Aquí nos tocó vivir

—Papá, ¿cómo era la casa donde vivías cuando eras niño? —me preguntan los hijos que no tengo, que no sé si tendré, pero que imagino que algún día esta pregunta rondará su curiosidad.

—Era una casa muy grande pero a la vez muy pequeña —les empiezo a contar, y veo el brillo de sus ojos confundidos—. Sí, era muy grande porque mis hermanos y yo teníamos mucho espacio para correr o para jugar, pero no teníamos el espacio suficiente para que cada uno tuviera su propio cuarto. Javier y Alejandro compartían uno, y Carmen y Elizabeth compartían otro.

—¿Y tú dónde dormías? —me sorprenden con preguntas en medio de la narración.

—Dormía con sus abuelos, en el mismo cuarto, al lado de su cama, en un pequeño sofá-cama que mamá me había comprado a crédito. No éramos muy pobres, pero tampoco éramos ricos. Papá no pagaba renta porque él construyó la casa cuando era joven. Él nos contaba que había diseñado los planos. La verdad es que se inspiró en la casa de su madre, mi abuela, pero eso no le quita mérito.

La narración no se detiene. Me veo a través del tiempo, todavía tambaleante en mis ideas, pasando de una historia a otra. Mis recuerdos no tienen orden, están archivados en la memoria por todas partes. Un regadero de recuerdos, como diría mamá.

Entonces les decía que la casa era muy grande y muy pequeña. Ya saben por qué. También yo era muy pequeño. Era el único niño que jugaba por los rincones de la casa. Mis hermanos y hermanas ya eran mayores, así que fui un niño acostumbrado a la soledad de sus juguetes.

Esa casa lo era todo para mí: era mi refugio y mamá siempre estaba presente.

Teníamos una cocina que daba a la calle, una ventana que siempre se cerraba con el viento y nos asustaba con su estruendo. La sala tenía un gran ventanal que también daba a la calle, pero que siempre estaba cubierto por unas espesas cortinas rojo carmesí. A mamá le gustaba mucho ese color. Rara vez las abríamos: protegían nuestra intimidad y detenían la luz del sol por las tardes.

Ventanas de adorno por las que veíamos llegar a papá después del trabajo. Por las que abríamos un vericueto minúsculo para ver quién tocaba sin ser vistos.

La sala era enorme y ahí la familia pasaba la mayor parte del tiempo. Ahí cenábamos viendo la tele en una pantalla muy pequeña, con un sonido que se iba y que solo volvía cuando alguien le daba un golpe al aparato. Siempre había un turno implícito: el siguiente en la lista tenía que levantarse a pegarle.

Éramos una gran familia cuyo contacto con el mundo eran esas imágenes poco nítidas.

Crecimos viendo televisión; no lo hicimos leyendo libros. Había siempre demasiado ruido para poder leer, si es que hubiéramos tenido libros. Sin embargo, los libros llegarían más tarde para mí, venciendo la manera en que crecí.

La cena la servía mamá en una pequeña mesa frente a la tele. Una mesa de vidrio, muy baja. Papá y mis hermanos comían inclinados sobre ella, y yo, para mayor comodidad, me sentaba en el suelo.

¿Qué cenábamos?

Bistec, frijoles fritos con tortillas y, para tomar, un vaso de leche fría.

Cuánto nos gustaba la carne, porque no podíamos comerla todos los días.

Cuando la sala no nos servía de comedor, nos servía de cuarto para rezar. Una mala crisis de papá nos condujo por el camino de la fe continua. Era una obligación rezar el rosario cada noche. Treinta minutos cada noche, y cuán liberado me sentía cuando todo terminaba.

Papá llevaba la batuta la mayor parte de las veces; a veces mi hermana, y muy pocas veces yo.

No me gustaba nada rezar, pero no tenía edad ni ideas suficientes para confrontar la ferviente esperanza que papá y mamá depositaban sobre los hombros de Dios para que tuviéramos una vida mejor.

También llegaría el día en que los libros me conducirían por el camino de la razón en lugar del de la fe. Me volví ateo y después agnóstico. Ahora me encanta lo que cuenta la Biblia como la mayor ficción de todos los tiempos. De haber sabido de niño que a eso se le llamaba literatura, que ahí estaban algunos de los primeros y mejores cuentos de la historia.

Detrás de la cocina había un patio que era el cuarto de lavado de mamá. Mamá, que siempre fue ama de casa y la que hacía todo por nosotros.

La ropa se iba sucia por las noches y regresaba limpia cada tarde. El trabajo de mamá eran todos los días dedicados a su familia.

Las mañanas de ir al mercado a comprar lo necesario para la comida. Las tardes de “ve por las tortillas que se van a terminar”, y el yo que no quería ir a hacer la fila por dos kilos.

La comida se preparaba mientras mamá lavaba, barría —incluso ahora no tiene aspiradora—, regresaba a la cocina porque el arroz se estaba pegando a la olla, volvía a terminar de barrer y comenzaba a trapear.

Llegaba la hora de la comida y el quehacer estaba casi terminado.

El riquísimo caldo de pollo o de res; o la sopa de arroz, de fideo o de codito.

A pesar de no ser ricos, había siempre comida en la mesa.

Papá por eso trabajaba de sol a sol todos los días. Papá, que nunca tomó vacaciones, que nunca renunció a un día de trabajo por un resfriado o un dolor de estómago. Papá siempre responsable, porque si no trabajaba hoy no habría qué comer mañana.

Desde muy niño lo entendí.

Me quedó claro que los regalos de Navidad siempre se adaptarían a la posibilidad de los bolsillos de papá y mamá.

Vivir al día. Vivir con lo mínimo y lo necesario.

Y la pauta primera: nunca endeudarse, no a los créditos. Sí al ahorro de un peso o dos todos los días, y esperar a que se hiciera un montoncito para pintar la casa o para comprar una tele cuando la otra ya no tuvo arreglo.

El trabajo era la vida para mis padres. No había otro camino.

Renunciaron a divertirse, a socializar, a vacacionar como lo hacían tantos otros. Trabajar, trabajar y trabajar porque éramos muy pobres. Trabajar para tener un patrimonio, para tener algo ahorrado.

No he logrado ni la mitad de lo que lograron papá y mamá.

Vivo al día, como ellos en su momento. Sigo dependiendo de ellos. No soy pobre, pero tampoco soy rico.

Sigo viviendo al día, como ellos. Solo que ahora soy yo quien mira hacia la puerta, esperando ver llegar a papá después del trabajo.

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