Nada serio

24 de marzo de 2021

Fue una noche absoluta, la de la fiesta. Laura, la chica con la que salía hace dos meses, nada serio, se perdía por los cuartos de la casa, pasaba enfrente suyo, se hacía visible, le dirigía una mirada y después se iba, lo dejaba hablando con Gloria, nada serio tampoco. Era la segunda vez que veía a Gloria. La primera vez también fue en esa casa, otra fiesta que terminó pronto, el hasta luego, quedemos para salir la próxima semana. Él quedó con ella un jueves desde el domingo, pero terminó anulando el martes. Se inventó cualquier pretexto, menos decir que salía ya con alguien, que por eso le canceló la cita, Laura presente a todas horas, y las deshoras él las pasaba con la idea remendada de una vida distinta.

Pero esa noche fue absoluta, el ambiente, los vasos, los cigarros dibujaban la promesa del amanecer juntos. Gloria se lo dejó claro, esta vez no se le iba a escapar. Mientras hablaban de literatura mezclada con una noción imprecisa de lo filosófico, ella le tomó la mano, enrollaba sus dedos, le acariciaba la palma de la mano con las uñas finas del deseo. Él seguía la charla, se inventaba un motivo impreciso para soltarle la mano antes de que Laura pasase, quizás celosa, frente suyo. Gloria seguía, sin embargo, la promesa de una noche, tómame de la mano y llévame a donde tú quieras.

Entre el vaivén de Laura, la mano de Gloria y el ritmo de la música, la fiesta dio a su fin. La dueña de la casa, escandalizada por un posible robo, los invitó sin decencia a desalojar la casa: esto se termina ya, la música que ya no sonaba, la casa vaciándose. Gloria se distrajo con lo del posible robo, fue a preguntar a un amigo suyo si todo estaba bien. Ahora regreso, le dijo, mientras subía las escaleras. En ese momento llegó Laura. ¿Nos vamos? Se fueron, él vivía justo a un lado.

Mientras discutía con Laura sobre el ambiente enrarecido al final de la fiesta, el celular vibraba de mensajes. Se protegió en el baño para leerlos. Era Gloria: dónde estás, no te he encontrado, me has dejado sola. Él dijo: he tenido que irme, todo se puso muy raro, la dueña de la casa nos obligó a salir. ¿Dónde estás?, insistía Gloria con la pregunta. Ya en casa. ¿Puedo venir? Y él pensó: claro que puedes venir, pero qué imbécil, Laura en la cama, ¿por qué me pasa esto? Maldijo la casualidad, el haber elegido a Laura desde hace mucho y ahora Gloria rogándole: por favor, déjame venir, necesito hablar contigo. Y él: no puedo, de verdad, pero te prometo que nos vemos mañana, desde temprano. Ronald, por favor, no me dejes así, solo unos minutos, por favor. Y Ronald: de verdad no puedo, pensando en que no iban a ser unos minutos, que si la tuviese en su cuarto no hablaría, se quedaría la noche, se envolverían entre las sábanas. Después de tan desaforado e insensato clamor, Gloria le dijo: puedes venir a mi casa mañana, cocinaré pasta para ti. Y Ronald: estoy ansioso.

Al día siguiente, el remordimiento le vino a Gloria como el reflujo ácido producido por el alcohol: perdona la insistencia de ayer, no era yo. Descuida, le dijo Ronald, yo estaba igual de ansioso por verte, pero impedido por la circunstancia. Esa mañana Laura se fue temprano, dejando a Ronald solo. Salió poco antes del mediodía, maquinando una explicación coherente y honesta. ¿Qué le diría? La verdad: que salgo con Laura, que ella se quedó a dormir conmigo anoche, por eso no pude recibirla. ¿Aceptaría de todas formas salir conmigo? Le dio vueltas, le dio largos círculos a la idea.

Una vez frente a Gloria, lo antes claro se volvió difuso, cómo decirle. La veía preparar el almuerzo, su rostro cansado disimulado con el maquillaje leve. ¿Debo decirle? Una vez la comida lista, se sentaron a la mesa, agua en lugar de vino: la fiesta de anoche me da náuseas, perdón. No pasa nada, respondió Ronald. ¿Qué era lo que me querías decir? Increpó Gloria. Ronald, la mirada baja, la tomó de la mano, no parece la misma mano de anoche, pensó. Salgo con alguien, dijo por fin, nada formal. ¿Una relación libre? Dijo Gloria y lo miró a los ojos. Sí, dudó Ronald, creo que sí. No es nada grave, sabes, tú y yo podemos vernos.

Gloria le soltó la mano. Te agradezco la franqueza. Y Ronald: tenía que decírtelo. Podemos salir juntos, pero ella debe estar al corriente, ¿lo sabe? Ronald continuó jugando la carta de la honestidad cuando dijo: no, no lo sabe. Entonces yo no puedo. Yo acabo de conocer a alguien, parece que va bien. No me gustaría que jugaras con ella así, ¿Laura se llama? Ronald asintió. Me deja mucho que pensar sobre tu honestidad, imagino que serías capaz de hacerme lo mismo. Ronald no pudo decir nada, el argumento no era debatible, ella tenía razón.

Terminaron de comer, no hubo postre. Ya no hablaron mucho, no sobre los dos, Ronald no supo cómo defenderse, cómo dar una mejor respuesta. Gloria dijo: piénsalo, si ella está al tanto podríamos intentar vernos otra vez. Ronald, sin saber bien lo que iba a pasar, la besó en los labios, lento, el suspiro que los dos se tenían guardados desde la noche. Fue un beso de despedida, la promesa más honesta del adiós, la fantasía derrotada.

Gloria lo acompañó a la puerta, se dieron otro beso por si la añoranza, Ronald pensando que no todo estaba perdido, Gloria desilusionada de sí misma. Adiós, alcanzaron a decirse. Gloria lo miró partir a lo largo de la calle Lumiere, Ronald no se giró para verla por última vez. El porvenir sería la promesa sostenida. Laura lo esperaría de noche, el beso desinteresado, la historia con más peso, el futuro más probable. Ronald pensaría en Gloria durante cada noche hasta que se le pasara la saudade, la nostalgia por lo que no pudo ser.


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