Español — Version française ci-dessous
Texto escrito en 2021 · Texte écrit en 2021
Trabajar con las sensaciones, describirlas con palabras, tentativa por dar cuenta de lo inefable, de lo que una pieza provoca en mí: el eco del pasado, la música barroca, las cuerdas y los instrumentos de viento. Es por eso por lo que vuelvo poco a la música que me hace feliz, porque de pronto nace en mí el músico que dejé agonizante en los albores de la vida adulta. Retoma fuerzas, busca la manera de tocar fibras sensibles en mí, yo guitarra, yo instrumento, me interpela, toma la flauta, sin embargo estoy tan oxidado, tan lejos la práctica de mis mejores años y del entorno que favorecía la elevación del alma a partir de la interpretación de una pieza. La flauta barroca me hipnotiza, rata del flautista de Hamelin sigo sus notas, me dejo llevar, perseguidor y perseguido por su encanto. Fibras sensibles, la vena artística que de alguna forma tiene que nutrirse u optar por el suicidio como la única solución para una vida desdichada. Los libros, la escritura y también la música, mezcla que me salva y que me eleva. Qué manera de desperdiciar tanto tiempo, esfuerzo, tanto el propio como el ajeno, mi perseverancia junto con el apoyo de mis profesores, ellos a quienes tanto debo, tanto dado y nada pedido a cambio.
Sueños de una vida artística, una compañera que compartiera el mismo espíritu salvaje, poco moderado, inconforme, lejos de los convencionalismos. Soy un imbécil, un adulto imbécil y no un niño con la mente luminosa, la capacidad de asombro permanente. Retroceso, retorno al inicio, cambiar el camino, quizás me equivoqué al no quedarme en la encrucijada. La música me interpela, me hiere, letraherido y música-herido, la voz nítida y dulce de mujer que canta me envuelve de una nostalgia no olvidada, me lleva de la mano hasta el manantial de lo que quise ser. ¿Cuándo se jodió todo? Quizás nunca ha sido el cambio, las idas y venidas, los encuentros y desencuentros; quizás he sido siempre yo, mi desordenado yo, mi inconstante e indiferente yo al acecho. A poco de cumplir veintinueve años y el mismo caos, el mismo ajetreo, las tribulaciones, la vida sin rutina. Falta de deseo, falta de práctica, de tomármelo en serio. Confieso que no he vivido conforme a mis preceptos, me he dejado llevar por la marea de la vida y el tiempo. Dejé quizás la felicidad en el camino, D. como la pieza que adolece el árbol incompleto de mi vida. Dejé el arte, y sé que lo hacía por alejarme del entorno que no me permitía ser yo. Si me cuesta reconocerme dos o tres años atrás ahora me parece imposible creer que era yo el que soñaba con subirse al avión, hacer un largo vuelo, y encontrar otra vida en otra parte. Yo que no soy yo imaginando una vida distinta cuando la vida en nada iba a cambiar y el distinto iba a ser yo que escribe y escucha su pasado nebuloso, la neblina del ayer.
Papá y mamá tuvieron la mejor de las ideas al inscribirme en la escuela de música a pesar de que su plan era que aprendiese piano o guitarra y no la flauta. No podían saberlo, el hijo de mi madre escogió por su cuenta, puede que desde entonces se dejara llevar por la marea del tiempo y de la vida. Sin embargo, agradezco el empeño de padres soñadores, atentos al desarrollo del menor de los hijos, con quien tendrían más aciertos que errores. Si educaron a mis hermanos al tanteo, a mí lo hicieron desde otra perspectiva, desde la experiencia, desde el tiempo pasado conjugado con el presente. Difícil saber si no he decepcionado a mis padres, no me lo dirían, se lo guardarían a la espera de mi triunfo, de mi vida realizada.
