Me moriré un jueves

No es un bloqueo creativo; tampoco un miedo a la página en blanco, sino más bien una náusea profunda, un desánimo exacerbado, una ingente desazón por haber escrito con el ímpetu del ingenuo ilusionado y no poder escribir hoy, en presente, de la misma forma que ayer. Sentir que me he vaciado, que he dicho todo lo que tenía que decir y que todo cuanto fui se ha perdido en el insondable mar de páginas y páginas. Una abulia, un desinterés absoluto por ir en busca de lo perdido, por recorrer en relecturas y correcciones lo que fui y no podré ser.

Es acaso el temor hacia la retrospectiva: que nada de lo deseado se haya cumplido y que sólo haya sido bueno para el alto fracaso. Caer en picada desde muy bajo, cada vez más, haciendo del fracaso una cosa fácil, un paso nada más, ya que vivo en las antípodas del éxito, de los sueños que se me quedaron colgados en los helechos de mi furiosa juventud.

Qué le vamos a hacer, me digo. Me he vuelto el superviviente de la vida, comprador compulsivo de objetos para llenar este vacío que no se llena. No me falta nada, me digo. Tengo todo lo necesario para la leve felicidad material, pero en esencia sigo en el mismo hoyo, en el profundo pozo de mi desolación por haber malgastado mis talentos.

Pude haber sido otro. Pude haber elegido otro lugar, otra mujer y otro cielo. Pude haber elegido el camino sedentario de la vida, el trabajo bien pagado que mis padres querían para mí, la vida realizada, con holgura, sin los apuros de una cuenta bancaria en números negativos. Pude haber enorgullecido a mi padre en vida, dándole la paz de haber cumplido su misión como proveedor: que a sus hijos no les faltase nada, que pudiesen valerse por sí solos, ya sin la ayuda de su padre.

Pude también haber pasado los últimos siete años en compañía de la familia, ser testigo del día a día de mi madre y de mi padre, haber incluso anticipado el cáncer de papá y salvarlo de una muerte prematura y agónica. Pedí a mi madre que no se lamentase por la muerte de papá como si fuese culpa suya, que yo podría hacer lo mismo al arrepentirme por los siete años fuera, por las pocas veces que hablé con papá, por el poco tiempo que pasamos juntos desde que decidí no volver a México.

Yo podría dolerme por ello, pero mi vida quería libertad. Yo soñaba con el largo viaje, con la vida itinerante, con ser un apátrida ingrávido, un exiliado por voluntad propia. El arrepentimiento hubiese sido peor al haber renunciado al impulso del joven soñador y elegir la inmovilidad como forma de vida, con el mismo resultado: la muerte, de todas formas, de quienes amamos.

No me arrepiento de nada. Me hubiese arrepentido de no haber estado presente los últimos días, de no haber visto a mi padre en vida. Él supo que yo había hecho el viaje de los adioses, consciente de que la muerte estaba cerca, pues con mi presencia se confirmaba todo: el final era ya ineludible.

Papá no dejó, sin embargo, la lucha. No perdió la voluntad de vivir, arraigada en lo profundo de su ser. Se habrá dicho que su espíritu iba a trascender, que no querría más allá de la vida, del otro lado del río, ya no con el cuerpo pero sí con el alma, como nos había querido siempre.

¿Es acaso mi bloqueo de escritor consecuencia del duelo no resuelto? Ya nadie me pregunta cómo sobrellevo la muerte de mi padre, si la fractura de la tragedia está derrumbando el edificio de mi ser. Todavía quiero contar la historia de la muerte de mi padre, misma que se difumina y pierde la fuerza poética de los días en que fue reciente.

He contenido el llanto. Me he calado la máscara del hombre inmutable, para quien toda muerte es un suicidio, consecuencia irremediable de haber nacido, cuando en realidad, bajo todo mi atavío de fuerza, llora el hijo de mi madre en posición fetal, herido de orfandad, llorando por el sufrimiento que no se pudo ahorrar su padre, por no haber estado siempre presente y darse cuenta de cómo las esperanzas de una nueva oportunidad le fueron vedadas; que al final todo fue dolor, fue penitencia, fue martirio y fue tortura.

Dolor que sólo la muerte pudo aliviar. Ella fue su salvación, el tan deseado: ya déjenme ir. Cuán profunda debió haber sido entonces la desesperanza, el miedo al dolor y a la nada al final del camino. La muerte que lo mira a los ojos, que lo toma de la mano todavía tibio para infundirle consuelo: pronto acabará el sufrimiento, pronto descansarás en paz.

¿Papá lloraba su infortunio? Imagino el frío de la soledad del hospital, el trato impersonal del personal médico, la sentencia adelantada de la razón secundada por la medicina: ya no hay nada por hacer. Papá no debió ser ajeno a la sentencia que le daban y quizás, ya falto de fuerza, concentró su voluntad en la otra vida, en el abandono urgente del cuerpo que ya no le respondía. Dejarse morir, no queda de otra. Mejor la muerte que la vida así, en agonía constante.

Murió antes de que me llegara la fecha de regreso, cuando mi hermana y yo teníamos que partir porque ya no podíamos más con la espera del milagro de la vida última o la vida en el reino de este mundo. Papá decidió por nosotros. Él eligió un jueves: me moriré un jueves. Y así nos daba tiempo de dar los adioses, de encontrar el consuelo en la última despedida, la dura aceptación, qué más da, de la muerte de nuestro padre, a quien tanto quisimos, a quien tanto amamos en presente, con el recuerdo más firme y con los sueños tan frecuentes donde él es luz de vida, donde ya nada amenaza con quitárnoslo.


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