El mar helado

23 de junio 2024

S.:

He tecleado la fecha de hoy y he hecho la cuenta de los días de la última vez que nos escribimos la primera y hasta hoy única epístola, con lo cual uno llega a la conocida conclusión de que el tiempo no da tregua. Acaso, como te lo había dicho, la única forma de ganarle la batalla al tiempo asesino es leyendo. Tomarse tiempo para leer es tomarse tiempo entonces para tener tiempo. ¿Pero por qué tiempo asesino? Hace varios años lo leí en un libro de Mircea Cartarescu, donde lamenta que el gran asesino serial, que es el tiempo, se salga siempre con la suya, impune hasta la eternidad de todas las vidas que ha arrebatado. El tiempo por lo tanto mata, y cuando no mata desgasta, enferma. Algunos dicen que el tiempo lo cura todo, pero ¿no resulta lo contrario? El tiempo también provoca olvido, indiferencia. Tiempo asesino.

Sin embargo no todo está perdido. El tiempo antes de desgastar construye; si se lo tiene a la mano da para escribir una carta a alguien que se encuentra tan lejos como cerca. Asimismo sobre el tiempo San Agustín decía: «Si nadie me pregunta que es el tiempo, lo sé, pero si me preguntan y quiero explicarlo, ya no lo sé». ¿Cuánto tiempo tarda en llegar el tren de nuestro encuentro, S.? Por ahora basta con que nos preguntemos cuándo para saberlo próximo, pues lo significativo está siempre por suceder.

Si tu cuerpo siente mucho frío al escribirme, el mío —casi como el tuyo— tiembla un tanto al teclear cada palabra, una sensación no muy distinta a la de leerte, que es como si el encuentro del hielo y fuego sucediese en mi pecho. ¿Cómo llevas la afanosa tarea de poner en orden los fragmentos descolocados de ti misma? A mí encontrarte ese día, camino a la playa, era como encontrar lo que no buscaba, como cuando uno se pierde en una gran ciudad o en lo que parecería una infinita biblioteca y diese con un bello monumento o un libro perfecto por no deseado. ¿Que si somos amigos? Nuestra conversación fue un pacto tácito de amistad, un acuerdo acaso sempiterno de cofradía, hasta que termine.

Toda biblioteca es un cartografía personal, y los libros de Kundera forman parte de la isla de mí mismo. La insoportable levedad del ser fue para mí un libro faro, una guía para encontrar y a la vez definir mi identidad. De cierta forma yo sentía que tenía mucho en común con todos los personajes de la novela. Podía sentirme tanto Sabina como Teresa; Tomás, Franz o Simón; incluso la joven de las gruesas gafas que aparece en contadas ocasiones. Yo, a mis 20 años, necesitaba de modelos que reflejasen la pluralidad de lo que significaba ser como yo sentía ser, y en los personajes de Kundera yo encontré el refugio que necesitaba para sentirme parte de un todo.

¿Qué personajes interpretamos tú y yo en la novela no escrita de Kundera? Era reconfortante pensar que la vida podía ser así de leve, dejando de lado ese peso insoportable que podía acarrear una decisión como consecuencias o daños colaterales. Y como la vida podía ser tan leve a la manera de Sabina yo dejé de sufrir por el miedo a una muerte repentina. Las novelas de Kundera vinieron a poner ese orden en lo absurdo, incluso cuando afirmaban que no había orden y que lo absurdo era el único sentido posible. Después empecé a ser ese hombre rebelde del que tanto habla Camus y, aunque la vida carecía de todo sentido yo le daba siempre uno nuevo que me permitía seguir viviendo.

¿Fue tu prisa y mi calma lo que nos hizo encontrarnos? Conversar contigo me devolvió una esperanza perdida, la de encontrar un interlocutor al nivel de mi interés literario, lo que llevó a un ejercicio estimulante del intelecto. Yo ya me había resignado al silencio, al soliloquio. Había escogido los libros para dialogar y dejado de lado a las personas que ya no me decían nada. Tú fuiste intempestiva, fuiste el hacha de la que hablaba Kafka: viniste a romper el mar helado dentro de mí mismo.

Sobre lo que dice Kundera, me recuerda al Eterno Retorno de Nietzsche, donde el hombre que ha matado a Dios debe afrontar, no resignado sino indiferente la vida que le ha tocado vivir, sin lamentarse por lo que pudo haber hecho distinto ni el deseo de cambiar lo vivido. El superhombre está listo para repetir su vida tal y como la llevó de principio a final.

¿No son los mares de distancia los que no llevaron, con pacientes olas, a una conversación durante todo un camino? Yo, de haberlo sabido, no te hubiese evitado. ¿Cómo rechazar ese regalo de la circunstancia? Acepto lo vivido, como proponía Nietzsche, sin cambiar un punto.

Cuéntame. ¿Has escrito?

Podemos ser amigos. Somos amigos.

Ya hacemos frente a la afanosa tarea de escribir a los desconocidos. Promesas al porvenir.

Yo creo que ya eres una gran lectora, que llevas mucha ventaja.

—¿Para qué sirve leer? — Pregunta un hombre a un sabio.

—Para leer menos.

Tú y yo hemos leído, lo que quiere decir que, a diferencia de los demás, nos queda menos por leer. Pero tener menos que leer no es tener poco. Ahora no me causa ninguna ansiedad saber que no podré leer todos los libros. Sé que tendré siempre, de por vida, un libro que me espera.

Mi soledad está conmigo, ella te manda un saludo subrepticio. Por cierto, ¿No es la muerte/el suicidio la pregunta primordial, la única que importa de la filosofía?

Me abrazo a tu abrazo,

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