Ayer vacío

Ayer vacío. No resulta difícil. Tan solo se tiene que recorrer el día, de principio a fin, sin la necesidad latente de escribir. Se puede renunciar un día a la página sin más que un leve remordimiento, la idea esperanzadora de mañana será otro día. Me dije que de todas formas el domingo era un día de asueto, la rutina podía deshacerse en una convivencia frugal con los amigos. Una cena abundante, la música de fondo, la exaltación de los sabores sentidos en el paladar y una conversación austera, superficial, sin miras a temas más profundos, de necesaria introspección. Luego el alcohol en la sangre diluyó mi espíritu, aligeró el peso de mis angustias, anegó el desierto de mi desesperanza. Todo era un fluir sin cese, como dejarse llevar por un río cálido hacia un mañana sosegado, acaso con la vida resuelta. Ayer fui levedad, no fustigué mi conciencia con lo mucho por hacer. Un domingo libre de pesadumbre, único día de descanso de mí mismo. Al final de la noche, una vez satisfecha el hambre y saciada la sed, se despertó el deseo de escribir. No me resultaría imposible, me dije, tan solo tengo que encender el ordenador y dejar fluir el susurro del río que me lleva hacia ningún lugar. Por supuesto que no lo hice, le dije a L. vámonos a dormir, mañana nos despertaremos temprano. Mínimos minutos de lectura, la cabeza en ninguna parte, y la somnolencia adueñándose de mí. Dormí sin darme cuenta de que dormía, caí en el profundo penar de los justos, sin triunfo ni gloria y, durante ocho horas, me olvidé de mí. Desperté sediento, apuré un vaso de agua cuando el amanecer era todavía oscuridad y regresé trastabillando a la cama todavía acogedora, tibia, el descanso innecesario pero que creía bien merecido.

Escribir es fácil, sólo hay que prescindir de las dudas, de ese miedo acaso patológico a la página en blanco. Escribir para acceder a los derroteros de la memoria, recorrer recuerdos, revivir lo vivido. Hace unas noches soñaba la tragedia ajena pero familiar. El hijo de mi hermana moría por accidente, demasiado joven pero no por eso pronto ni tarde. El hijo único de mi hermana madre se le iba de las manos por azar, y ella sufría la pérdida como si le amputaran una parte de sí. Yo también me lamentaba, pero mi lamento era egoísta, concentrado en mí mismo, el miedo personal de morir pronto. Ocho años de diferencia, pude haber sido yo. El llanto de mi hermana madre no era inconstante. Lloraba con amargura, sufría la pérdida del hijo que nunca iba a poder remplazar. Ya no podía tener hijos, no pudo tenerlos después del primogénito, sería el único. Fue sin embargo un sueño que nada tenía de advertencia, un vericueto de la memoria, mi imaginación fatídica jugándome una treta amenazante. No conté a nadie mi sueño, me abstuve de divulgarlo, trasladarlo a la realidad real, a la memoria de los vivos. Me lo guardé para que no se cumpliera, contrario a la creencia de mi padre de contar los sueños para que no se volvieran realidad, sobre todo aquellos que anticipaban la muerte de un ser querido. Como lo suponía mi sueño no se ha convertido en profecía. Las malas noticias no me han llegado, sé que el hijo de mi hermana vive, al menos hasta hoy. ¿Qué pasaría si mi sueño dejase de serlo? Anticipo días de culpabilidad, como si mi yo onírico y personal fuese el brazo ejecutor de la muerte de mi sobrino. Yo lo habría matado, tú lo mataste, diría una voz interior. Pero al final resultaría redimido, tú no tienes que cargar con la pesada culpa porque no eres responsable. Mentiría, sí, diría que no me lo esperaba, aunque en el fondo sepa que fue una desgracia prevenible. Qué le vamos a hacer, hay sueños que se cumplen como profecías, no se puede tomar un atajo para evadir, esquivar la desgracia que nos espera paciente e inopinada a mitad de camino.

Escribir es fácil. No es cuestión de hacer realizable una labor titánica: no lo es. Resultan innecesarias las buenas condiciones, las voces inexistentes de las musas, la inspiración repentina. Hace falta solo el deseo, querer, llevarlo a cabo como lo más natural, siempre apegado a la rutina. Descreer, desconfiar de la idealización del acto de escribir como un cuadro inamovible: la máquina de escribir, el cigarrillo que se consume en el cenicero, la copa con una cantidad sabia de vino y una habitación sombría, sí, pero lo mínimo iluminada. El escritor maldito en su buhardilla, presa de su soledad creativa, sin distracciones al alcance de la mano o de la mente. Aquí se escribe, diría el letrero colgado en la ventana ofreciendo los servicios del escritor artesano. No hay sin embargo anuncios, tampoco diplomas que acrediten el oficio. El escritor se va haciendo camino con cada palabra escrita en incontables páginas, en libros fallidos como libros publicados. El escritor es el que escribe como desafortunada forma de vida, un oficio abocado a la desgracia, un ejercicio de sufrimiento. Sufro luego escribo. La existencia no tendría que limitarse al existir. No puedo prescindir de la palabra, de la traducción de lo que guardo en mi baúl desordenado de recuerdos. Escribir es fácil si uno no se inventa excusas, falta de tiempo o exceso de cansancio; el trabajo que me consume, que me enajena o la vida diaria que me priva de mil palabras diarias. Me había tomado un descanso, dudo de que haya sido necesario, y no me falta seguridad al decir que fue por mera desidia. Porque es fácil dejarse llevar por el mar del vivir sosegado, sin ideas punzantes, sin el pensamiento que infringe una herida insanable, el recuerdo que se nos queda pegado al cuerpo, que nos hace rabiar por el tiempo perdido, enfurecernos para luego caer en el desahucio de lo irrecuperable. Volver a la página, no hay otro camino, no existen atajos, por muy mal que me vaya en la vida.

Un comentario sobre “Ayer vacío

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  1. Ricardo Zarate expresa sobre la relación entre la escritura y la vida cotidiana, las dificultades internas que enfrenta un escritor y la importancia de mantener la motivación y la consistencia en la escritura. Ricardo también explora los sueños y el miedo a la pérdida, así como la necesidad de usar la escritura como medio para abordar y procesar esas emociones. Una vez más, resalta la lucha entre el deseo de escribir y la tentación de descansar, pero concluye que escribir es un proceso necesario y que no hay atajos para evitar los desafíos que esto implica.
    Uno de los aspectos más interesantes es la honestidad con la que Zarate describe sus pensamientos y emociones, incluidos los momentos de desesperanza y las fases en las que el impulso creativo parece desaparecer. La narración sobre el sueño perturbador es especialmente impactante, ya que revela la vulnerabilidad del escritor y el poder que los sueños y las emociones tienen sobre su estado mental.

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