Reconocerse en las sombras · Se reconnaître dans les ombres

«Creo, no obstante, que nunca alcanzamos la edad de nuestros padres.»

«Je crois pourtant que nous n’atteignons jamais l’âge de nos parents.»

Texto escrito el 19 de octubre de 2025 · Texte écrit le 19 octobre 2025

Español — Version française ci-dessous

Lo que no reconozco son las sombras de mí mismo, esos yoes anteriores y ajenos. ¿Qué ha sido de las partes completas de lo que me ha compuesto y, por lo tanto, soy yo? Ayer fui el que escribía con premura, sin dejar pasar un día, mil palabras de lo mucho o de lo poco. Me sentía escritor mientras la página se llenaba de palabras y yo, a su vez, me colmaba de una alegría lejana. Hubo un yo que bebía cada noche. No había mañana sin resaca, sin esa niebla mental, preso de una terca fatiga. El que bebía se prometía dejarlo al día siguiente, mientras vomitaba el exceso en la taza del baño, con arcadas que le dolían en el pecho y en la conciencia. Mientras me vaciaba sentía morirme. Pensaba entonces en mi padre, lo pronto que fue atacado por la muerte, cómo su cuerpo se consumía, se extenuaba. ¿Quiero morir de la misma forma? Llegan los años de las advertencias luminosas, el recuento de los años malgastados, de ese tiempo que se ha ido inexorable. Sin embargo, al día siguiente, otro yo, el acostumbrado al instante luminoso del primer trago, se entregaba a la bebida porque decía que se lo merecía, que tanto esfuerzo no podía pasar desapercibido sin su merecido festejo, el brindis por haber llegado al final del día. Entonces entraba en ese círculo del vicio. Volvía a caer y, aunque el que tomaba se regocijaba, el que llegaba a casa, mareado, se lamentaba de haber cedido, de haber renunciado a su voluntad mañanera de no beber ni una gota más. Abandonaba el respeto a sí mismo, a su vida y a la lección última que su padre, sin palabras, le dio cuando con cables por todo el cuerpo y intubado y conectado a una máquina se despedía de la esperanza de una mejora. Papá me habló entonces en silencio, de la única forma en que puede decirse lo que de verdad importa. Se volvió una imagen fija en mi cabeza, un cuadro pintado de muerte y de prolepsis. Me anunciaba que yo pasaría por igual o semejante momento, que mi muerte, como la de él y la de todos, ya estaba inscrita en el libro de la vida, desde que di el primer llanto luego del primer respiro en el reino de este mundo.

No repitas mis errores, hijo, no dejes que te embargue la tristeza ni la abulia que vive en nuestra historia familiar. Vive con prudencia y con humildad. No guardes odio en tu corazón. Cree en Dios, hijo, necesitas algo a lo que aferrarte, una luz al final de este camino de sombras y oscuridad que es la vida, un punto de equilibrio para no caer. Ama a tu familia, no te olvides de tu madre, no la dejes sola y nunca dejes que el desdén te aleje de tus hermanos.

Esa es la voz de mi padre que habla a través de mí, palabras que me vienen de un lugar lejano, de esa memoria que se guardó en los recaudos de mi conciencia. He tenido mucho ruido y no había vuelto a escucharle. Mi padre todavía me habla, aún su recuerdo se expande en mi memoria sentimental. ¿Por qué lo había ignorado? Por negligencia, por la ocupación constante en los menesteres de la vida breve y huidiza. No me había detenido en la calma, en ese silencio que habla con los muertos, de ultratumba y que los hace vivir. Acaso sea verdad esa idea de Borges: somos todos los hombres, los pasados, los presentes y los del porvenir. No resulta ilógico que yo sea mi padre cuando lo recuerdo, cuando paso en limpio las palabras que me llegan desde el más allá, donde él todavía vive.

