Una casa y muchos libros

Una casa y muchos libros, con su natural santuario de lectura: una mesa, una silla cómoda para las horas frente a la máquina de escribir; un gato, como si fuese uno de los libros que ha decidido salirse del librero para andar silencioso por la casa; una bella mujer que comparta la pasión por la soledad y por el silencio, acostumbrada a la abstracción natural del hombre que la ama con la memoria y el corazón.

¿Dónde se consigue esto? Naturalmente, el dinero te compra la casa y los libros, quizás también el tiempo para leerlos, pero no te compra la creatividad ni el ingenio para escribirlos. El gato viene incluido con la lógica composición de una gran biblioteca. De ahí en más, nada compra el silencio ni la bella mujer que te enamora.

Acabo de ser merecedor de un diploma, una licenciatura otorgada por la Universidad de Lyon 2. Tengo un título universitario que no sirve de mucho, para casi nada: para colgarlo en la pared o para dejarlo guardado en un cajón. El título no me da lo mismo que me dan los libros: el infinito placer de las palabras.

A mí lo que me hace falta es el examen y la corrección rigurosos de mis escritos. Clasificar cada documento, ver qué puede ser publicado en un libro, un compendio coherente entre diarios e ideas al vuelo. Me propongo comenzar el mes que viene: pasar en limpio cada página de mis diarios escritos durante un año. Hacer que esa reescritura se vuelva una tradición, el aniversario del día en que me tomé la escritura en serio.

Así podré dedicar cada día a la obligada lectura, la escritura y reescritura de mi diario y de estas mil palabras. Ver si por fin puedo hacer algo de ficción, si puedo inventar a partir de la propia vida; hacer del presente, esa substancia de la que está hecho el pasado, también la materia prima de mi incierto avenir como escritor.

Por ahora no tengo nada, apenas una leve esperanza que no acaba de nacer. Me digo que la vida me dará la sorpresa, que el camino por fin se me mostrará claro y ya no tendré que vivir en la encrucijada. Por ahora vivo una vida lenta, con pausas leves y momentos incipientes de aceleración instantánea y efímera.

No fui aquel hombre, yo que he sido tantos —sí, esta es una línea de Borges— y no pude ser aquel que de amor llenara la vida de F. Tan solo se me permitió una mañana y una noche de preguntas que no terminamos de responder. Yo fui el entrevistador de una mujer tan encantadora como tímida. Veía en sus tatuajes la historia de una vida indecisa, zigzagueante, como la que me hubiese gustado vivir.

Ya estoy muy viejo para una vida de ese tipo. Sin darme cuenta, estoy hecho a casi imagen y semejanza de mi padre y de mi madre: un ser tranquilo y diminuto, que a veces tiene sueños de grandeza y que luego abandona porque no podrán cumplirse. Me digo progresista, pero soy muy en el fondo un conservador que ha sabido hacer concesiones. Me es difícil cambiar mi punto de vista, pero he sabido aceptar los cambios que me impone la modernidad. Y los acepto con gusto; es solo que no habrían podido tener cabida en mí si la circunstancia no me lo hubiese aconsejado.

Soy un viejo en un cuerpo joven, un adulto en apariencia pero un adolescente en el interior. Maduración tardía.

Distracciones varias me alejan de mi objetivo: el de venir y dejar mil palabras para la posteridad. Dejar guardado este día de rara lluvia en un día soleado y caluroso que tan solo al final de la tarde viene a refrescar esta ciudad tan seca. La veré, escucharé su voz tan presente en la distancia del pasado.

Una historia en común que nunca se escribió, que dejé como un ralo esbozo en un libro que le regalé: aquel del hombre que se enamora de una mujer que ya no es, y que para encontrarla hace falta no ser como ella. Amar como la voluntad de renuncia, de todo lo que no se nos ha podido conceder.

Qué más da esta tarde más fresca que no pueda encontrarse en la página de un buen libro. Así el escritor se convierte por capricho en todos los hombres que no pudo ser, para volar en espacios cerrados, para visualizar el infinito en la imposibilidad de conseguirlo.

Palabras que cansan.

Ya estaba perdiendo el buen ánimo y la condición intelectual para llegar a este punto. A poco más de novecientas palabras, deseando que esto termine, porque tengo en espera las páginas de mi diario, que no sé si dejarlas para antes o después de esta noche.

Se me concede una noche casi a solas, con el calor de los amigos que comparten distintos sueños y que hacemos un trabajo que no nos complace en absoluto. Trabajar para seguir llevando esta medianera vida.

Mi frágil memoria apenas guarda unas cuantas citas y ningún solo poema. Me digo que me daré al placer de aprender lo que me ha sido prohibido por mi incapacidad con el compromiso.

De ahora en adelante, tan solo los libros tendrán cabida: la poesía no me abandonará ni un solo instante, y si tengo que entretener mi mente en algo para distraerla, que sea en unos versos en lugar de ocupaciones más mundanas.

Veré si mi memoria se inventa ficciones, si empieza a crear en lugar de solo componer, con sus propias ideas y recuerdos, una canción que suena a plagio, a embuste lastimero del hombre que no ha sido capaz de inventar nada.

Comenzaré a robarme la vida de los otros para construir un castillo de invenciones. Vivir la vida de los otros como si me fuese propia, a base de la renuncia, del amor a la creación y al arte, mi noción de burla y mi incipiente venganza.

Diciembre 2020

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