Entonces me pasa que yo también quiero darme a la bebida, a las novelas policiacas, a la vida crapulosa, de errante que niega la parte de la realidad que no le interesa y se aboca en cuerpo y en alma a las mentiras de los libros, los suyos y de los demás. Quiero ser el escritor rumiante de otra época, no de la mía, tampoco la decimonónica. Ser escritor a mi manera en el siglo XX se me antoja más fácil, más accesible, como escribir el Quijote es más sencillo en la época de Cervantes, si la memoria no me falla al recordar a Pierre Menard.
Escribir bien
A partir de una idea o una frase me dedicaba a hilvanar una oración tras otra, un recuerdo lacerante o gozoso, todos con un mínimo asomo de arrepentimiento. Había textos con temas recurrentes: la vida, la muerte, el suicidio, el amor, el fracaso, la nada. Venía tantas veces vacío, hastiado del mundo y sus cosas que todo me daba nausea. Han sido contadas las veces que me resultaba sencilla la tarea de escribir, en las que nacía un cuento de mil palabras, otras la continuación del final de una novela que me dejó inconforme
Lo falible
Regreso a casa con el harto deseo del olvido, dejar pasar el día, mis previsiones puestas en un sueño reparador y un despertar con las fuerzas renovadas para dirigirme a los libros, la primera taza de café en mano. La mañana viene con la fruición del buen vivir, de saberse un hombre de provecho, con el tiempo contado o a cuentagotas para leer un cuento o dos, o el capítulo de una novela o un ensayo, comer del maná de los libros, el gozo indefinido de leer: el placer del texto
Ayer vacío
Escribir es fácil. No es cuestión de hacer realizable una labor titánica: no lo es. Resultan innecesarias las buenas condiciones, las voces inexistentes de las musas, la inspiración repentina. Hace falta solo el deseo, querer, llevarlo a cabo como lo más natural, siempre apegado a la rutina. Descreer, desconfiar de la idealización del acto de escribir como un cuadro inamovible: la máquina de escribir, el cigarrillo que se consume en el cenicero, la copa con una cantidad sabia de vino y una habitación sombría, sí, pero lo mínimo iluminada. El escritor maldito en su buhardilla, presa de su soledad creativa, sin distracciones al alcance de la mano o de la mente.
Amarillo
Hay una leve tristeza con la intención de volverse profunda, de alojarse muy dentro del corazón y hacerlo latir a contratiempo. El día es amarillo porque me ha traicionado, porque no he despertado a buena hora, y no supe cómo comenzar de buena forma. Me he traicionado, no hay más culpable que yo mismo. Me siento desamparado como si alguna vez hubiese gozado del acojo de un tercero. Esto no iba a plasmarse en la página en blanco, esto no tenía razón de ser, sin embargo ha nacido como respuesta al desasosiego, a la desazón que me carcome el alma, el buen ánimo que creía perdurar a lo largo del día.
Otra afrenta
No obstante, lo asaltarán otras ideas, llegarán a brincos, conejos de tiempo y de espacio empecinados en quitarle el libro de las manos para darle otro, o para que tome su cuaderno y escriba, o para que no haga nada, para que se deja llevar por lo que le muestra el espejo negro, dejar que pase el tiempo, que se le escurra de las manos hacia la eternidad. Hará muy poco, nada de lo que se propuso, infamia contra la vida misma, contra sí mismo. Escuchará las voces del más allá que le dirán que deje de hacerse el imbécil, que deje de jugar a la inmortalidad, que si no sabe vivir pueden intercambiar de lugares, de este lado puedes hacer lo mismo, entregarse a la eternidad insípida y no al instante glorioso y efímero de la vida
Un malentendido
Escribo para sentirme parte de un gran círculo de amigos invisibles. Sin embargo no ocultaré que también escribo por vanidad, como venganza no infalible contra las ofensas de la vida, para que se me quiera más, para que se me lea, para invadir otras mentes, para quedarme, para enamorar a la mujer deseada
El cazador
Lúgubre existencia la de este hombre apesadumbrado por el pasado que no puede cambiar y por el hombre que no pudo ser. Hombre sin atributos al que se le va la vida como el espectáculo silencioso del mundo a través de una ventana
De lo que no se escribe
Vana es la búsqueda fuera, todo está dentro del escritor, el abismo vertiginoso, la gloria incandescente, la medianía resistente y disparatada. Es adentro donde la búsqueda debe tener lugar, perderse por estrechos laberintos, el espejo de recuerdos y lejanías, de amores y desencuentros. Todo está entreverado en el lento sentir del escritor, en su memoria maldita y azarosa, presa del deseo de guardarlo todo. Se trabaja con la inimaginable piedra de la memoria, con el cincel de tiempo, las manos dolorosas y la vista cansada. El oficio del escritor tiene como propósito la traducción abigarrada del alfabeto que compone una realidad difusa, no dada, intercambiable. Se tiene el regalo de la memoria, pero esta es egoísta cuando pretende guardarse en olvido los momentos más felices
Dejar de lado
Ser el autor decadente, sin complejos, el escritor obstinado con su labor de escritura diaria, el más disciplinado de los inconsecuentes, de los desordenados. Mezclar mi irresponsabilidad con la más férrea de las disciplinas, llevar a cabo el proyecto de escritura que corre el riesgo de empolvarse en el cajón de la indecisión