Ahí sigue, en esa foto donde él me lleva en brazos y señala a la cámara para que yo atienda con la mirada. ¿Quién tomó esa foto? Papá debía de tener unos treinta y siete años; yo, apenas uno. Podría no haber llegado a este lugar, a esta página que no sabía que iba a existir porque la vida es muy frágil. Yo pude haber muerto entonces, por accidente, pero la vida se ha extendido hasta hoy, a mis 33 años. Tres años más para alcanzar la edad que tenía papá cuando yo nací. Creo, no obstante, que nunca alcanzamos la edad de nuestros padres. Papá será siempre mayor, con el talante invencible, tal y como lo ve ese niño de un año que fui, quien no tiene miedo, quien se confía a los brazos protectores de su padre joven, sin saber que este morirá dentro de 29 años en una cama de hospital, sin poder decir una palabra, pero con la enseñanza silenciosa de lo que ha sido toda una vida, una existencia que no ha sido en vano.

Papá me dejó la vida que le faltó, los años que no se le dieron. Me guio en el camino hacia la prudencia, hacia la contención de la furia que no pocas veces me hierve dentro, a punto de explotar. Me enseñó humildad. También aprendí de él a no apurar el tiempo, a no correr riesgos innecesarios, a dejar pasar lo que me molesta. Papá sabía de la vida, había acumulado la experiencia de los años, había en él un aura de sabiduría no siempre comprendida por sus más cercanos. Los demás sí lo veían, sabían de su bondad detrás de su rostro severo. Papá sonreía al extraño, incitaba a la conversación con sus clientes, daba palabras de aliento o de esperanza. Papá era querido por extraños, por gente que pasaba puntual para ir al trabajo o para regresar a casa. Esa parte del mundo murió con papá, todos los rostros conocidos, las horas a las que sonaban las campanas, mismas que él hacía sonar los últimos años de su vida sin saber que iban a ser los últimos.

No me reconozco porque he estado lejos. He ignorado las palabras que lo dicen todo, que me dicen esto. He de volver renovado, con la fuerza del ayer, en donde todavía viven mi padre y sus esperanzas en mí.


Version française

Se reconnaître dans les ombres

Ce que je ne reconnais pas, ce sont les ombres de moi-même, ces moi d’autrefois devenus étrangers. Que sont devenues ces parts entières de ce qui m’a constitué et qui, par conséquent, est moi ? Hier, j’étais celui qui écrivait dans l’urgence, sans laisser passer un jour, mille mots sur tant de choses ou si peu. Je me sentais écrivain tandis que la page se remplissait de mots et que je m’emplissais, à mon tour, d’une joie lointaine. Il y a eu un moi qui buvait chaque soir. Pas un matin sans gueule de bois, sans ce brouillard mental, prisonnier d’une fatigue obstinée. Celui qui buvait se promettait d’arrêter le lendemain, tandis qu’il vomissait le trop-plein dans la cuvette des toilettes, avec des haut-le-cœur qui lui faisaient mal à la poitrine et à la conscience. Tandis que je me vidais, je me sentais mourir. Je pensais alors à mon père, à la mort qui l’avait frappé si tôt, à son corps qui se consumait, s’épuisait. Est-ce que je veux mourir de la même façon ? Viennent les années des avertissements lumineux, le décompte des années gaspillées, de ce temps qui s’en est allé, inexorable. Pourtant, le lendemain, un autre moi, celui qui s’était habitué à l’instant lumineux de la première gorgée, s’abandonnait à la boisson parce qu’il disait l’avoir mérité, que tant d’efforts ne pouvaient passer inaperçus sans la fête qui leur était due, le toast pour être arrivé au bout du jour. Alors il entrait dans ce cercle du vice. Je retombais et, bien que celui qui buvait s’en réjouît, celui qui rentrait chez lui, étourdi, se lamentait d’avoir cédé, d’avoir renoncé à sa volonté du matin de ne plus boire une seule goutte. Il renonçait au respect de lui-même, de sa vie et de l’ultime leçon que son père lui avait donnée sans paroles lorsque, le corps couvert de câbles, intubé et relié à une machine, il faisait ses adieux à l’espoir d’une amélioration. Papa m’a alors parlé en silence, de la seule façon dont on peut dire ce qui compte vraiment. Il est devenu une image fixe dans ma tête, un tableau peint de mort et de prolepse. Il m’annonçait que je passerais par un moment identique ou semblable, que ma mort, comme la sienne et celle de tous, était déjà inscrite dans le livre de la vie depuis mon premier cri après mon premier souffle dans le royaume de ce monde.

