Fuego con el juego

Me ha venido al recuerdo, durante mis antaño acostumbradas siestas matutinas, el día en que prendí fuego al colchón de mis padres. Era un niño piromaníaco y demencial, entregado al juego con el fuego. Fueron unas cerillas, o quizás un encendedor de los muchos repartidos por la casa, herencia del hábito fumador de mi padre, con los que —sin razón aparente, por puro ocio— comencé a encender la esquina de la cama de mis padres.

Mamá todavía se pregunta, durante la charla de esta mañana, qué pasaba por mi mente, si acaso quería incendiar la casa o si pretendía un acto suicida. Ni una ni la otra, le dije. No sé por qué ese día, encendedor o cerillos en mano, me encerré con seguro en el cuarto y vi las flamas levantarse hasta el techo. Tengo el recuerdo claro —confirmado por mamá— de que fui yo quien apagó el incendio: buen aprendiz de bombero y pirómano infantil. Ella, desde la ventana, me daba órdenes de abrir la puerta, y yo, tras haber descubierto el fuego a gran escala, tomé una almohada para contenerlo.

Problemas de niños, habrán pensado mis padres. Yo habría pensado, con los años, que fue un accidente mínimo. Sin embargo, visto desde la distancia, me imagino el peor de los desastres. Aquel juego de un niño con el fuego pudo haber provocado el incendio de toda la casa, la ruina económica, la vida todavía más precaria sin techo donde vivir y, quizás como consecuencia más funesta, la muerte del hijo de mi madre: mi propia desaparición entre las llamas, mi piel cayéndose a pedazos, consumiéndose junto con la casa; el terror impotente en los ojos de mi madre, incapaz de salvar a su hijo descuidado, piromaníaco, suicida.

No pasó a mayores. Pasó a anécdota familiar, despojada de toda tragedia. Vagancias de un niño desocupado, descuido de mis padres al dejar cerillas o un encendedor al alcance de su hijo. Me gustaba el fuego. No parecía arrepentido por lo que había hecho, pero sí sabedor del peligro que las llamas sin control entrañan. No lo volví a hacer. El colchón quemado no se reemplazó hasta años después, pues no había dinero para uno nuevo. Durante meses fui testigo del hoyo negro en una esquina del colchón, disimulado por las sábanas; del olor a quemado que no se fue; de la mancha oscura en el techo. No hubo regaños. Mis padres debieron entender la gravedad del asunto, la suerte milagrosa que me salvó, y agradecer a Dios no haber tenido que confrontarse a la muerte prematura de su hijo o al sufrimiento de verlo marcado por el fuego.

Me gustaba, sin embargo, el fuego.


Seguí manipulando encendedores y cerillos, hipnotizado por el olor a gas, por ese pequeño invento mágico. Me volvía adicto al aroma fugaz del cerillo al encenderse. Jugaba con fuego: me iba al patio, a cualquier rincón libre de objetos inflamables, y encendía uno a uno los cincuenta cerillos de la cajita. Los veía arder hasta el final, hasta que el calor me rozaba los dedos y los dejaba caer. Más de una vez, con la idea de ver arder un microcosmos, encendía uno y con él daba fuego a todos sus compañeros. Qué alegría súbita al ver la cajita entera encenderse, uno a uno, hasta volverse ceniza.

Esa era mi manera de jugar, mi descubrimiento primigenio del fuego. La relación estrecha con la eternidad que me precedía, con los primeros hombres que lo descubrieron —de algún modo alojados en mi ADN—, con el primer piromaníaco de la historia, un desconocido entre mis antepasados. Yo, heredero de su placer por ver arder las cosas, pero con el cuidado de que ese fuego no me consumiera.

El fuego siguió presente: en los encendedores con que prendía los cigarros de mi padre, en los cigarros mismos, con su olor embriagante y fugaz al encenderse. Algo amaba —todavía amo, y presiento que amaré— en el principio del fuego, tanto en el gas del encendedor como en la chispa del cerillo. Ese olor a combustión también me resultaba dulce al cargar gasolina, en el primer chorro que salía de la manguera y caía al tanque. Ese olor que podía encenderlo todo, hacer arder las Troyas pasadas, presentes y futuras. Yo como desencadenante, sucinto encendedor: tan villano como libertador, causa de la primera flama pero inocente del fuego abrazador, del caos que lo consume todo.

Por eso me gusta ver de lejos cómo todo se derrumba, cómo la catástrofe es sufrida por los otros, a quienes observo tras la ventana mientras lidian con la desgracia, la agonía, el dolor que los arrastra hasta el límite. Hasta que se dejan llevar por ese río trágico que todo lo consume: el tiempo que devora, que vuelve parte de sí lo que toca, que absorbe para la eternidad al yo tragado por los segundos ya pasados, al otro que se ha quedado dormido esta mañana, al que se entregó al devaneo de las ideas durante una siesta al mediodía.

Ese otro ya no es. Escribe ahora de noche lo que no sabía que escribiría por la mañana. Da gusto saber que esto nace del azar, como la vida misma: como la lluvia que moja al desprevenido sin paraguas, como aquel que muere víctima de un instante azaroso, consecuencia simultánea de dos o más acciones.

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