Fragmentos de un escritor

No me molesta quedarme sumergido, al margen de cada situación, adentro o muy lejos de lo que acontece. Me leía hace unos instantes, y llovía. Escribí que la tormenta que caía sobre la ciudad no me dejaba otra opción que quedarme en casa. Mentira. Sé bien que un día soleado tampoco bastaría para hacerme salir. El clima no rige mis gustos ni mis energías. Lo que sí, es que la lluvia se me antoja para leer: dejarme seducir por el sillón y una cobija, prepararme una taza de té o de café, y escuchar afuera cómo la lluvia cae, forma arroyos, se escurre hacia las alcantarillas, con relámpagos a contratiempo. El mundo a punto de acabarse y yo, inmune al caos.
No necesito música para aislar el ruido del entorno; necesito silencio, nada más.

Eso se adapta mejor a mi ritmo: la página blanca, el silencio interrumpido por los pasos de los vecinos del quinto piso, el gato que duerme o anda de un lado a otro. Los vecinos y el gato parecen llevar la misma rutina, con idéntica intensidad de ruido. No me gusta salir; prefiero la vista de mis cuatro paredes y la ventana que da a los árboles. Me gusta estar solo, aunque muchas veces busco compañía solo para dejar de hablar conmigo mismo. Pero una vez acompañado, me vienen las ganas de volver a estar solo, porque nada nuevo obtengo de ese conocido tan extraño.

Todo se mide en momentos. Puedo pasar semanas solo, encerrado en el mismo lugar —una prisión voluntaria— y, después de tres semanas, ceder al impulso de salir para ver si las calles han cambiado o siguen siendo las mismas. Salir para estirar las piernas después de días con los pasos contados: del salón a la cocina, de la habitación al baño. El viaje alrededor de mi apartamento.

Hoy cedí a esas ganas de salir, de recorrer las mismas calles que hace semanas no me veían, de recordar cómo era la rutina. El confinamiento me llega como un regalo, como un descanso necesario para mi salud mental. Me salvó de la locura y de la violencia de las gentes empeñadas en remarcar lo inútil. Se me otorgaron unas vacaciones y agradezco que se alarguen, aunque me critiquen por no pensar en las crisis económicas y humanitarias que las medidas acarrean.

La página en blanco se llena palabra a palabra en esta tarde de martes que dediqué a escribir en lugar de leer. Me obligo a concentrarme en una sola actividad —un entrenamiento de alto impacto—, porque cuando leo suelo irme por las ramas de cualquier distracción. Como ahora, el ruido que hace la gente desde sus ventanas en muestra de apoyo al personal médico de Francia. Única forma de sentirse unidos: aplaudir todos a la misma hora. Aplauden, gritan, hacen ruido con instrumentos musicales o de cocina. Las sartenes suenan como baterías en esta gran orquesta del ruido humano.

No, no he salido a formar parte del bullicio generalizado y de ese acuerdo tácito. Me quedé en el mismo lugar, escribiendo sobre nada, escribiendo que escribo. Solo entrenamiento, preparación para cuando deba correr la carrera de una novela o de un cuento más elaborado que los anteriores. Cuentos de ensayo y fracaso, nunca de éxito.

Siempre las mil palabras como meta, sin olvidar que aún me falta escribir en mi diario: tres páginas manuscritas y mil palabras tecleadas. Pulsar botones que hacen aparecer mágicamente las palabras. Pensar que mi ordenador puede ser mi principal aliado al escribir una novela.
¿Escribir una novela? No puedo, no podría. Antes me consideraba un lector tardío, pero descubrí que a los catorce años es una buena edad para herirse de literatura. Ahora, con más razón, me considero un escritor tardío: uno que decidió hace menos de un año escribir todos los días. Antes era un escritor instantáneo, de ráfagas, en rachas de lucidez, de amor o de desamor. Escribía cuando me sentía inspirado, enamorado o con el corazón roto. Ahora escribo para vivir.
Mi manera personal de sentirme escritor: constante, aunque sin libros publicados, sin una obra maestra en mente o en sueños. Escritor porque sí, porque quiero, porque me gusta ser mi único lector. Escritor y lector en una sola persona. Yo como mi mejor lector.

Ese ha sido siempre el problema: me cuesta ordenar mis ideas y darles una salida coherente. Por eso mi blog se llama Fragmentos de un escritor: porque soy un experto en el arte de no terminar nada de lo que escribo. No doy continuidad a ningún fragmento publicado. Todo lo dejo como sale de la imprenta virtual. Ya no me interesa cambiar nada, salvo alguna falta de ortografía o de sintaxis.

Ahora mismo no sé cómo continuar esta página, aunque al principio creía tenerlo claro. Quería escribir sobre el confinamiento, sobre la metamorfosis de B., sobre la felicidad de no tener que ver a más de una persona a la vez. Que nadie me moleste cuando quiero estar perdido.
De todas formas, no tengo a nadie. Los amigos desaparecen con la distancia y el tiempo. No me sorprende: ya sabía que iba a suceder. Yo también soy de los que desaparecen. Ya no me encuentro.

Lyon, 2020

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