míseras cantidades— una fórmula ínfima de voluntad mezclada con deseo, con el ánimo necesario para marcar una verdad antaño escondida en la página blanca. Se me ha agotado, ya no queda ni una gota, ni siquiera su aroma arraigado en el pequeño frasco. Ahora pienso que fue un invento, un engaño fraguado por el olvido y la memoria. Se me fue dado, sí, pero no para que se quedase conmigo, para que pudiese beber de él todos los días. No, se me dio como instante, como droga sublime y efímera. Ya no la tengo, pero alguna vez la tuve. Ahora vengo a escribir despojado de todo deseo, ausente en mis propósitos, limitado en mi anhelo por escribir alguna historia que se cuente sola. Qué alegría la de hace unos días donde poco me costaba el tecleo incipiente de cada palabra, formando frases largas, lógicas y de bella prosa. Y ahora me veo a mí mismo mediocre, con la desfachatez de venir a proferir alaridos como palabras, sin el gusto o el aroma de lo poético, apenas un denuncia de mi incapacidad para ir más lejos de las mil palabras todos los días que tiene una existencia tan breve como la mía.
Por mi natural lentitud he legado la nada —y todos mis escritos— a una persona más, una lista de dos mujeres en las que deseo depositar una parte de mí mismo, palabras que no se borran, que no se ausentan, que no se mueren con el tiempo a condición de que alguien las lea. No es que haya dejado de soñar en una vida larga y libre de enfermedades. Todavía deseo que me alcancen las salud y los años para completar lo escrito, para corregir lo que haga falta y llevarlos al último destino de la publicación. No me imagino la vida corrigiendo manuscritos, así que mejor aceptar al pie de la letra el consejo de Borges y publicar para librarme del maniqueo destino del escritor inédito. No me explico con certeza el porqué del abandono de un yo entregado a la creación. Tengo dos posibles culpables: la soledad continua o los recientes encuentros sociales. No obstante dudo de que la soledad influya en el posible bloqueo creativo, más bien culpo a las reuniones, al ingente tumulto de voces, al indolente talento de las gentes a dejarse llevar por una conversación mínima y vacía.
Pero quizás una cosa lleva a la otra. Puede ser que mi encierro prologado provoque la ausencia de afinidad con la gente que antes me era cara, con la que creía disfrutar el inclemente paso del tiempo. Así que durante las horas juntos me vuelvo el anfitrión molesto que habla de libros sin que a nadie en la sala le interese lo que digo, les leo textos como tentativa inútil para llamar su atención. Después me sumo en el silencio, en una idea desesperada que dejé a medias durante el mediodía y que desarrollo como paliativo contra mi soledad rodeada de amigos. Vuelvo después, dolor de cabeza que me impide el disfrute, el compartir con el prójimo el tiempo como dadiva de aprecio, porque no hay mejor forma de mostrar a los amigos que se les quiere que con el tiempo que se comparte con ellos. A los amigos se le quiere tanto que se les da tiempo de vida, tiempo que egoístas podríamos darnos a nosotros mismos pero que preferimos gastarlo en ellos, en el lazo que nos une a otras vidas y a otras realidades. Yo por eso quizás les leo, les hablo un poco, lo que se pueda, de literatura, de nuevas lecturas y nuevos escritores. Les hablo y les leo con la seguridad de no ser o ser muy poco escuchado, qué más da, si esto es una parte de mí y no puedo compartirla con nadie más. Son ellos los depositarios de mis manías, de mis bloqueos y de mi afición —muy seria— por las letras.
Son pocos mis amigos, trato de no perderlos, de no forzar la entrada en algún tema. Debo aprender a cultivar el arte de las conversaciones vacías, de los temas que no provoquen ningún conflicto y que lleven a un estado mancebo de ánimo, pláticas para relajarse, para hablar de los otros, un poco de cotilleo, de anécdotas de la vida leve. Quizás luego haya tiempo para una conversación culta y no forzada, para los temas más serios una vez lo ánimos de todos en sintonía. Regalar libros además de tiempo a los amigos a los que se les quiere con el alma, invitarlos a través de las páginas a un mundo desconocido, singular y no por eso menos bello. Acercarlos a una mirada hacia ellos mismos a través de los personajes hechos de palabras, más sublimes e inolvidables que los de carne y hueso.
Ya no leeré a los amigos que no me lo pidan, dejaré que sea su curiosidad la que aclame algún consejo o algún comentario respecto al oficio que yo he elegido como forma de vida. Dejar de lamentarme por haber traído el tema de la literatura como un intruso en la conversación, que al fin y al cabo mis amigos conocen de mis manías, de mi necesidad de abrirme, de mostrar lo que con tanta soledad y cuidado he cultivado. Les doy un poco de mi entusiasmo por los libros, por la creación, sin dejarlos —y de esto sí me arrepiento— hablar sobre ellos mismos, sobre sus gustos, sus miedos o sus pasiones. Debo aprender a dejar el lugar al otro, a no querer acaparar la atención de los presentes, a no ser un niño que necesita de atención porque le falta mucho aprecio propio. Saber que en las mentes de los amigos se esconde un universo muy distinto pero que podría coincidir de alguna singular manera con el mío, de lo contrario no compartiríamos la mesa y la conversación sobre los tópicos habituales.
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