¿Crees que a tu tío Julián le haya hecho daño leer tanto?, pregunta mi madre, preocupada, no ajena a la creencia inmemorial y novelesca —parte inalienable de nuestra cultura universal— de que a un hombre se le seca el cerebro hasta la locura por haber leído demasiados libros. Mamá cree que su hermano Julián sufre de esa enfermedad: los mentados libros lo hicieron así, hijo; él nunca quiso tener un trabajo ni un sueldo fijos; desdeñaba toda autoridad, toda adherencia a los sindicatos o a los partidos, y por eso terminó así.
Ella no se lo oculta. Se lo dice cuando viene a desayunar a la casa: Julián, es tu culpa, es porque nunca quisiste un trabajo estable, y todos tus negocios los descuidabas, los perdías porque se te iban de las manos. Esa ha sido la cantaleta, lo que cuenta mi madre al compararme con mi tío: ya no leas tanto, hijo, no vayas a terminar como tu tío Julián.
Sin embargo, con el paso del tiempo todo ha ido empeorando. Según mamá, el tío Julián sufre de los nervios: viene seguido, anda de aquí para allá, hijo, como un loco por toda la casa, no se puede estar quieto. Mamá me ha dado, sin saberlo, los elementos para una elucubración ficcional: el análisis, con pocos filtros, de lo que pasa con mi tío, los antecedentes de un pasado falto de la gloria que él hubiera deseado.
Tu tío dice que no ha logrado nada, que otros tienen sus negocios, una casa, el éxito que él buscó sin encontrarlo. Le digo entonces a mamá que el tío Julián sufre por el irremediable pasado, por todo lo que no puede cambiar y por la constante comparación de su vida con la de los demás. No es para menos, mamá: se está cuestionando, acaso tarde —o desde hace muchos años—, las decisiones que tuvo que tomar. Él dice que se dedicó a cuidar a las niñas, sus hijas, que ahora ya son mayores, cuando pudo haberse dedicado a otra cosa, y que ahora ya es tarde, hijo; dice que ha desperdiciado su vida.
Pensé entonces que el tío Julián tiene una crisis no de la mediana edad, sino de la posterior. Ha llegado al punto de conflicto, ya sin retorno, donde no se da cuenta de lo que ha logrado: por mínimo que a él le parezca, es una proeza innegable haber acompañado, durante todos estos años, a sus hijas en el camino hacia la realización personal.
¿Será que le hizo daño leer tantos libros? La lectura no es la culpable, mamá. No leer es lo que resulta contraproducente: provoca enfermedades invisibles, falta de libertad de ideas, ausencia de pensamiento y la creencia fácil en religiones o movimientos políticos de cambio. No es la lectura, mamá, pero en tu familia —acaso también en la nuestra, la generación posterior— la salud mental no está a la orden del día.
Ahí tienes el eterno retorno de mi tía Rosa en el andar de mi hermana Laura: ambas con una hija de un padre que no se va, enamoradas de una ilusión, sin poder darse cuenta de los hombres que darían todo por ellas; ufanadas en su creencia de que el amor no existe, de que si el primer hombre de sus vidas, el padre de sus hijas, no vuelve con ellas, entonces es mejor la renuncia, el andar abnegado de madre solitaria por la vida.
Mamá debe pensar que mi eterno retorno está en mi tío Julián, que nos parecemos y que, por lo tanto, nos acontecerán destinos similares. No obstante, pienso que lo del tío Julián es grave, que sí está sufriendo una tortura subrepticia: ese acecho de pensamientos oscuros, como si el perro negro de la desdicha le hiciera sombra y que, por eso, como dice mamá, no se esté quieto.
Lo que lo trae ahora preocupado, hijo, es un asunto con una camioneta que llevó a reparar. Anda diciendo que se la cambiaron por otra: una camioneta inservible, que tiene las mismas placas, que se parece, sí, pero cuyo número de serie no cuadra. Parece de esas camionetas donde transportan ataúdes. Y ahora anda preocupado por lo que pueda pasar, que si choca va a tener problemas.
Si lo vieras, hijo, no se está quieto. Nunca lo había visto así: se sienta en el sillón, luego se levanta, va a la cocina, luego corre de un lado para otro. Eso es cosa seria, mamá, y mi tío no busca que se lo hagas ver: busca compañía. Ya no le interesa nada, hijo, no le interesa la tele. Pero nunca le ha interesado mucho, mamá; a mi tío lo que le interesa son los libros.
Ni siquiera los libros, hijo, eso es lo más grave.
No le dije a mamá que mi tío no sufre de los nervios, que tampoco son síntomas de locura. Lo que en verdad le pasa —y en esto quisiera no tener razón— es que acaso está sopesando la idea del suicidio como única salida; como voluntad de vivir, sí, pero otra vida que no está al alcance de la suya. Es por eso por lo que recrimina su actuar pasado, por lo que se arrepiente de su andar pretérito.
Está inconforme con el presente, lo rechaza, quiere cambiarlo, pero no puede. Su vaivén, para mamá irracional, es el del condenado que sabe que su sentencia está próxima y que él es, a la vez, la víctima y el verdugo. Lo de la camioneta es un pretexto: un llamado desesperado e invisible de atención, una luz preventiva en el semáforo de su vida, que no está lejos de teñirse de rojo.
El choque que teme, con el auto que según él le han cambiado, es la decisión final que lo persigue. Quiere abrir la válvula de escape: esa levedad de no existir, ya no preocuparse por lo pasado ni por el porvenir que vislumbra inconforme. Su salvación está al alcance de la conformidad: aceptar que ha perdido, sí, pero también que ha ganado. Su familia no es poca cosa. Ser un padre presente es su redención.
Deja un comentario