Leyó libros. Agotó páginas.

No sabes lo que es el sufrimiento, me dice el vano viento. El fulgor de un torpe amanecer, el terreno baldío donde construí mi hogar y el hijo que no tengo —y que no deja sus huellas en la húmeda arena— me han revelado mi porvenir de incertidumbre.
Oh, mi no-destino, mi innegable no-ser, el olvidado cruce de fronteras, el nunca navegar del mar, siempre lejos, protegido de toda muerte bravía. Seré recordado por todo lo que no hice.
Hombre de muy pocas palabras —ninguna de ellas ha poblado el mundo y sus cosas—, hombre de inconmensurables nostalgias, de arrepentimientos nocturnos, de amaneceres cansados y días de sentido difuso. Fue alguien, luego ya no fue. Se mezcló con la tierra. El barro de su cuerpo se volvió polvo, fue acaso el viento del Sahara que pinta de amarillo el cielo de una ciudad francesa.
Fue el fuego no encendido, el resplandor que ciega, la noche ausente de estrellas y de luna; fue el aire tibio que suena en las hojas de un árbol que oculta una catedral entre su follaje.
Fue pura voluntad, un impulso sin consumar, de vanos inicios.
Y al caer la noche, su rostro que no mira, su perfil de piedra, inamovible, sus ojos vivos.

Cuando nos anonada la desdicha, cuando caricias fantasmales recorren el cuerpo que tuvimos, quedamos desolados por lo que ya no es. La indiferencia: escudo, única forma de deslindarnos del fracaso.
Un día sin tu rostro. La idea mortuoria.
Mañana regresa, se dijo durante la duermevela, sin poder escribir los sueños.
De la otra vida no se trajo nada. Fue noqueado por el cansancio.
Si pudieses verlo: inmóvil, sin salir de casa, harto a veces de los libros, acosado por las infinitas páginas no leídas, hablando con voces incesantes sobre los amores inasibles.
Mañana todo cambia. Mañana soleado y despejado de melancolía.
Saldrá de casa, de su prisión voluntaria —salón de paredes acolchonadas—, renunciará a unas horas de locura.
Si pudieses ver su desasosiego, la náusea, el hartazgo… cómo se hunde en el abismo que él mismo ha cavado.
Su casa de cementerio: los muertos hablan, son libros vivos. Él les infunde la vida que se les niega cerrados.
No es menor su desesperanza. Los latidos de preocupación.
Su corazón es un reloj alojado en el pecho: tic-tac, pum, pum, pum. Inalterable.
Corazón a tiempo, a tu perenne ausencia.
Eso: la ausencia. La refinada falta. El no-estar con encanto. La soledad compartida.
Tú, cuando él cierra los ojos.
La condena de tu rostro, tu soslayado desprecio: no existes, ni siquiera fuiste.
Eres nada, y yo legaré la nada a nadie.

Pude haber sido un mártir, pero se me dio mejor el papel de victimario, de verdugo, de ejecutante.
Cada quien encuentra su verdugo. Su amor con promesa de eternidad.
Amores verdugos: alfa y omega.
El radiante amanecer y el crepúsculo como condena.

Vacío. Profundo y vano vacío que nada tiene que decir.
Golpeado hasta el olvido durante el sueño, el hombre se levanta con el cerebro seco, con la única y leve noción de que es él, y la certeza de haber olvidado algo importante.
Leyó libros. Agotó páginas.
Dictó palabras que no eran suyas.
Fue todos los hombres. Fue ninguno.
Todo es engaño. Representación.
Lo único que persiste es la biblioteca. Los impasibles libros.
El lector que ya no fui. Los libros que no leí, o que dejé de leer.
Mi vana contemplación de los lomos infinitos que ya no me dicen nada.

Libros y más libros. Todo lo vivido lo he leído.
Y de la vida, como tal, he obtenido lo esencial para mi propósito: el tiempo y el espacio.

Pienso en las cosas que pudieron ser y no fueron.
Pude haber sido el hombre en cuyos brazos desfallecía el amor de Diana.
Pude haber sido otro: un músico decadente, un profesor atribulado.
Pude ser diplomático. Agotar países. Ser pagado por enaltecer la patria: el país que me sería cada vez más extranjero, el país de la madre. País materno.

Fui fracaso. Fue lo que más estuvo a la altura de mis esperanzas: fracasar muy alto, saltar al abismo sin miedo, el vértigo como deseo de dejarse caer.

Estoy cayendo. El tiempo que tenga que tomar.
No servir para nada.
Escribir para unos cuantos lectores distraídos. Textos que nadie entiende. Textos que yo ya había olvidado.

Fui otro. Acaso más feliz. O menos melancólico. Pero siempre huidizo.
Un niño buscando soledad en una azotea, un lugar para hablar solo.
No se me dieron los libros, pero desde el inicio se me dio la nada.
Los pocos juguetes.
La imaginación propicia y a la altura de mi situación.
Determinado a querer, desear ciertas cosas y no poder tenerlas.

Querer tener lo que no tengo.
La reparación del daño.
Purgar los pecados de mis padres.
Abocar mis fuerzas y mis años a completar la biblioteca que no hubo.
Allí donde el niño pudo haber pasado las largas horas.

Un adulto inconcluso. De miedos múltiples.
En busca de la infancia perdida, del tiempo perdido, de la conformación del ser siempre incompleto.

Qué vana necesidad. Qué innecesario empeño.
Agotar la página para tener algo.
¿Por qué no empecé antes?
Siempre el «antes» de mis esperanzas.
Decir: si hubiese empezado antes, todo sería distinto.

Uno no escoge a sus padres. Tampoco a sus hermanos.
Soy la orgullosa oveja negra. La existencia desafiante.
Cada día más ajeno.
¿Por qué no puedes ser más como nosotros, tus hermanos?
No saben que tengo el rostro de mi padre, el habla distraída de mi madre y la ingenuidad de ambos.

Porque me educaron para ser niño y no adulto.
Me convertí en la negación imposible.
En la búsqueda de identidad, para encontrarme siempre —sin remedio— con ellos en mis maneras.

Soy el niño entusiasmado con el juguete nuevo, y enseguida arrepentido, porque el vacío persiste.
Lo nuevo no ha llenado lo que no puede ser llenado.
La voluntad que pide lo inalcanzable.

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