La maldición de los libros

La maldición de los libros. La bendición de los libros. Lo sencillo que resulta traer un libro a casa. Yo traje diez a Francia conmigo, para combatir la soledad durante un año, porque pensé que sería cosa de ida y vuelta. Pero no podía imaginar que el allá se volvería aquí y viceversa. Diez libros, suma escueta, a los que se sumaban, poco a poco, inseparables compañeros. Se compran libros sin pensar en las vicisitudes del porvenir, las posibles mudanzas, o el raro incendio que utilice el papel como combustible. Fui comprando libros como si el dinero no fuera un problema, sin pensar en el mañana y la economía de menos en los bolsillos. Diez, veinte euros, una o dos veces al mes no es mucho, me decía. Sin embargo se me volvió habito, un afán incontrolable de exceso, tener más libros que tiempo para leerlos. Me volví obsesivo, cada libro nuevo me insuflaba el alma de alegría, la biblioteca de mis deseos tomaba forma. Querer tener todos los libros, guardarlos como reliquias antes de estar listo para pasar a la lectura. Tantos libros que resulta imposible nombrarlos. Me lamento a veces de olvidarlos, no recordar que un libro aguardaba en mi biblioteca. Fue en este apartamento donde los libros llegaron a raudales, siguen llegando y mis estantes están excedidos, agotados de ejemplares. La proliferación de los libros, multiplicados por las noches, requiere espacio, una sola biblioteca de seis repisas no alcanza, por lo que al bibliófilo no le queda más que comprar otra biblioteca para aligerar la carga de la ya presente. Sueña con las bibliotecas que se unen, las del lado de allá y el lado de acá, las imagina por fin reunidas, poblando la soledad del apartamento. Libros que dan vida, que conforman el mapa, el itinerario del lector. Mi vida en unos cuantos libros, muy pocos en comparación a la biblioteca del universo, pero mínimos, abordables, el esbozo más cercano de su dueño. Una biblioteca definida, retrato asimismo de mi deseo, de su caos consensuado.

Qué vacío me siento, qué falto de energía para proseguir con esta página que me inspira muy poco. Frases que me desconciertan de falsas, lejanas a la voz que ahora escribe. Día tardío, noche apresurada. Despertarse a las siete de la mañana para no completar nada, soterrado en mi inatención, el devaneo etéreo, la proliferación mínima de las ideas. Soy un escribidor, en la acepción peyorativa del término. Escribo como el principiante, por lo demás obstinado, constreñido a la nadería a causa de su poca inventiva. Carezco de talento, de motivación para cosecharlo. Falto de rutina, falto de aspiraciones congruentes con mi inalterable mediocridad. Quizás he perdido el tiempo. Adolezco de la juventud que todo lo podía, y ahora se me será juzgado por la edad y la falta de experiencia en lo que vale. Tan cerca de los treinta y tan lejos de ser alguien. Quién dice que me interesa ser alguien. Me es ajeno, me resulta fatigoso, me rehúso a la remoción de mi tiempo, mis energías egoístas, enfocado en mi obra tan personal como ausente. Me leo primerizo, me comparo al pensamiento del autor joven, experimental, atribulado por el amor no conseguido y la idea de que la vida se acaba tarde o temprano. Escritor de panfletos, simulacros, termino pronto lo que ni siquiera había comenzado. Esperanzador es suponer que espero el gran golpe, la agonía irremediable, el sufrimiento como vacío del que no pueda salir si no escribo. Pienso en la muerte, quedarme huérfano, sentir el inopinado desamparo. Experimentar la culpa como catarsis incompleta, el duelo perpetuo, la añoranza irremediable. Soy un remedo de escritor, no hay dudas para ello. Escribo textos inconexos, frágiles por no decir mediocres. Escribir con rodeos, sin decir la verdad, sin honestidad reveladora. Leer más y escribir menos. Por ahora el peso lo hace la nada. Tengo el talento inmejorable de perder el tiempo, girar sobre una idea sin discernimiento. Agoto palabras, escribo una frase sinsentido, sinrazón. Soy un pésimo imitador, prestidigitador de lo ordinario. No logro dirigirme hacia la ficción, el camino se me ha vedado, me veo reducido a hablar sobre mí mismo. Soy un fracaso. Aceptar el fracaso como condición inherente del ser. Pero me lamento en demasía, yo no he fracasado, no he tocado fondo, vivo obnubilado, en un oscuro cuarto de podredumbre. Tienes todo, me diría mi padre, la salud como lo más importante. Pero luego viene mi padre a decirme que los años pasan, que a mi edad todo termina por complicarse. No me dice que le parece deprimente que a poco de los treinta años siga dependiendo de él, el dinero que me manda todos los meses. Yo endeudado, la biblioteca que no me pertenece, los viajes que he pagado de prestado, experiencias que deberían borrarme por no haberlas pagado con dinero propio.

No termino, vuelvo a las vueltas, distracciones necesarias para evadirme, la malsana sensación al saber que no valgo nada, o que valgo muy poco. Debo redimirme, flagelarme, optar por la renuncia, ese propósito inalcanzable. Todo por no tener la fuerza necesaria. Se me busca siempre, no puedo evadirme, no puedo silenciar las voces, no puedo suprimir el deseo promiscuo de arruinarme la vida, dejar que las horas pasen leves, el día reducido a lo irrealizable. Abrazar al menos el proyecto de transcribir mis diarios, leerme en retrospectiva, trabajar cada texto como si importaran. Pero no lo hago, me propongo proyectos que no cumplo, capaz solo de la renuncia, de evitar todo lo que me produzca escozor. Sé que la inmovilidad, mi ser en pausa, resulta harto agradable, sentir cómo cae el atardecer y pensar que el mañana se me ha dado libre. Anhelo la perpetua falta de obligaciones externas, ajenas, extranjeras. Aspiro a una vida sin fechas límite, sin proyectos, sin nada más que mi certero afán por recuperar el tiempo perdido para malgastarlo. Todo conlleva tiempo, aprovechar el vacío para la rememoración, traer el presente pasado, vivir de vuelta.

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