Pues qué tantas palabras puedo decir

02/01/2024
Buscar consuelo en el ayer que fue mejor.

Ayer era mejor porque vivía mi padre. Lo tenía al alcance fácil de una llamada. Escuchaba su voz, lo veía sonreír a través de la cámara. Hablábamos de todo y de nada. Nuestra conversación estaba marcada por la circunstancia. Podía ser exigua, de pocos minutos, porque los clientes llegaban. Otras veces se extendía, sin importarme la espera, pues el cliente se tomaba su tiempo para escoger lo que vendía mi padre.

Y yo le preguntaba cómo se sentía, si el medicamento había funcionado, si ya no sentía tanta molestia. ¿Y sus dientes? Ya no me molestan, me decía, ya por fin después de tantos años y de tanto haber pagado. Él me preguntaba si necesitaba dinero, si todo iba bien, si no me faltaba nada. Papá se preocupaba todos los días. Dudaba si yo tenía dinero suficiente para comer, que eso era lo primordial, que nunca había que escatimar en gastos cuando de comida se trataba. Siempre le dejé claro que yo pensaba como él, que comía lo suficiente sin rozar los límites de la gula, y cuando necesitaba dinero se lo decía, siempre con la pena de tener que hacerlo, prometiéndole que en cuanto estuviera en una situación más holgada se lo regresaría.

¿Cuánto dinero me regaló papá? Dejé de hacer las cuentas en cierto momento, cuando ya me era imposible el cálculo, imposible también pagarle, pues la situación holgada nunca llegaba. Papá sabía que ese dinero no le sería dado de vuelta y no le importaba, mientras yo no estuviese en dificultades. Total, decía, el dinero va y viene y uno no se va a llevar nada.

Papá ya anticipaba, casi con precisa clarividencia, el final de sus días. Lo sabía próximo desde que se sentía cansado como nunca, con ese dolor que lo despertaba de madrugada, que solo alcanzaba a apaciguar —como si fuese un animal salvaje que le rasgaba las entrañas— con un trago instantáneo de tequila. Creía que el alcohol, en mínimas cantidades diarias, tenía un efecto curativo, afecto a creer lo que escuchaba de voz en voz, pues el alcohol —en especial el destilado de agave— siempre ha tenido un aura mítica: bebida de referencia de la antigüedad, legado de toda una civilización.

También del vino se hablaba de sus propiedades antioxidantes, de lo bueno que es para mantener un corazón saludable. ¿Cómo que el tequila no iba a tener su merecido lugar como remedio para curar y prevenir las enfermedades mortales? En efecto, ese trago en ayunas de tequila calmaba el dolor agudo que mi padre sentía. Le resultaba un alivio y enseguida podía continuar el día.

Sin embargo, papá se adelantó a las trágicas circunstancias. Durante más de un año se dedicó a ahorrar todo el dinero que le llegaba de su pensión. Lo guardó con la disciplina del esteta, por si en algún momento hacía falta, por si las canijas dudas. Papá no pensaba en utilizarlo para pagar las cuentas del hospital; más bien creía que moriría de repente, durante una noche larga de sueño, sin apenas darse cuenta, y que ese dinero sería un regalo póstumo para todos sus hijos, para que se lo repartieran como última voluntad.

No dejo de pensar que papá se lamentó de haber usado ese dinero en vano. Maldecía acaso su suerte de condenado a muerte por un cáncer avanzado, que mejor hubiese sido esperar la muerte en casa, con tiempo suficiente para los adioses, para por fin estar con nosotros hasta que se anunciara el momento fatídico, irremediable de su partida. Pero lo dio todo a la médica que lo operó, al hospital que le brindó una atención deficiente, a la segunda operación que casi le cuesta la vida. Pienso que, a cierta edad, cuando el cáncer ya se ha instalado, todo esfuerzo es en vano. El cáncer siempre gana, más aún cuando mi padre ya había sido debilitado durante meses sin saberlo.

¿Pero qué hubiese sucedido de negarse al tratamiento? La eutanasia no era una opción, pues no es legal en México, donde —como en otros tantos países— se le impide una muerte digna al que se niega a la agonía, al dolor innecesario, al que no tiene ninguna oportunidad de ganar. Qué mejor hubiese sido ver partir a mi padre íntegro, sin la tortura de los hospitales, sin esa hambre y esa sed que no pudo saciar. Una muerte digna hubiese honrado toda una vida.

No obstante, la realidad fue distinta. Papá sufrió sin merecerlo, atravesó el purgatorio en el reino de este mundo: impotente, mudo, doliente. Todos sus ahorros fueron insuficientes, dinero que tan solo lo alivió del sufrimiento durante contados días. Después de esa primera comida tras dos días de la cirugía, no volvió a probar alimento. Alimentar a papá suponía empeorar su estado, desencadenar el proceso infeccioso, impedir que la perforación en su intestino sanase. Pero no podían dejarlo sin alimento, por mucho que le provocara mal, pues sin él se debilitaba. Era un arma de doble filo, un círculo vicioso, un túnel ya sin salida.

Mi padre, sin proponérselo, una noche de fin de año, nos dejó un mensaje para nuestro consuelo. A más de un año de su muerte corporal se ha vuelto recuerdo imperecedero. En el video se le ve feliz, el ánimo alebrestado por unos cuantos tragos de cerveza, y mi hermano le pide —sin saber que ese video sería hoy una reliquia invaluable— que diga unas palabras. Y papá dice, con esa timidez suya: pues qué tantas palabras puedo decir si ya han dicho todo. Yo lo que quiero es que, así como estamos ahorita, estemos siempre unidos; que Dios nos preste vida y que la paz, la felicidad y el amor mutuo nos brinde con toda su misericordia. Y que seamos todos muy felices: ¡feliz año nuevo!

Y enseguida, aunque en el video no se ve, papá tomó del trago que tenía en la mesa para coronar el brindis.

He llorado al transcribir las palabras de mi padre. Un llanto profundo que no he podido desahogar, que he contenido en un suspiro. Ese año papá se veía fuerte, invencible. Nadie hubiese pensado que moriría dentro de pocos años. Yo no pensé que iba a quedarme huérfano de padre.

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