Las nubes amenazan con inminente lluvia

Las nubes amenazan con inminente lluvia, con una tormenta que viaja con el viento desde hace tres días. Caen las primeras gotas, tímidas; la garúa es un lento comienzo. Después vendrá más fuerte: fortísima caída del cielo en gotas de agua. Tampoco hoy tenía la intención de escribir estas palabras sin fecha. Hice como todos los días: escribí en mi diario mis tres páginas como promesa y me dije que hoy no haría falta, que no tendría mucho que decir. Y no tengo mucho que decir, pero cumplo, como humilde penitente, este castigo gozoso, que culmina siempre con una leve sensación de recompensa. Al final me digo que el día —en parte— se ha guardado, no se ha conducido al olvido; el instante ahora es eterno gracias a la invención de la escritura. La ficción como método eficaz para la supervivencia. Imagino que escribo cuando no escribo y me veo escribir cuando escribo sin siquiera imaginarlo o soñar que escribo. Escribo en sueños y escribo aquí, dentro del sueño, dentro del sueño del otro. Soy lo que el tiempo ha soñado y yo he soñado tanto con tener más tiempo. Siempre hay tiempo para tener más tiempo, según Roa Bastos. ¿Cuándo hay muerte para tener muerte? ¿Vida para tener vida?

Me encontré con un libro de citas, de lo que ha dejado Roa Bastos en las palabras de sus personajes. Iré por él para ver qué puedo encontrar y darle vuelo a la escritura. Por si a alguien le interesa, suena Chopin y la garúa continúa a través de la ventana. Hago una pausa y ahora regreso. No me fui: me entretuve con otras cosas; ni siquiera fui a buscar el libro. Leí por enésima vez el poema de Neruda: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche», y se lo leí con mi voz a quien entonces amaba. Ella me quería y yo también la quise. El tiempo le dio el carácter de amor primero, ensayo del joven yo que por vez primera estaba tan cerca de una mujer. Nadie me dijo que el amor sería fugaz, como lo que duran las estrellas a la vista en una noche clara. Nadie me dijo que, años, muchos años después, la buscaría e intentaría enamorarla de otra forma. Nadie me dijo que yo ya no sería el mismo, que me daría cuenta de que en realidad la amaba en pasado, la amaba solo cuando fui el niño que fui, y ahora ella se ha transformado en una mujer que ya no quiero, pero cuánto la quise.

La lluvia se ha ido, a pesar de que las nubes grises cubren todavía el cielo. Ya nada me retiene en esta casa; debería salir y caminar para llegar justo cuando ella termine, por primera vez cumplir mi promesa. Me pongo la excusa de la escritura: todavía no termino, me falta poco; además, no sabemos si la tormenta llegará más tarde. No he llegado siquiera a la mitad. No me gustaría irme antes de las mil palabras, como mil historias. ¿Cuándo daré forma a un libro con todos mis fragmentos? El año de escritura diaria se acerca. La fecha que me he dado me acecha como todos mis fantasmas. Un hueco en el estómago, la tristeza que se siente como hambre y sed y enfermedad. Soy un cansado y soy un triste. La lluvia ya no me da para más, ya no es mi aliada. Veo finas gotas cayendo. ¿Salir o no salir?

Todo tiene un mejor tinte desde adentro, a través de la ventana. Miedo a salir, miedo a afrontar el sinsentido de la realidad. La realidad que tiene más mentiras, la realidad de donde viene todo; incluso esta página incompleta es fruto de lo imperfecto. Tiempo que no se acomoda a mi tiempo. Debo salir, andar a paso acelerado, llegar rápido para no llegar tarde. No sé adónde voy, no tengo destino. Solo voy con mi pena, sola va mi condena. Una canción que me da una pausa para pensar en lo siguiente que voy a escribir. Ya, nada me queda, no soy nadie. Soy un enamorado de la probabilidad, del quizás, de la conquista sin frutos, de la coquetería sin garantías. Ya no habrá otra mujer; tendré que inventarlas, a cada una de ellas. Me quedarán incompletas, como estas mil palabras.

Empecé tarde y ahora me doy cuenta de que tengo el alto don del olvido. Todo lo que escribo se queda en el papel, en la página antes en blanco; mi mente se queda vacía, deja parte de su memoria en las palabras. Las palabras me guardarán los instantes, los sueños, las obsesiones para cuando ya sea muy tarde. ¿Llegaré lejos? Temo que esta sea mi última noche, que el mañana ya no tenga vida o que yo no tenga vida mañana. Soy un ayer, soy un hoy que se va sin parar, y no sé si puedo ser un futuro; nunca lo he sabido. Nadie me dijo que hoy iba a estar aquí, apurando la escritura porque se me hace muy tarde, porque no voy a llegar, porque alguna otra vicisitud en el camino me impedirá llegar a mi destino.

Mira cómo rima todo esto. Tú eres mejor poeta: un escritor de fragmentos, un escritor portátil, con poco tiempo. No sabes contar una historia, tampoco crear personajes verosímiles, auténticos. Escribes de a poco; nunca tendrás la disciplina ni el talento para una novela. Mira, debería darte vergüenza. Juega una carrera contra el tiempo, déjame ver en cuánto tiempo puedes completar cien palabras. Vamos, son muy pocas: estás a setenta de distancia. Podrías decir algo que valga la pena, algo que sea arte, artístico. Vamos, muestra que has aprendido algo del método de escribir. Muestra que eres un escritor del instante, que puedes escribir a altas velocidades y que puedes llegar a tiempo por primera vez en tu vida. No vas a llegar. Tienes que ir más rápido; de seguir así, nunca serás escritor. No tienes orden ni talento. Adiós.

23 de diciembre de 2020


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