Contra el encierro

Cuando la soledad se pone al acecho, es enemiga: irrumpe, con su intempestivo vacío, el curso natural de la vida. Nos arrebata temas de los que podríamos sacar provecho; se interpone entre el artista y su creación.
La soledad recurrente conlleva a un vaciado excesivo e incluso mortal. Es dañina si se alarga en el tiempo: nos deja demasiado tiempo con nosotros mismos, sin otras voces más que las nuestras, las que habitan nuestra febril conciencia. Uno pasa escuchando las discusiones de esas voces que tanto se asemejan como se contradicen.
Es bueno atenderlas, escucharlas con atención, pero no es tan bueno renunciar a todo lo demás: a las otras voces, a los buenos amigos que también tienen algo que decirnos. También debemos dejar que esas voces se expresen, que den su opinión cuando la circunstancia lo pida.
Negarnos a compartir lo aprendido en nuestros momentos de soledad se me antoja egoísta, una falta de respeto hacia el atento escucha, hacia aquel que se ha guardado sus palabras para escuchar las nuestras.
De tanta soledad, nos quedamos con nada: la experiencia de vivir pierde cierto sentido, no nos nutrimos de lo que los otros viven y sueñan.
El escritor no puede dar buen cauce a su oficio tan solo con lo que descubre en los libros, en las confesiones de ultratumba de los escritores muertos o en las hechas por los que todavía viven. Son ellos también amigos: los escuchamos sin hablar, los leemos y con ellos entablamos un diálogo. Surgen preguntas o recuerdos donde antes no los había.
Agradecemos que el libro que tenemos en las manos nos haya llevado hasta un rincón olvidado de la memoria.
Libros que revitalizan, que curan el mal del olvido, el desdén de la memoria por los recuerdos que no cree que importan.
Sin embargo, no debemos menospreciar el entorno, el exterior, y a quienes lo conforman: aquello a lo que las calles pueden conducirnos durante un paseo, quizás anodino.
De esta forma uno sale sin grandes pretensiones: sentimos que el encierro nos está llevando a la locura, y que un poco de aire cotidiano podría hacernos bien.
Apenas uno pone un pie en la calle, el espectáculo comienza. La gente que camina con o sin prisa, los paseantes con sus compañeros caninos, los padres responsables —o no— llevando o recogiendo a sus hijos del colegio.
Entre estos padres ejemplares los hay del otro tipo, los no tan responsables, que, rozando el cinismo y el descaro, prodigan el mal ejemplo a sus hijos, futuros hombres y mujeres.
Había uno que llevaba a dos pequeños: uno de la mano y otro en un coche de niño.
Iban los tres camino a casa, el padre como único guía y alcoholizado a grandes luces.
Seguí mi camino y me dije que no tardarían en llegar a casa, que los niños se darían a sus juguetes y el padre seguiría con su ingente adicción. Quizás la madre llegaría más tarde e intentaría poner orden o, sumisa, se entregaría a un mutismo protector y prepararía la cena para sus pequeños, y de paso para su marido.
Para mi sorpresa, minutos más tarde, el hombre apenas había avanzado hasta el final de la calle y se entretenía en una charla con un grupo de hombres de su mismo talante. Los dos niños, silenciosos; el papá, perdiendo de tiempo en tiempo el equilibrio y hablando hasta la provocación.
¿Qué pasó después? Seguí mi camino: no podía quedarme a observar cómo terminaba todo.
Mi imaginación vagó por el destino de los niños, por las condiciones que el futuro les iba a deparar.
Optimista, pensé que el alcoholismo de su padre los iba a vacunar contra toda posible adicción, que los modelos no se repetirían, que los hijos iban a ser el reflejo contrario del padre. Imaginé hombres mejores, que aprenden de los errores de sus predecesores, de sus ancestros.
Mi salida había cumplido su cometido: dejé de pensar en mí mismo para pensar en la vida de los otros, en el personaje principal de la gran obra de aquella tarde.
Me dio algo de qué hablar, sobre qué escribir cuando el tiempo y la memoria me lo permitiesen.

Ahora el confinamiento, la nula obligación de salir a la calle, de contemplar y ser parte del gran teatro de la vida, me está dejando con pocos temas para escribir. Las experiencias se reducen, los viajes no se realizan, las personas desaparecen.
Los libros no bastan como forma de vida.
Deberé dejar que los largos paseos se vuelvan habituales: una forma de experiencia profunda, un enlace con el lado de la realidad que me es ajena.
Mi escritura se nutre de la influencia del entorno, de los otros, de los buenos y malos momentos.
Debo vivir para confesar que he vivido, para no sentirme más un paria, un atolondrado paseante, un imposible ser humano.

Debo encontrar —otra vez— la senda:
La escritura y la lectura como forma de vida.
Debo darle orden a esa vida, horarios para el trabajo y para el deleite de los pequeños placeres.
Saber que el tiempo no se me regala sin condiciones. El tiempo se me da a cuentagotas, limitado, y mi deber es no dejarlo pasar en vano, al menos no tan repetidas veces.
Llegará el tiempo de la creación, cuando encuentre el equilibrio.
El escritor crea con todo el cuerpo; si algo no va bien, la creación se ve hostigada, secuestrada por las secuelas físicas de no moverse, de no salir, de no viajar.
El tiempo de soledad también debe ser administrado con reserva, con dosis diarias, y no impedirnos darnos a los demás, a los momentos de exaltación y de alegría compartida, que también son alicientes para la creación, para nuestro cometido primordial.
Vivir para crear y crear para vivir: las dos caras de la misma moneda.
La buenaventura me será dada como premio.
Regresaré al deleitable mundo de la ficción.
Podré escribir más allá de mí mismo.

Diciembre 2020

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