Vana es la búsqueda fuera, todo está dentro del escritor, el abismo vertiginoso, la gloria incandescente, la medianía resistente y disparatada. Es adentro donde la búsqueda debe tener lugar, perderse por estrechos laberintos, el espejo de recuerdos y lejanías, de amores y desencuentros. Todo está entreverado en el lento sentir del escritor, en su memoria maldita y azarosa, presa del deseo de guardarlo todo. Se trabaja con la inimaginable piedra de la memoria, con el cincel de tiempo, las manos dolorosas y la vista cansada. El oficio del escritor tiene como propósito la traducción abigarrada del alfabeto que compone una realidad difusa, no dada, intercambiable. Se tiene el regalo de la memoria, pero esta es egoísta cuando pretende guardarse en olvido los momentos más felices.
Era tan feliz que no me daba cuenta, mi condición insular, la vida en la isla de la alegría, sin aparente naufragio o pérdida. Ser tan feliz y no tener tiempo de escribir una línea, dedicarse al lento devaneo febril de los días de joven enamorado. No hay nada escrito desde la desaforada dicha, de esos días de placer continuo y revelador. Era tan feliz que no necesitaba escribirlo, la realidad, la vida misma, me bastaba. Escribir nació entonces de la inconformidad, de la punzante tristeza, necesidad de escribir la vida que más me conviene. Me consuelan los recuerdos, las noches junto a su cuerpo de acostumbrado fulgor, las repetidas danzas de cuerpos que se amaban, la unión insensata de dos almas que casi se tocan. He vedado el sexo de mi escritura, mis textos apenas tienes unos esbozos de cuerpos que se unen y se penetran. Ha sido una decisión inconsciente, inclinada al embellecimiento soslayado del sexo, omitiendo detalles terrenales, físicos, carnales, ajenos a la acostumbrada virginidad de las palabras. Culpa de mi ataviado conservadurismo, la herencia familiar de sesgar todo lo referente al sexo, la sexualidad invisible, entre bastidores, onanística entre las sombras. Del sexo no se habla, se hace, dirán algunos. Eso es lo que yo hacía, me entregaba en cuerpo al acto de los cuerpos que siendo dos quieren ser uno, lo contrario a la bifurcación, unión y mezcla en uno solo. No hacer el amor, dejar que el amor nos haga esta noche. No tocar las tierras exaltadas del encuentro amoroso so pena de minimizar o simplificar el encuentro indecible de placentero. Cuidarse de hacer del sexo una apología demagógica, simplista, un acto que no tendría por qué ser descrito. Esos encuentros los he guardado, los he seleccionado como material memorístico inalterable, accesibles durante momentos frívolos, como recurso de placer o de enmascarar alguno sexual y poco estimulante.
Mi referente es S., lo será hasta que la irremediable eventualidad remplace ese pasado laudatorio por un rio de presente a la par con mis años. De ella guardo impreciso el primer encuentro, también algunos intermedios y menos claro me resulta el último, borrado por la ruptura como agujas en un corazón fatigado. No he hecho así un relato de mi vida íntima, mi vida privada, porque considero que eso no le pertenece a la página sino a la memoria y a sus caprichos de olvido. S. está ahí, tengo las imágenes, su rostro febril, enrojecido de placer, el blanquecino de sus ojos al culminar en un múltiple orgasmo. Guardo también todas esas noches en las que el sexo no era la rutina, querer dormir juntos nada más, el amor realizado a partir de un sueño compartido. Otras veces la penetración no era lo deseado, ella quería sentir placer por cuenta propia, la enarbolada estimulación de los sexos, personal y compartida, mirándonos a los ojos mientras onanísticas manos se mezclaban y nos acercaba a un encuentro sin parangón corporal. Existíamos, no había necesidad de detenerse a traducir los encuentros a palabras porque aquello nunca formaría parte del texto, experiencia fuera de toda descripción. La felicidad adolecía de todo lo superfluo, no había remordimientos al dejar correr largas horas dándonos el uno al otro, poca necesidad de reposo, de tiempo a solas. Yo quería, y acaso fue un problema, pasar un segundo de eternidad con ella, cuando sin embargo ella vislumbraba la libertad, el cambio de vida, la vuelta de tuerca que su porvenir necesitaba. Éramos de personalidades distantes, disidentes los dos a nuestra manera, razón por la cual el tiempo futuro juntos no se nos estaba dado de antemano. Yo no pude competir —nunca lo quise— con el ritmo de vida que tenía en casa, sus amigos, sus manías, su ya no desacostumbrada forma de vida. Una vez reinstalada en su vida de antaño, yo me convertí en extranjero, ajeno a todo lo le rodeaba, ajeno a la lengua y a la manera —incrustada el idioma— de amar a la holandesa. Yo amé a la holandesa, S. de piel tan blanca, cabello castaño, ojos azules como el más de los despejados cielos. S. con ese defecto al hablar, la pronunciación de las erres y las eses muy marcadas, la envolvía de un aura de aguda sencillez, de graciosa belleza, de grave fulgor. Ella fue ensoñación, todos los tiempos, todas la mujeres; nunca pude —tampoco tenía la intención— encontrarle un solo defecto, alguna carencia, algún exceso que me hiciera no verla como lo perfecta que me resultaba. Una imagen me ha quedado suspendida en el recuerdo, ese día andando en bicicleta cuando yo le proponía un devaneo impreciso, las ideas para el futuro, dar forma a los hijos que no teníamos, que no tuvimos, diciendo que serían como ella o como yo en divididos aspectos. Yo me imaginaba, por primera vez y como cosa fácil, una familia sin pensar o prever las dificultades, la interrupción de mi vida a cambio de una vida común, abocada a los hijos. Pensaba que mis descendencia cumpliría todo aquello que yo no pude, ellos como los bastiones de mi deconstruido deseo de vida. Ese destino, o ese sendero, me fue vedado, se propuso la alternativa leve de vivir sosegado, quedarme en el mismo lugar pero sin ella, frecuentar otros labios, todas esas mujeres que seguirán siendo ella.
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