La música que escribe

A veces escribir o leer en absoluto silencio no es la norma. La idea de que el ruido interrumpe nuestras reflexiones internas puede ser cierta hasta cierto punto, pero hay sonidos que no interrumpen: abren. La música clásica de fondo, mientras escribo aislado en mi habitación, me transporta al mejor de los conciertos, a un teatro donde la acústica es perfecta y el ambiente, como si tuviera vida propia, se embriaga con el ritmo más dulce que los instrumentos pueden producir.

El caos y la calma, la agonía y la felicidad, el silencio y el ruido van y vienen: cantan y bailan juntos.

La música nos transporta igual que puede hacerlo un ruido, una luz o incluso un aroma. Cuántas veces la luz de un día, o el olor que deja el viento al pasar, me ha devuelto un recuerdo o una persona. La música tiene ese mismo efecto en mí: me conduce a un pasado donde ya estaba presente, donde formaba parte de mi vida como una musa discreta. No logro describir del todo lo que produce. Solo sé que, de pronto, mi habitación deja de ser mi habitación. Los instrumentos cambian el entorno. La pared se abre. La mesa desaparece. Estoy sentado en una sala de concierto y, al mismo tiempo, sigo aquí, frente a una hoja que hace unos minutos estaba en blanco.

¿De qué manera llega la inspiración? ¿Cómo aparece la idea que nos empuja a contar una historia? Todo artista tiene una rutina; y si no la tiene, al menos inventa un ritual. Mi manera de escribir todavía no está definida por una rutina precisa. Sé que necesito mi ordenador —las máquinas de escribir no sobrevivieron a mi tiempo—, una silla cómoda y un entorno solitario. Creo que no podría escribir en un lugar lleno de gente, salvo que mi imaginación necesitara robar un personaje de la realidad o que un lugar exigiera ser descrito desde dentro.

Por ahora tengo mi habitación, la música —solo por hoy— y los libros que me rodean y que, de alguna manera, también guardo dentro de mí. En resumidas cuentas, tengo ficción para recrear ficción. Ficción para recrear mi vida. No siempre tengo mucho de lo real para crear ficción, pero quizá tampoco haga falta. Ya lo había dejado escrito alguna vez: las palabras tienen ritmo, así como la música de fondo, y el tipo de música puede influir en mí y en mis ideas.

Estas palabras no son dictadas por una musa. Vaya, ni siquiera parecen dictadas por mí. Es la música de fondo la que escribe. Mis manos se han vuelto notas sobre la partitura de esta hoja blanca. Yo me he vuelto instrumento e interpreto aquí otra de mis conocidas melodías.

Estoy a nada —no literalmente, porque de estarlo no estaría escribiéndolo— de terminar El proceso, de Kafka. Estoy a unas cuantas páginas de no saber por qué crimen fue condenado K., de no encontrar una explicación para ese proceso que duró meses y que se sostiene sobre la pregunta fundamental de la novela. K. no es el único sometido a un proceso. Otros también atraviesan algo parecido, y todos, absolutamente todos, se consideran inocentes.

La novela suele ser confusa, como la situación que vive el protagonista. No hay un sentido lógico claro, como tampoco lo hay en muchos de los personajes con los que se ve obligado a interactuar. La pregunta es inevitable: ¿en realidad nada tiene sentido o todo lo tiene? El proceso no avanza; se llena de trámites, de pasillos, de oficinas, de esperas, de respuestas imprecisas. El tribunal y sus jueces parecen burlarse de la situación a medida que pasa el tiempo, desprovistos del más mínimo sentido común. La novela exaspera al lector tanto como exaspera al protagonista.

Pero si hacemos la comparación, nuestro sistema —no solo el de justicia— también está lleno de esas contradicciones: trámites que nunca terminan, respuestas que nunca son claras, instituciones que parecen existir solo cuando ellas quieren existir. El tribunal está ahí cuando K. decide ir, y deja de estar cuando tendría que estar.

Mientras leía, tuve una idea sobre el proceso y la condena. ¿Y si el proceso al que todos estamos sometidos fuera la muerte? Estamos condenados desde que nacemos y nunca se nos explica por qué. Solo tenemos la mortalidad de por medio. El condenado es el recién nacido y también el viejo de cien años. Los condenados somos todos. Y seguimos un proceso que llamamos vida.

Maintenant, je veux t’écrire dans une langue qui n’est pas la tienne. Je deviens une autre personne lorsque je pense et parle dans une langue qui ne m’appartient pas, mais que j’essaie pourtant de faire mienne. Cela me fait sourire : comment pourrais-je m’approprier une langue qui n’a jamais été à moi ? Je suis né au Mexique et, par destin, ma langue maternelle est l’espagnol ; et même cette langue ne m’appartient pas totalement. Pourtant, il y a quelque chose d’évident : les mots arrivent plus facilement en espagnol, parce que c’est logique…

Dejemos de lado la lengua que no es mía y quizá nunca lo será del todo. Tal vez el problema sea otro: siempre queremos apropiarnos de algo. Cosas, personas, ideas, lenguas. Creemos que algo o alguien nos pertenece porque no tenemos suficiente con nosotros mismos. Quizá esa necesidad esté ligada al hecho de ser mortales. Tenemos miedo a la pérdida, miedo a quedarnos solos, miedo a que si nada nos pertenece entonces no somos nada y hemos vivido inútilmente.

Soy lo que tengo, pensamos. Soy todo eso que alguien podría quitarme.

Por fortuna, nadie puede quitarnos lo aprendido. Nuestras ideas y nuestra memoria son lo más valioso que tenemos, y nadie —ni siquiera matándonos— podría arrebatarnos del todo lo que hemos pensado.

El amor es propiedad y, al mismo tiempo, pérdida. El amor es antagonista de la soledad. El amor es la lucha constante por no sentirse solo, el deseo de no morir solo. El amor está tan cerca del odio como de la salvación. Es tan complejo que describirlo sería traicionarlo. El amor no se cuenta, tampoco se dice: el amor se piensa, y como idea se transmite.

El amor no puede vencer a la muerte, pero sí puede vencer a la vida. Puede hacer que una vida sea vivida. Y también, cuando falta o cuando se vuelve contra nosotros, puede volverla insoportable.

Nos vamos, pero volvemos.

O al menos lo intentamos.


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