Soy tan poco y no sé si se dan cuenta. Ellos no saben que me recrimino mi falta de empeño, mi caída en el abismo de la flagelación, del insulto, duro conmigo mismo pero sin hacer nada para no caer cada vez más bajo. No soy nada y no soy nada, pieza insignificante en el tablero del mundo. No llegaré muy lejos, escritor inédito, siempre detrás del telón, anónimo. ¿Sirvo para esto? No puedo afirmarlo, pero escribo pese a mi falta de confianza, pese a que sea en vano. Es mi afrenta personal contra la vida, mi venganza, mi no al absurdo. Escribo sin razón, de la misma forma que vivo sin sentido. Escritura, arma de doble filo, por un lado la afirmación del sinsentido y por el otro la búsqueda de significado, una forma de capturar el presente para no dejar que se lo lleve el flujo de la eternidad.
Si he perdido el camino, si acaso lo he encontrado, dejar de lamentarme, la maldita nostalgia, el reencuentro con lo que ya no es. Ya en el camino, libre de la encrucijada, pensar que se me ha dado mucho de lo que nunca tuve. El ayer no puede compararse con esta felicidad inusitada, la libertad y el silencio concedidos, la vida no tan breve, vivo aun cuando los otros han partido antes de tiempo. Vivir como un homenaje a los caídos en desgracia. Pensar en C., que semanas pasadas cumpliría los años que yo todavía no tengo. Yo pude haber sido desgracia, el lamento de los que me querían y nunca lo dijeron. Pensamiento malsano de alegría al saber que fueron otros y no yo, que a mí, por un juego de probabilidades, se me otorgó otro amanecer, otra noche de calma, el poder dar cuenta de lo que pasa, de los tiempos que corren, que se agitan, turbulentos, inciertos. Se me ha otorgado más tiempo para desperdiciarlo, seguro que si no lo tuviera reprocharía a los vivos por dejarlo ir como si les fuera eterno. La noche se agota, el cuerpo me dice que la energía de la mañana se ha esfumado. Necesidad de catarsis, de expiación, de limar las asperezas de un día más. Desasosiego.
Version française
Travailler avec les sensations, les décrire avec des mots, tentative pour rendre compte de l’ineffable, de ce qu’un morceau provoque en moi : l’écho du passé, la musique baroque, les cordes et les instruments à vent. C’est pour cela que je reviens si peu à la musique qui me rend heureux, parce que soudain naît en moi le musicien que j’ai laissé agoniser à l’aube de l’âge adulte. Il reprend des forces, cherche comment toucher en moi des fibres sensibles, moi guitare, moi instrument, il m’interpelle, prends la flûte, pourtant je suis si rouillé, si loin de la pratique de mes meilleures années et du milieu qui favorisait l’élévation de l’âme par l’interprétation d’un morceau. La flûte baroque m’hypnotise, rat du joueur de flûte de Hamelin, je suis ses notes, je me laisse emporter, poursuivant et poursuivi par son charme. Fibres sensibles, la veine artistique qui, d’une manière ou d’une autre, doit se nourrir ou choisir le suicide comme unique solution à une vie malheureuse. Les livres, l’écriture et aussi la musique, mélange qui me sauve et m’élève. Quelle manière de gaspiller tant de temps, tant d’efforts, les miens comme ceux des autres, ma persévérance avec le soutien de mes professeurs, eux à qui je dois tant, qui ont tant donné sans rien demander en échange.
Rêves d’une vie artistique, d’une compagne qui partagerait le même esprit sauvage, peu modéré, insatisfait, loin des conventions. Je suis un imbécile, un adulte imbécile et non un enfant à l’esprit lumineux, à la capacité d’émerveillement permanente. Recul, retour au commencement, changer de chemin, peut-être me suis-je trompé en ne restant pas au carrefour. La musique m’interpelle, me blesse, blessé par les lettres et blessé par la musique, la voix nette et douce d’une femme qui chante m’enveloppe d’une nostalgie jamais oubliée, me conduit par la main jusqu’à la source de ce que j’ai voulu être. Quand est-ce que tout a foutu le camp ? Peut-être que le changement, les allées et venues, les rencontres et les séparations n’y ont jamais été pour rien ; peut-être ai-je toujours été le seul en cause, mon moi désordonné, mon moi inconstant et indifférent aux aguets. À l’approche de mes vingt-neuf ans, toujours le même chaos, la même agitation, les tribulations, la vie sans routine. Manque de désir, manque de pratique, manque de sérieux. J’avoue ne pas avoir vécu selon mes préceptes, je me suis laissé porter par la marée de la vie et du temps. J’ai peut-être laissé le bonheur sur le chemin, D. comme la pièce dont souffre l’arbre incomplet de ma vie. J’ai abandonné l’art, et je sais que je l’ai fait pour m’éloigner du milieu qui ne me permettait pas d’être moi-même. S’il m’est difficile de me reconnaître deux ou trois ans en arrière, il me paraît maintenant impossible de croire que c’était moi qui rêvais de monter dans un avion, de faire un long vol et de trouver une autre vie ailleurs. Moi qui ne suis pas moi imaginant une vie différente alors que la vie n’allait changer en rien et que celui qui serait différent, ce serait moi qui écrit et écoute son passé nébuleux, la brume d’hier.
