Recuperar el tiempo perdido para malgastarlo

Se puede dar por terminado el día. A mis espaldas, la luz de las seis de la tarde anuncia el final de la jornada, el pronto atardecer. El ruido de las calles da cuenta del regreso de las huestes que trabajan. Los he visto: caminan cansados pero libres hasta el día siguiente; hacen la compra, piensan en qué habrá para cenar esta noche; muchos no saldrán de casa. Abren la puerta del hogar liberados; acaso los hijos los reciben efusivos, acaso el suyo es un llegar solitario, frío, entre presencias indiferentes que no hablan, que no ven, que respiran aquí, pero se encuentran en otra parte. Hijos ausentes, esposas y maridos indiferentes, distintas soledades. Gente de vida leve, de rutinas heredadas, de espacios repetidos. Los imagino indiferentes, los construyo a mi manera, los desprecio desde lejos.

Le doy la espalda a la ventana; mi vista es el blanco muro, mortecino como a mí me gusta adjetivarlo. Hoy es mi día libre, mis horas de desperdicio dadas a la nada sin remordimientos. Ayer me propuse una rutina prolífica, a sabiendas de que mi imaginación resulta ser, en la realidad, un engaño reiterado. Las noches son optimistas, luminosas: en ellas, la futura realización de cualquier plan parece posible. La noche tiene la ventaja del final para el pronto comienzo. Uno se dice, agotadas las fuerzas, que mañana será distinto, que un yo renovado se levantará al alba con el ímpetu de mil hombres.

Nada más falso: la elucubración trepidante del porvenir provechoso, la enumeración de tareas, el propósito —fraguado sin que falte motivación— de leer libros, escribir textos, corregir para su posterior publicación lo ya escrito, que desde hace mucho tiempo duerme en mi indecisión. Jugar con el engaño, disfrazarlo de verdad, creer en el cambio como en el correr del tiempo de las películas: unas cuantas escenas, pocos minutos, varios años en el tiempo real, y el problema se ha resuelto; el personaje ha crecido, ha acumulado fortuna y experiencias, ha actuado con tesón en el cumplimiento de sus sueños.

Lo que al amanecer llega es, en realidad, el cansancio, el difícil despertar, el dolor de huesos, de músculos, el mal aliento de la mañana y el querer seguir durmiendo hasta que todo cambie. Así ha transcurrido el día: el salir dificultoso de la cama, el malgaste del tiempo en cualquier cosa, la desidia imperante, la procrastinación como bandera. El vaivén que no lleva a ningún lado, la necesidad maldita de querer estar en todas partes menos aquí, frente al libro, frente a la página en blanco: la afrenta diaria del escritor que escribe, no del escritor que se conforma con la planificación de lo que nunca llevará a cabo.

Esta página nace forzada, también como producto de la indecisión, de mi yo más testarudo, que se ha dado a la escritura pese a la voluntad de renuncia. No saber qué hacer: leer o no leer, escribir o no escribir. Se llega a la página contrariado, sin ideas; se escribe lo primero que llegue a la mente; se aprisiona —acaso se da libertad— al pensamiento reptante, de fácil olvido, ahora puesto en manos de la benefactora eternidad.

Es el pensamiento el que escribe; es el lenguaje el que quiere ser ideas, ufanado en su grandeza heredada, fruto del río infinito del ayer que me han legado todos los hombres cuyas voces suenan en ultratumba. No soy yo el que habla, no soy yo el que escribe: es el lenguaje quien se escribe a sí mismo, es él quien se da forma. ¿Quién soy yo sino mi discurso? Se me juzgará por lo dicho, por las páginas escritas, por este río de textos, mi tesoro para el mañana, entregado a quien por voluntad decida leerlo y devolverme a la vida.

Intempestivo, me llega el optimismo: la página se llena, se escribe a sí misma. Puedo continuar tranquilo, conforme con lo hoy realizado; recomenzar con los planes esta noche; mentirme diciendo que mañana será un mejor día, que no pasará tan pronto como hoy: mañana son muchos libros, mi concentración a mi servicio, mañana como el logro tan esperado.

Y, sin embargo, sé que es mentira, que la exaltación del mañana, del cambio venidero, forma parte de mi rutina. Y sé que me engaño porque lo mío ha sido la ficción, el imaginar sin cambios, las metas que me fijo para no llegar a ellas. Lo digo porque me conozco, porque me acerco herido a los treinta: diez años, de los veinte a los treinta, sin que nada cambie; yo, el mismo, sin poder culpar al azar, a la espera de que la desgracia me golpee con todas sus fuerzas, de que me hiera de muerte, de que el dormir, esa leve duermevela deliciosa y contemplativa de las mañanas, se prolongue hasta volverse el sueño eterno, el dormir de los justos.

Mamá dice que en esta vida uno está de paso, en este mundo. ¿Cuál otro? ¿Cuál otra vida? Mejor decir no: no negarse a vivir, pero sí a seguir una senda. Esperar en la encrucijada, disfrutar de mínimos placeres hasta que la condena llegue. La muerte llegará de cualquier forma y acaso se tome su tiempo con los amantes infieles de la vida. Que se me recuerde como un cobarde de la vida, cobarde de la muerte, temeroso de ambos destinos. Soy más bien el que espera.


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