Ne répète pas mes erreurs, mon fils, ne laisse pas t’envahir la tristesse ni l’aboulie qui habite notre histoire familiale. Vis avec prudence et humilité. Ne garde pas de haine dans ton cœur. Crois en Dieu, mon fils, tu as besoin de quelque chose à quoi t’accrocher, d’une lumière au bout de ce chemin d’ombres et d’obscurité qu’est la vie, d’un point d’équilibre pour ne pas tomber. Aime ta famille, n’oublie pas ta mère, ne la laisse pas seule et ne laisse jamais le dédain t’éloigner de tes frères et sœurs.

C’est la voix de mon père qui parle à travers moi, des mots qui me viennent d’un lieu lointain, de cette mémoire mise à l’abri dans ma conscience. Il y a eu tant de bruit dans ma vie que je ne l’avais plus écouté. Mon père me parle encore, son souvenir s’étend encore dans ma mémoire sentimentale. Pourquoi l’avais-je ignoré ? Par négligence, parce que les occupations de cette vie brève et fuyante m’absorbaient sans cesse. Je ne m’étais pas arrêté dans le calme, dans ce silence qui parle avec les morts, d’outre-tombe, et qui les fait vivre. Peut-être cette idée de Borges est-elle vraie : nous sommes tous les hommes, ceux du passé, ceux du présent et ceux à venir. Il n’est pas illogique que je sois mon père quand je me souviens de lui, quand je mets au propre les mots qui me parviennent de l’au-delà, où il vit encore.

Il est toujours là, sur cette photo où il me tient dans ses bras et montre l’appareil pour que je le regarde. Qui a pris cette photo ? Papa devait avoir environ trente-sept ans ; moi, à peine un an. J’aurais pu ne jamais arriver jusqu’ici, jusqu’à cette page dont je ne savais pas qu’elle existerait, car la vie est très fragile. J’aurais pu mourir alors, par accident, mais la vie s’est prolongée jusqu’à aujourd’hui, jusqu’à mes trente-trois ans. Encore trois ans pour atteindre l’âge qu’avait papa à ma naissance. Je crois pourtant que nous n’atteignons jamais l’âge de nos parents. Papa sera toujours plus âgé, avec son allure invincible, tel que le voit cet enfant d’un an que j’ai été, qui n’a pas peur, qui s’abandonne aux bras protecteurs de son jeune père, sans savoir que celui-ci mourra vingt-neuf ans plus tard dans un lit d’hôpital, sans pouvoir dire un mot, mais avec l’enseignement silencieux de toute une vie, d’une existence qui n’aura pas été vaine.

Papa m’a laissé la vie qui lui a manqué, les années qui ne lui ont pas été accordées. Il m’a guidé sur le chemin de la prudence, pour contenir cette fureur qui, si souvent, bouillonne en moi, près d’exploser. Il m’a appris l’humilité. J’ai aussi appris de lui à ne pas presser le temps, à ne pas prendre de risques inutiles, à laisser passer ce qui me contrarie. Papa connaissait la vie, il avait accumulé l’expérience des années, il y avait en lui une aura de sagesse que ses proches ne comprenaient pas toujours. Les autres, eux, la voyaient, ils connaissaient sa bonté derrière son visage sévère. Papa souriait à l’inconnu, engageait la conversation avec ses clients, donnait des paroles d’encouragement ou d’espoir. Papa était aimé d’inconnus, de gens qui passaient à heure fixe pour aller travailler ou rentrer chez eux. Cette part du monde est morte avec papa, tous les visages connus, les heures auxquelles sonnaient les cloches, ces mêmes cloches qu’il faisait sonner dans les dernières années de sa vie, sans savoir qu’elles seraient les dernières.

Je ne me reconnais pas parce que j’ai été loin. J’ai ignoré les mots qui disent tout, qui me disent cela. Il me faut revenir renouvelé, avec la force d’hier, où vivent encore mon père et ses espoirs pour moi.

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Pasado recóndito y dulce · Passé enfoui et doux


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