Papa et maman ont eu la meilleure des idées en m’inscrivant à l’école de musique, même si leur projet était que j’apprenne le piano ou la guitare et non la flûte. Ils ne pouvaient pas le savoir, le fils de ma mère a choisi de son propre chef, peut-être se laissait-il déjà porter par la marée du temps et de la vie. Pourtant, je remercie l’application de parents rêveurs, attentifs au développement du plus jeune de leurs enfants, avec lequel ils auraient davantage de réussites que d’erreurs. S’ils ont élevé mes frères et sœurs à tâtons, ils l’ont fait avec moi depuis une autre perspective, depuis l’expérience, depuis le temps passé conjugué au présent. Difficile de savoir si je n’ai pas déçu mes parents, ils ne me le diraient pas, ils le garderaient pour eux en attendant mon triomphe, ma vie accomplie.
Je suis si peu de chose et je ne sais pas s’ils s’en rendent compte. Ils ignorent que je me reproche mon manque d’effort, ma chute dans l’abîme de la flagellation, de l’insulte, dur envers moi-même sans pourtant rien faire pour ne pas tomber toujours plus bas. Je ne suis rien et je ne suis rien, pièce insignifiante sur l’échiquier du monde. Je n’irai pas très loin, écrivain inédit, toujours derrière le rideau, anonyme. Suis-je fait pour cela ? Je ne peux l’affirmer, mais j’écris malgré mon manque de confiance, même si c’est en vain. C’est mon affront personnel à la vie, ma vengeance, mon non à l’absurde. J’écris sans raison, de la même manière que je vis sans sens. L’écriture, arme à double tranchant : d’un côté l’affirmation du non-sens et de l’autre la recherche de signification, une façon de saisir le présent pour ne pas laisser le cours de l’éternité l’emporter.
Si j’ai perdu le chemin, si par hasard je l’ai retrouvé, cesser de me lamenter, la maudite nostalgie, les retrouvailles avec ce qui n’est plus. Déjà sur le chemin, libéré du carrefour, penser qu’on m’a donné beaucoup de ce que je n’avais jamais eu. Hier ne peut se comparer à ce bonheur inattendu, à la liberté et au silence accordés, à la vie pas si brève, je vis encore quand les autres sont partis avant leur heure. Vivre comme un hommage à ceux que le malheur a frappés. Penser à C., qui aurait fêté, il y a quelques semaines, l’âge que je n’ai pas encore. J’aurais pu être le malheur, la plainte de ceux qui m’aimaient et ne l’ont jamais dit. Pensée malsaine, joie de savoir que ce furent les autres et non moi, qu’à moi, par un jeu de probabilités, on a accordé une autre aube, une autre nuit calme, la possibilité de rendre compte de ce qui arrive, des temps qui courent, qui s’agitent, turbulents, incertains. On m’a accordé plus de temps pour le gaspiller, certain que si je ne l’avais pas je reprocherais aux vivants de le laisser s’en aller comme s’il leur était éternel. La nuit s’épuise, mon corps me dit que l’énergie du matin s’est dissipée. Besoin de catharsis, d’expiation, d’aplanir les aspérités d’un jour de plus. Désarroi.
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