2021
Regresaré tarde, tarde y cansado, si acaso tengo la suerte de regresar. Cada ida y vuelta al lugar de trabajo es una afrenta a la vida, el riesgo inminente de morir por accidente. Salir y, una vez de regreso, sentirse afortunado por haber sorteado la desgracia; porque quien se va tiene siempre la probabilidad de no volver.
Así que, ante los infortunios que la vida puede depararme, escribo ahora, al mediodía, para tener algo, para no echar el día al olvido, para no desperdiciarlo. Quedará al menos algo escrito: prueba de que algún día he vivido. Esta es mi forma de luchar contra el tiempo y el olvido que lo acompaña. Si escribo, quedará una huella de mi conciencia, de mis pensamientos, de mis palabras.
Esta es mi forma de luchar contra el tiempo y el inherente olvido que lo acompaña.
Ya he heredado mis escritos. D. los recibirá al cabo de un año de inactividad en mi cuenta de correo. Ella los tendrá para leerlos y conservarlos o para echarlos al olvido, como mi cuerpo: el cadáver que ya no soy yo, la piel que un día habité y que ahora quedará reducida a huesos bajo tierra. Debería escoger a otra persona. Tengo a más de una en mente. Pero me digo que no moriré pronto, que a mí la muerte no me anda buscando. Está lejos. Mi saber precavido evitará la tragedia. No puedo dejar de vivir, no puedo andar con miedo por las calles. Tengo la libertad, y más vale morir libre que aprisionado por el miedo a una muerte anticipada.
Siempre antes de tiempo, como si llegara justo en el momento en que somos más felices. Quiero ser feliz, un ser alegre sin la muerte de por medio, sin que me mire desde el umbral de la puerta y me invite a irme con ella.
Así escribí un cuento hace mucho: el de un hombre moribundo, un remedo de Artemio Cruz, que ve a la muerte y habla con ella. Le dice que está listo, que la esperaba incluso antes de la llegada del dolor, antes de contar los minutos que le quedaban antes del último aliento. Un hombre sin miedo, que durante años se dedicó a negarla, a vilipendiarla y evitarla, pero que ahora ahí estaba, como amiga, como acompañante hasta donde sea que llevase el camino. La muerte como última guía por calles desconocidas, hasta el destino final, el lugar de donde venimos, donde todo es silencio y oscuridad, donde el yo se esfuma porque ya no tiene nadie en quien reflejarse.
El círculo que se repite, el eterno retorno, el olvido total de quienes fuimos para ser otros. Ya no somos: ya somos el olvido que seremos. Ser olvido y no ser memoria, el recuerdo que se borra porque ya no hay luz. Tierras y penumbras donde se han enterrado todos nuestros recuerdos. Almas que se repiten, que se reciclan en otros cuerpos, ser siempre los mismos.
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