Entre la espada y la pared. Entre la página y el desengaño. Entre el deseo de escribir y no escribir. ¿No da lo mismo? Sentarse frente al ordenador, frente a la página en blanco, con un enorme vacío y una volición desganada como fatuas herramientas. El escritor escribe con lo que tiene a la mano: el calor de las cinco de la tarde, el ventilador que le impone tregua al sudor y la falta de tiempo que acorrala. «Escribe, escribe, escribe», me dijo la muerte. Vivir a través de lo escrito, traducir la experiencia indecible de vivir en palabras sin aproximarse nunca a lo que de verdad se siente. ¿Quién vive de la misma forma que su prójimo?
Vine a la página en blanco como evasión, como el acto esquivo contra la lectura: escribir los libros que no puedo leer. ¿Se necesitan más libros, más escritores? No existe tal cosa como la necesidad en el arte. La literatura no es ajena a la metafísica: ser lo que no se puede ser o percibir. ¿De dónde nace esta idea no deliberada? Del lenguaje que se sirve de mí a partir del enorme vacío del que soy recipiente. No hay luces en mi perentoria oscuridad, no hay fondo en esa gran nada del ser que no soy, del ser que no podré ser. Frases nacidas de ideas subrepticias, ahora latentes a la hora de mi ser atribulado. ¿Vine aquí a hacer una confesión metafísica del ser y la escritura? No. No ha sido más que un malentendido. Vine motivado por un recuerdo frágil, una ensoñación que no me abandona de este lado de la realidad.
¿Se puede vivir sin darse cuenta de que se está vivo? Confieso que he vivido con la felicidad de los hombres que no se hacen preguntas, con la conformidad sosegadora de quienes aceptan que todo tiene un porqué basado en fuerzas místicas, naturales, religiosas o astrales. Viví durante años sin adentrarme en mí mismo, dejando pasar los días como si fuesen intercambiables o acaso innecesarios. Antes de los veintisiete años no escribía nada. Vivía una ciega juventud, satisfecho con las no escasas cosechas de mi memoria, con las reminiscencias del recuerdo que se deformaban con cada rememoración. Pasé años en una inusitada levedad, viviendo en la serena ignorancia, libre de cuestiones existenciales, dueño de un falso sosiego. Vivía falto de incertidumbre, libre de dudas, enfocado en vivir el presente en lugar de escribirlo. No puedo negar que tuve momentos de pesadumbre; fueron, sin embargo, mínimos: secuelas temporales de una vida breve, y no marcas ardientes en mi ser ahora atormentado.
No vivía más allá de mí mismo, satisfecho por los —según mi ignorante yo pasado— muchos libros leídos. Hoy compruebo que mi ignorancia pasada era inmejorable. Estaba obnubilado por la lectura de los mal llamados «clásicos», cuando en realidad era el porvenir quien me recompensaría con los libros acaso esenciales de mi vida: descubrimientos tardíos pero necesarios en mi destino de infatigable lector. Vivía al día. Aunque no puedo afirmar que ahora viva distinto, tengo al menos la lucidez de comprender lo poco que podía obtener de esa forma inaudita de vivir sin ser.
Me di cuenta, con el remordimiento que causa la rememoración de los fallos pasados, de que nunca hice un retrato escrito de P. Si bien he dejado trazos tímidos en algunos textos, nunca hice una descripción deliberada de su ser. Si alguna vez lo hice fue con el ánimo de enamorar. Recuerdo haber exaltado, con hiperbólico egoísmo —como un regalo a cambio de una recompensa— no escasas virtudes: su belleza, la fuerza de su carácter, su incomparable inteligencia, su mirar diáfano y su reír de niña astuta. No obstante, nunca escribí sobre ella para mí mismo. Nunca escribí, por ejemplo, que su frente me resultaba demasiado amplia, rasgo que algunos días afeaba su rostro. Tampoco que su determinación me causaba escozor, ni que sus arranques violentos parecían frutos de un malentendido permanente.
Me guardé ese resentimiento que sentía contra ella cuando consideraba cada encuentro sexual como una violación. El sexo se convirtió entonces en un acto de dominación masculina que ella rechazaba desde su latente feminismo. Yo me volví así un símbolo del patriarcado: ajeno a su sentir, interesado únicamente en la satisfacción de mi placer, poco más que un animal racional. Amaba, sin embargo, su voz, la forma sublime de sus labios, el sabor dulce de su boca, el perfume constitutivo de su piel, el tacto de sus manos y su placer absoluto de mujer contenido en un orgasmo silencioso.
Supe, una vez que nos encontramos en Francia, que la infelicidad era ella, y que mi regreso a México se realizaba al recuperar su amor. El sufrimiento se volvió entonces una constante. Cada noche le venía un llanto pretérito, inagotable. —¿Por qué me hiciste tanto daño?, ¿por qué? —me decía P., tratando de contener las lágrimas—. Mi madre tenía razón cuando me decía que te olvidara. No vale la pena, hija. Tú mereces a alguien mejor. Y era cierto. P. merecía a alguien mejor.
¿Lo habrá encontrado? Lo único que sé es que los pequeños triunfos de la vida no le han sido vedados ni indiferentes. Sé que se encuentra en algún lugar de Francia, viviendo con una mejor fortuna que la mía: recompensa a su perseverancia, a su fuerza inagotable, a la manera en que la vida la recompensó por no haber recurrido al suicidio cuando su primer amor la cambió por otra.
La sé cercana. Le he escrito todo aquello que no había forma de decir. ¿Con qué motivo? Con el mismo que escribo ahora: quedarme en la memoria de un lector desconocido, vivir más allá de mi corta existencia de hombre atribulado, paliar esta desgracia que es ser yo mismo en este instante. No guardo ningún rencor hacia mi presente suerte.
¿Qué puedo hacer con esta vida que es, al mismo tiempo, mi única condena?
26/07/2021
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